«Las democracias modernas mueren principalmente a causa de lideres electos que erosionan las normas democráticas desde adentro, no por golpes de Estado. La polarización extrema, el rechazo a las reglas del juego y la deslegitimación del adversario político, son alertas claves de una tendencia autoritaria».

Steven Lepitskig

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El pasado me condena

Es muy frecuente que las personas utilicen el tradicional refrán “la vida tiene muchas vueltas”, en determinadas circunstancias. La breve frase conlleva algún sentimiento de esperanza para sobrellevar hechos mirados como negativos o algún disimulado afán de ajuste de cuentas para los casos en que alguien ha obtenido algo mediante malas artes.

Si miramos objetivamente las cosas, nos encontraremos con que en la vida de casi todas las personas hay momentos y circunstancias que se contradicen con el pasado y que, ahora, mirando fríamente las cosas, los juzgamos con arrepentimiento y pesar.

Gabriel Boric pisa hoy un terreno pantanoso y sus adversarios insisten en enrostrarle dichos y actitudes de un ayer que se fue y que resultan inaceptables en un Presidente de la República.

El mandatario, como alumno y dirigente estudiantil, jugó muchas cartas políticas que le traían el aplauso fácil de sus bases, que lo mostraban como un líder vehemente y carismático, pero que implicaban actuar con cierta irresponsabilidad al no valorar las consecuencias de sus dichos y de sus hechos. El Boric de una década atrás al parecer jamás imaginó que le tocaría asumir como primera autoridad del Estado.

Sus agresiones y acusaciones a Carabineros, sus poleras incendiarias que aparecían como justificando y aplaudiendo atentados políticos, sus cuestionables visitas a imputados por actos terroristas, el aplaudido simbolismo del célebre “perro matapacos”, concatenaban una serie de eslabones para configurar una conducta de una sola línea.

Hoy, las cosas se ven de manera distinta.

Hoy, Boric es la cabeza del Estado. Hoy, Boric es quien debe hacer frente a una sociedad que demanda fuerza y autoridad para actuar ante la delincuencia, el narcotráfico, el crimen organizado, el orden y la seguridad pública. Y en ese terreno, la mano del Estado es la “fuerza pública” y, más específicamente, el Cuerpo de Carabineros. Y, dígase lo que se diga, El presidente ha actuado conforme a su “deber de estado”.

La prensa de siempre no ha cesado, abierta o subrepticiamente a través de los “comentarios” a sus informaciones, de cuestionar las contradicciones y “vueltas de carnero” del mandatario porque así lo demandan los grupos de interés que defiende. Pese a la riqueza de sus archivos, silencia el pasado. Olvida que el mismo Andrés Chadwick que cuidaba el orden público como ministro, era el que antes apedreaba sin tapujos a los obispos católicos que regresaban de Ecuador. Olvida que el senador Larraín, luego Ministro de Justicia y Derechos Humanos era el que defendía sin escrúpulos al enclave vergonzoso de Colonia Dignidad. Olvida que los mismos defensores del mercado y la libre competencia eran los que luego aparecían coludidos en perjuicio de millones de consumidores. Y así se podría continuar.

La crítica situación del país demanda actitudes positivas y si hay algo que debe necesariamente destacarse, es que el Presidente ha tenido el coraje y la entereza moral que Chile demandaba. Tal como antes se atrevió a discordar de sus propios partidarios al concurrir a firmar el Acuerdo por la Paz Social, hoy cumple con las exigencias del tiempo presente.     

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