
EDITORIAL. La buena crianza en política.
En toda democracia madura, las elecciones periódicas constituyen la oportunidad que tienen los ciudadanos ya sea para confirmar la línea política de quienes han estado gobernando o, por el contrario, para elegir autoridades que responden a directrices diversas conforme al querer de la sociedad.
Los electores, que, hoy por hoy, constituyen un universo de casi 15 millones de personas llamadas a votar obligatoriamente, tienen el derecho incuestionable a recibir la mejor información pertinente, necesaria para adoptar sus decisiones.
Lamentablemente, ni la pléyade de candidatos a la presidencia y al parlamento ni la prensa escrita tradicional ni los canales de televisión, han dado adecuada respuesta a estos requerimientos. Por el contrario, salvo contadas y limitadas excepciones, los debates entre postulantes se han transformado en un campeonato de diatribas y ataques personales, que solo buscan enlodar al contrincante, mostrando una indisimulada incapacidad de entregar mensajes sólidos, concretos, fundados que por lo menos entreguen una luz de ilusión y de esperanza.
Los debates televisivos que debieran permitir un conocimiento más cabal acerca de las ideas y pensamiento de quienes aspiran a dirigir el país, dejan, al final del día, un residuo amargo y confuso que se traduce en que un 25% de los ciudadanos encuestados se encuadran en el grupo que se encasilla en el “no sabe o no responde”. Los periodistas, obnubilados en su afán de obtener más elevados niveles de audiencia, alimentan la confrontación sin presionar al entrevistado para que sustente debidamente sus planteamientos.
Seis de los ocho candidatos han dedicado su tiempo a la crítica implacable frente al gobierno que termina, sin ser capaces de entregar un mensaje de luz y de esperanza, prefiriendo el amargor al optimismo. Así, se da el caso paradójico de que cuando es el gobierno el que acusa o se defiende, es acusado de intervencionismo electoral recurriendo a todos los artilugios institucionales.
El país tiene el derecho indiscutible a exigir de cada uno de los aspirantes planteamientos concretos y específicos en materia de educación, salud, empleo, vivienda, que consideren su adecuado financiamiento. A exigir, por supuesto, definiciones en seguridad. Todo ello configura el cuadro de los problemas más acuciantes que preocupan a la gente.
Pero, la gobernanza de una nación es obviamente infinitamente más compleja y, el silencio frente al tema de las relaciones internacionales, ante problemas valóricos o medioambientales que siempre serán actuales y requieren ser abordados, no constituye sino una respuesta evasiva destinada a no comprometerse con definiciones que puedan afectar las decisiones electorales.
Nos quedan poco más de sesenta días para los comicios que marcarán los destinos del país para el próximo cuadrienio. Por ello, constituye una obligación moral, no solo de los candidatos sino también de los periodistas, de los partidos y de toda entidad gremial y comunitaria, lograr elevar el nivel del debate procurando que el sufragio no solo sea libre y secreto sino que sea informado como corresponde a una democracia madura.







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