«Las democracias modernas mueren principalmente a causa de lideres electos que erosionan las normas democráticas desde adentro, no por golpes de Estado. La polarización extrema, el rechazo a las reglas del juego y la deslegitimación del adversario político, son alertas claves de una tendencia autoritaria».

Steven Lepitskig

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Cuando votar se vuelve un acto de lucidez peligrosa

Hugo Covarrubias Valenzuela

Académico Trabajo Social, U.Central

Este año tenemos elecciones presidenciales, ya son 8 candidatos que llegarán a la primera vuelta. José Saramago premio Nobel de literatura se imaginó una cuidad donde en plena jornada electoral, una gran mayoría de ciudadanos votaron en blanco. Esto no fue por ignorancia, falta de información o apatía política, sino por algo más temido ‘la lucidez’.

Esta claridad de quienes han comprendido que el voto no es una herramienta mágica o un poder de garantía de justicia y que elegir entre matices del mismo gris no siempre es elegir.

Se nos avecina una nueva elección presidencial y en estos procesos se afinan los discursos y los candidatos se transforman en personajes y toda la maquinaria comunicacional de las promesas en los distintos medios de comunicación. Pero hay algo distinto hoy en la sociedad, no es esperanza, es desconfianza lúcida, la que no se expresa en marchas ni gritos como lo que se vivió, por ejemplo, en 2019, sino en silencios incómodos y en abstenciones conscientes.

¿A quién se elige cuando ya no creemos en lo que representan? ¿Qué legitimidad tiene un sistema donde el voto parece una firma al pie de un contrato que no redactamos?

Saramago nos advertía: cuando el pueblo comienza a ver, los gobiernos tiemblan, no por temor al caos, sino por miedo a perder el monopolio de la interpretación política. Cuando el pueblo vota con lucidez —no por izquierda ni por derecha, sino desde la ética— el simulacro democrático se resquebraja.

En Chile, el escenario electoral se presenta como un tablero donde los dados ya fueron lanzados por otros. Las lógicas del mercado, la maquinaria partidista y la cooptación de la voluntad popular por los grandes intereses no son nuevas. Lo nuevo es esta ciudadanía que ya no se conforma con votar cada cuatro años. Que exige diálogo, verdad y participación real.

Por eso, estas elecciones no deberían medirse sólo por quién gane, sino por lo que la ciudadanía está dispuesta a no aceptar más. Tal vez esta sea la hora de ejercer el derecho más temido: el de pensar, el de votar con lucidez, incluso si eso incomoda a quienes aún creen que gobernar es manipular.

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