«Las democracias modernas mueren principalmente a causa de lideres electos que erosionan las normas democráticas desde adentro, no por golpes de Estado. La polarización extrema, el rechazo a las reglas del juego y la deslegitimación del adversario político, son alertas claves de una tendencia autoritaria».

Steven Lepitskig

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La historia (se nos enseña) no se repite, pero (peligrosamente) rima

Rodrigo Pulgar Castro

Doctor en Filosofía Académico del Departamento de Filosofía Universidad de Concepción

La construcción de narrativas, y en particular cuando estas refieren a la vida en común, no está libre de referencias que constituyen el marco desde el cual se elaboran los relatos sobre hechos de la realidad. Al fin y al cabo, se lee y se reacciona desde un lugar de realidad, lo cual significa que la condición o circunstancia vital, marca la dirección y finalidad del argumento (“somos circunstancia”, enseña Ortega y Gasset en las Meditaciones del Quijote). En el fondo, siempre hay una referencia y una intención, de esta forma pretender dar un argumento neutro sobre aspectos de la vida en común, lo cual tiene un número de aristas que la hacen compleja (planos ético, jurídico, político, entre otros aspectos), es un simple sofisma retórico, ya que nadie que realmente viva, nos dirá Unamuno, se puede alejar de opinar desde una posición determinada.

Las narraciones políticas son todo, menos neutrales. Son actos de compromiso. De suyo, el interés del relato tiene un foco identificado desde el momento que se piensa la narración desde un plano ideológico. Ahí, en ese espectro que define mucho del modo de pensar y del modo de actuar, descansa la legitimidad de la narración, ya que ahí se sostiene y ahí se justifica tanto el discurso (que ya es una acción que pretende incidir en el curso de la historia), como la praxis misma llevada a cabo por un sujeto individual o colectivo en afán de mover sus intenciones a la realidad a fin de volverlas concretas. De esta forma, la idea de realidad recogida en aquel constructo conceptual que identificamos como ideología, se convierte en el paradigma desde el cual se elaboran los discursos y se actúa en consecuencia. Entonces, con ellos ya aceptados como variables interpretativas de la vida, el actor político se vuelca a la realidad a fin de cambiar la percepción de un público objetivo a favor de su idea, vale decir, de lo que plantea es el verdadero bien y justo bien común.

Hoy, y como es costumbre a lo largo de la historia social, lo que está en juego son narraciones que compiten por sumar adeptos. Se plantean así formas conceptuales que en relación armónica dan vida a una arquitectura modélica de sociedad. Mas en el juego de narraciones contrapuestas, entran en discusión personas que debaten sobre lo que consideran esencial o lo máximo común, también los modelos de Estado, de sociedad, normas de orden jurídico constitucional, esquemas teológicos, cosmovisiones, planteos éticos, morales, etc. En fin, lo que somos o pretendemos ser. Y muchas veces lo que imitamos ser disimulando fragilidades o certidumbres. Todo sería fácil de seguir y, por tanto, fácil de resolver en un espacio democrático si el ambiente se ordenase en base a la tolerancia axiológica. Pero, sucede lo contrario: el espacio se disputa y se discute desde trincheras que se sostienen en un juego de tergiversaciones incluso históricas. En ello, diría Sartre, reina la mala fe, la poca racionalidad en ver que no solo el tiempo presente se complejiza en su comprensión como lugar efectivo de fuente de bienes, sino, por su propia distención –forzada por cierto- el futuro se empieza a nublar…

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