El orgullo en exceso, como forma de vida, da paso a la arrogancia, esta es , sin lugar a dudas un elemento contaminante en las relaciones humanas y en las comunicaciones. ...pero además, ¡¡¡ contribuyen a la soledad y generan enajenación social!!!
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De sistema y mala memoria

Andrés Cruz Carrasco

Abogado Doctor en Derecho (Universidad de Salamanca) Magister en Filosofía moral Magister en Ciencias Políticas, Seguridad y defensa

Como suele pasar con el descubrimiento de una tragedia históricamente presente, pero develada mediáticamente, que se explota más por lograr un “golpe” noticioso a la competencia que por encontrar alguna solución, es probable que nos olvidemos de nuevo. O tal vez peor, nos vamos a acostumbrar y naturalizaremos la existencia de abusos y malos tratos a los niños marginados e internados.

Esto en el contexto de un modelo que hace posible la repartición de utilidades entre ricachones avaros que se valen de las prebendas de emergencia conferidos por el gobierno, para ahorrarse unos pesos y seguir ganando, sin importarles las consecuencias para quienes con su trabajo hicieron posible que se sigan enriqueciendo, que de paso nos permite concluir que legalidad no es lo mismo que legitimidad. Es la cara más brutalmente transparente de cómo funciona el sistema.

El mismo que ampara que unos pocos, incluso en situaciones de excepción sigan acumulando bienes, mientras unos niños sin apellido, sin voz, sin nombre, sin rostro, sin derecho a voto, sin recursos ni capacidad para contratar alguna prestigiosa empresa de “lobby”, sin posibilidad de emitir boletas falsas para financiar la campaña de algún caudillo político, sin tener acceso a un correo electrónico para redactarle las leyes a algún parlamentario, siguen llorando en un rincón, esperando a que el infierno se acabe y que se ha desatado sólo como consecuencia de la fatalidad que significa en este país tener un determinado origen social.

 Es el mismo sistema que permite en medio de una pandemia que unos pocos se llenen los bolsillos  de dinero, mientras los que para ellos trabajaron deben subsistir a costa de las magras prestaciones de un seguro contratado con sus propios recursos, que es a su vez el mismo sistema que no es capaz de hacerse cargo del sufrimiento infantil de miles de niños, más allá de los discursos grandilocuentes de autoridades o personalidades faranduleras en algún matinal, en los podios del Congreso, anunciando grandes transformaciones para abordar esta brutal marginalidad.

Pero parece que todo va a seguir igual, como ayer, y lamentablemente igual que mañana. Porque algo más pasará que permitirá que las editoriales y los minutos en horario estelar reemplacen este dolor infantil y esta repudiable repartija de utilidades, por otro suceso que genere más “rating”, mientras nosotros ya nos habremos olvidados, de nuevo, como ya lo hicimos antes, y nos dispersaremos con una nueva trama, esperando diariamente como unos personajes dan a conocer números y estadísticas derivadas de personas sin nombre, víctimas de una peste.

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