«Nuestro país requiere sumar voluntades tras el logro de cambios significativos en la sociedad. Todos los estamentos públicos y sociales, deben cambiar: egoísmo por solidaridad,  crecimiento por desarrollo, Compromiso por la displicencia y la apatía,…  Sumando a ello una visión integral de ciudadanía , la sabiduría por la ignorancia,  unidad por sobre dispersión«

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Editorial. Interrogantes y perspectivas.

Equipo laventanaciudadana.cl

Periodismo ciudadano.

Las elecciones de este domingo 19 de noviembre implican una definición que compromete nuestro futuro como nación con todas las consecuencias que derivan de esta determinación ciudadana.

El país, en lo humano y social, está conformado por una gama ilimitada de grupos y sectores cuyas convicciones, intereses, afinidades y desencuentros, integran este puzle tan difícil de armar como de comprender.

En la pincelada gruesa podríamos centrar nuestra atención en los contrapuntos mujer –hombre, población urbana – rural, ricos y pobres. Pero ese paisaje de trazo fuerte oculta una realidad inescapable que con frecuencia nos negamos a mirar simplemente porque nos incomoda y porque el reclamo de sus derechos nos afecta.

Hasta el cansancio hemos insistido en afirmar que vivimos en el seno de una sociedad profundamente fracturada y cuyas heridas no son fáciles de sanar. Lo antedicho no es algo que se haya presentado de la noche a la mañana sino que responde a la explosión de una larga serie de tensiones sociales, culturales y morales que permanecían ocultas y silenciadas pero que a todas luces era evidente que no se iban a poder prolongar indefinidamente en el tiempo. La expresión gráfica más notoria a este respecto puede encontrarse en el contrapunto entre la vocera oficial de una candidatura que con descaro ha afirmado que hay a disposición de la gente viviendas de 10, 15 o 20 millones pesos, versus la publicidad en El Mercurio de poderosos grupos inmobiliarios que ofertan departamentos de 43.000 uefes (MIL CUATROCIENTOS VEINTE MILLONES DE PESOS) y los más de dos millones de chilenos e inmigrantes legales que viven en campamentos o en espacios públicos exhibiendo una miseria que debiera avergonzar a cualquiera sociedad civilizada.

Todos los estudios sobre la realidad que vivimos, ya sean nacionales o internacionales, coinciden en constatar que es virtualmente imposible que la sociedad chilena pueda subsistir como una comunidad estable si se mantienen los niveles de inequidad e insolidaridad que hoy están presentes. Las estadísticas pueden constatar buenas cifras de crecimiento económico – lo que en sí es importante – pero si los beneficios van solo a los bolsillos de unas pocas familias en tanto que la generalidad de la población vive un proceso de pauperización creciente, habría que ser ingenuo o idiota para no entender que se está incubando con fuerza una crisis de proporciones inconmensurables.

Las minorías privilegiadas (que están muy lejos de constituir una elite ya que la conformación de las elites requiere trabajo, esfuerzo, mérito intelectual y liderazgo moral, lo que no se da en el caso chileno) han asumido con cierto nivel de cinismo que el statu quo es como el orden natural de las cosas y que el papel del Estado se debe limitar a sostener, por las buenas o por las malas, un orden público  que les permita cautelar adecuadamente no solo sus propiedades e intereses sino sus colusiones y sus abusos. El persistente discurso sobre el miedo, el temor, la incertidumbre, la delincuencia, les ha permitido crear las condiciones para apelar al recurso de la represión en caso necesario.

El nuevo Gobierno tendrá que asumir una ardua tarea ya que es muy difícil lograr articular los conflictos en pugna. Además de que importantes sectores sociales presionarán para lograr la atención más o menos inmediata de sus particulares demandas (haciendo caso omiso del hecho indiscutible de que la realidad financiera del país requerirá trabajar muchas soluciones en una perspectiva de largo plazo) sería infantil desconocer que hay muchos grupos especialmente urbanos que persistirán en actitudes antisistema que a nada conducen.

Más allá de las propuestas de campaña (bastante revestidas de liviandad como siempre ha ocurrido en nuestra historia), el nuevo Gobierno tiene la obligación de hablar al país con la verdad desde el primer día. Los problemas económicos y sociales están hoy presentes en casi todas las áreas de la actividad nacional y es de ilusos pensar que ellos podrán ser superados de la noche a la mañana, lo que hace ineludible ajustar con la mayor exactitud las naturales brechas entre las expectativas que se han sembrado y las posibilidades efectivas de alcanzarlas. Los tres meses que mediarán entre la elección presidencial y la asunción de las nuevas autoridades serán una etapa clave para detallar muy específicamente las tareas en tiempo y forma.

En el marco de esta nueva etapa hay dos ejes que es imprescindible tener presentes: Uno, el sentido y orientación que tendrán los nuevos mandatados para ejercer el poder, es decir si trabajarán en pro de los sectores más vulnerables buscando estructurar una sociedad que reduzca inequidades y castigue realmente  corrupciones y abusos; Dos, entender que sus acciones deben desarrollarse en el marco de una sociedad que, con todas sus limitaciones e imperfecciones, pretende ser democrática, lo que en los hechos exige capacidad de diálogo y acuerdos.

El panorama, por supuesto, no es claro. Y una respuesta positiva exigirá un amplio compromiso de cada ciudadano.

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