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EUGENIO Y ÁMBAR

Andrés Cruz Carrasco

Abogado Doctor en Derecho (Universidad de Salamanca) Magister en Filosofía moral Magister en Ciencias Políticas, Seguridad y defensa

Eugenio tenía 9 años cuando fue asesinado. Su cuerpo, cuál desecho indeseable, terminó dentro de un tambor, junto con el de su madre, Verónica Vásquez. Hoy nadie los señala por su nombre. Sólo son las víctimas del “psicópata del tambor”.

Su historia terminal ha sido recogida por algún programa sensacionalista, pero no han sido los protagonistas. Nunca lo fueron. Su memoria sólo será periférica. Su marginalidad siempre fue absoluta. Fueron invisibles para la sociedad y para la institucionalidad judicial que asilándose en criterios objetivos legalmente consagrados le concedió la libertad condicional a quien aparece como el siniestro personaje central de los acontecimientos.

Las redes sociales no los recordarán por lo que hicieron, por lo que dejaron de hacer, por sus aspiraciones, dolores, alegrías y esperanzas. Sólo por su muerte dada a conocer de manera macabra para impresionar a la masa y que en su momento no sirvió para hacer reaccionar al indolente y poco empático “sistema”.

Ellos ya no podrán verter sus lágrimas ante las cámaras de algún canal de televisión ante las indignadas palabras de algún conductor de matinal. Su ira, ante la injusticia por sus sufrimientos, no podrá ser “trending topic”. Las redes sociales podrán usarlos para alimentar su desordenada y pasajera cólera por un lapso muy breve de tiempo, hasta que se conozca otra tragedia. La de una adolescente de 16 años, cuyo nombre era Ámbar, para desatar, otra vez, la furia desarticulada y momentánea. Quien terminó con su cuerpo vejado y cercenado, oculto bajo piso polvoriento de una casa de barrio periférico. Ya habrá otra fatalidad ajena por la que podremos encolerizarnos y refunfuñar virtualmente por un tiempo.

Pero sólo eso. En lugar de alzarse de manera decidida contra la naturalización de un fugaz furor ante muchas otras mujeres, adolescentes, niñas y niños expuestos a los más crueles tratos, que en silencio y sin exposición mediática, sin capacidad para financiar campañas electorales, sin poder asegurar prominentes futuros cargos públicos bien remunerados o en una prestigiosa empresa, sin tener influencias electorales ni capacidad para tentar a algún productor para dar a conocer su historia en algún programa estelar o de farándula, continúan condenados a quedarse pululando entre las penumbras de los rincones de la sociedad.

 A ser invisibles, hasta que su muerte, paradójicamente, los haga interesantes para el morbo colectivo y para desatar una rabia efímera y conferirle una siniestra celebridad al criminal que les dio una brutal muerte. Mientras “el sistema”, a paso cansino, desgastado y hasta de manera altanera, intenta explicar a quienes considera una turba de profanos iletrados, los motivos de su decisión, descargando su responsabilidad, porque ésta es de otros, es de todos y por lo tanto parece que no fuera de nadie.         

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