«Cuántos te han robado la vida sin que tú te percataras de lo que perdías, cuánto se han llevado el dolor inútil, la alegría necia, la codicia ansiosa, la conversación huera, que poco te han dejado de lo tuyo: comprenderás que mueres prematuramente»

Séneca

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AGUANIEVE

FRAGMENTO [*]

1

Punta Arenas es una ciudad hermosa. En 1978 me recibió como a un hijo que se había perdido, sonriéndome en medio de la nieve. Y como una madre dispuesta a contestar mis preguntas y restañar mis heridas. Sospechaba que todo esto era aparentemente inútil. Que no tenía mucho sentido recorrer y oír los acordes o incoherencias del pasado.

Pero aquí estaba vagando solitariamente por las calles de mi ciudad. Sólo después comprendí la necesidad del deshielo. Miré las aguas del Estrecho y la inmensidad de sus olas. La sinfonía de su oleaje, como en la Séptima de Sibelius, una inmensa marejada que devastaría mis débiles cimientos.

Y hablo de la música porque ella ha sido una compañera desde que comenzó la transformación. Debo mencionar la omnipresencia de Brahms y su Concierto para Violín con su gran poder evocador en la construcción de mundos insospechados y remotos cuando se activan involuntariamente los recuerdos. Como sobrevolar una extensa llanura de infinitos árboles, plantas, aves y retazos y anfractuosidades que, como efigies y enigmas de la infancia y de todo lo pasado, bajo caparazones de hielo palpitan en la profundidad de nuestros corazones. Mi padre gritando en medio de la nieve, o instruyéndome a la orilla del mar de Caleta Banner, o mi madre cocinando en silencio, o las expresiones del rostro de Mónica la primera vez o de Carolina, o las excursiones en los bosques, pendientes y colinas tras las frutillas en PA. Todos universos pequeños que constituyen un multiverso de fragmentos conocidos y otros desconocidos u olvidados. Son los recuerdos que la música libera. Sueños encriptados en las profundidades de la infancia de calle Talca cuando escucho Nimrod, de Elgar y que desatan tristemente la pequeña prisión de Felipondio en esos largos atardeceres. O la súbita aparición de Mónica ante el piano en la fría tarde de un invierno interminable mientras teclea los acordes de la “Danza Eslava” 16, de Dvorak o al escuchar las “Canciones que me enseñó mi madre”. Nada nuevo, por cierto. Ya lo dijo Proust detalladamente a lo largo de su obra al reflexionar sobre la “Sonata de Vinteuil” y los recuerdos de Swann y de Marcel. Mucho, mucho después tendría el privilegio de vislumbrar –al menos en alguna medida– las fronteras del infinito para llegar a Mozart.

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