“Tienen la fuerza, podrán avasallarnos, pero no se detienen los procesos sociales ni con el crimen ni con la fuerza. La historia es nuestra y la hacen los pueblos.” Salvador Allende, 11 de septiembre de 1973.

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La complejidad del tiempo presente

Rodrigo Pulgar Castro

Doctor en Filosofía. Académico U. De Concepción.

Hoy, variables como dominio, disciplina y poder según la descripción que de las tres hace Max Weber en su obra “Economía y sociedad”, en su aplicabilidad como juegos conceptuales para interpretar nos dicen que la realidad socio-política está cada vez más  revuelta. 

Estos tres conceptos se muestran cada vez más abiertos, lo cual es signo que estamos frente a un complejo presente que, a la vez, replica la secuencialidad y, por cierto, dinámica histórica. Se quisiera que esta secuencialidad fuese plana, que las situaciones que facilitan las construcciones sociales transcurrieran sin obstáculos. Mas no es posible, ya que la realidad existe oscilando entre una cuerda y otra, por cierto, sin perder el foco plural del asunto, es decir, entre campos de posibilidades que tensionan la existencia de los colectivos. Lo cual no es en absoluto negativo, es simplemente cosa natural del habitar humano. 

Pasamos de la intuición de que hay temas de conflicto a constatar que es algo concurrente, una cuestión de la cotidianeidad.  Para concluir en esto, nos basta la simple percepción de los elementos que componen los relatos socio-políticos. En ellos, las variables conceptuales y operativas como dominio, poder y disciplina, están difusas, por esto no sorprende -lo cual es también una advertencia- que, al escuchar los relatos políticos, se acaba por asumir que hay pérdida de control sobre el presente. El efecto acá se confunde con su causa: la pérdida de confianza. Si se extrema, el circuito social ya no tiene en su núcleo la fe en el otro, sino el temor al otro. Así resulta no sólo complejo (que de por sí no es un problema, pues la realidad social lo es por el concurso de varios factores como corporeidad, afectos, éticas, etnias, creencias, económicas, espacios, territorios, edades, géneros, etc.), sino difícil por el entramado de intereses que derivan de la presencia de personas en un mismo lugar y tiempo. Todo esto es cómplice de una situación que denota la pérdida de dominio que se puede explicar, entre tantas justificaciones, con la excusa de la ignorancia, fenómeno que identifica la inexistencia de alguna cuota de sabiduría requerida en el plan de vida comunitaria, por tanto, carencia de poder para realizar una acción -en principio al menos narrativa- de carácter vinculante, ni disciplina social amplia, excepto si se privilegia el interés individual o militante ideológico. Ahí por cierto hay disciplina, pero sus marcos la limitan a un espectro comprensivo que vuelve difusa la comprensión de otras formas ideológicas, u otros intereses. Ahí prima la percepción individual distante de la personal (en esta la variable del próximo es la demarcación de lo válido, en escenarios neoliberales prima la mirada individual), ni menos poder por la inexistencia de la capacidad de que las voluntades sociales se ordenen a una señal emanada por quien tiene dominio sobre tal o cual aspecto de la realidad social. En el fondo, está la sensación de que aún no hay quien tenga la capacidad de conducir de manera plausible la realidad hacia una situación de relativa paz como ambiente propicio para el diálogo. Carencia de atributos, pero a la vez carencia de una condición de base como es la apertura a las otras formas comprensivas, condición querida en el juego de interpretar las vías para la instalación de las fundaciones donde se eleve el entramado social. Con todo, la significación del tiempo presente nos dice que estamos en ello, buscando nuestro propio Mandela, pero, las interrogantes, las condiciones quizá lo pongan difícil. no imposible.

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