«Las democracias modernas mueren principalmente a causa de lideres electos que erosionan las normas democráticas desde adentro, no por golpes de Estado. La polarización extrema, el rechazo a las reglas del juego y la deslegitimación del adversario político, son alertas claves de una tendencia autoritaria».

Steven Lepitskig

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La posibilidad de una transformación a través del nuevo humanismo. [*]

Ugo Bardi

Desde Florencia, Italia
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Ante una crisis de sentido, debemos integrar la ciencia, el arte, la ética, la filosofía y la espiritualidad en una nueva síntesis civilizatoria.
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Artículo invitado de Silvia Zimmermann del Castillo, copresidente del Club de Roma.

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Publicado en “La Nación” por Silvia Zimmermann del Castillo. Reproducido aquí con autorización de la autora.

La historia de la humanidad no siempre avanza de forma lineal, y mucho menos pacífica. En cambio, se desarrolla a través de tensiones, rupturas y profundas crisis que señalan el agotamiento de un orden y la gestación de otro. Hoy, presenciamos uno de esos momentos de transición. El orden mundial que surgió tras la modernidad industrial y se consolidó en el siglo XX parece haber alcanzado su punto álgido de entropía: esa fase de creciente desorganización en la que las estructuras políticas, económicas, sociales y simbólicas ya no logran mantener la coherencia ni el significado.

El término «entropía», tomado de la física, se refiere no solo al caos, sino también al desgaste interno de los sistemas cerrados. Un sistema que no intercambia energía, información ni significado con su entorno está expuesto a la decadencia. El actual orden global, basado arrogantemente en la acumulación ilimitada, la fragmentación del conocimiento, la supremacía del poder técnico y financiero, y la desconexión entre la humanidad y la naturaleza, ha funcionado durante décadas como un sistema cerrado. Hoy, sus contradicciones son evidentes: guerras recurrentes, crisis ecológica, el colapso de narrativas compartidas y una profunda pérdida de orientación ética. Caos existencial.

Sin embargo, la entropía no es el fin. Fue el premio Nobel Ilya Prigogine, padre de la Teoría del Caos, quien me dijo: «La entropía es la oportunidad para la libertad y el progreso». Por supuesto, depende de nosotros.

En momentos de máxima inestabilidad, emergen lo que el pensamiento científico denomina «estructuras disipativas»: nuevas formas de organización que surgen precisamente del caos, capaces de transformar la crisis en creatividad. Estas estructuras no niegan el desorden, sino que lo atraviesan y lo transmutan. Aplicado a la civilización, esto implica reconocer que el nuevo orden no puede construirse con las herramientas conceptuales predominantes que generaron la crisis. Pero también implica comprender que el futuro no puede construirse sin la sabiduría acumulada del pasado.

Son estas estructuras las que debemos preservar del orden que se desmorona. Las grandes civilizaciones comprendieron algo que la vertiginosa modernidad ha olvidado: que el conocimiento no es solo técnico, sino también ético, espiritual y relacional. Confucio lo expresó claramente hace más de 2.000 años: «La armonía es el valor supremo». Para el sabio chino, una sociedad justa no se sostiene mediante la imposición de leyes, sino mediante la virtud, el equilibrio y la responsabilidad moral de cada individuo dentro del tejido social. Esta visión relacional resulta sorprendentemente actual hoy en día, ante la fragmentación del mundo globalizado.

El pensamiento de Marie Curie, la primera mujer en recibir el Premio Nobel y la única persona en recibirlo dos veces, se revela en esta misma línea. Sus estudios descubrieron la radiactividad y llevaron a comprender que la estructura atómica era más compleja de lo que se creía. Marie Curie afirmó: «No se puede aspirar a construir un mundo mejor sin mejorar a las personas».

Añadió: «El esfuerzo personal no basta si no va acompañado de una responsabilidad colectiva». Cada individuo comparte una responsabilidad hacia la humanidad en su conjunto. Y no podemos esperar que individuos despreciables construyan un mundo mejor.

En este año en que conmemoramos el 40 aniversario de su fallecimiento, no podemos ignorar el pensamiento de Jorge Luis Borges. Borges aborrecía la idea de vincular el mal con la inteligencia. En cambio, lo identificaba con la estupidez, y la bondad con la inteligencia. Para Borges, la cultura es inseparable de esta postura ética. Quizás su convicción se fortaleció al releer a uno de sus filósofos favoritos: Schopenhauer, para quien la bondad es la más admirable de todas las virtudes, fácilmente reconocible en la capacidad de empatía y compasión.

Aristóteles, por su parte, comprendió que el objetivo último de la vida humana no es la acumulación de bienes, sino la eudaimonía: una vida plena y floreciente en armonía con la razón y la virtud.

«El todo es mayor que la suma de sus partes», afirmó, anticipando así una comprensión sistémica de la realidad que reaparece hoy en las ciencias de la complejidad y la física cuántica.

Esta intuición de totalidad se manifiesta con fuerza en el pensamiento de David Bohm, físico y filósofo estadounidense que cuestionó la visión mecanicista del universo. Bohm propuso la idea del orden explícito y el orden implícito. El primero es la realidad que emerge en la superficie, la realidad visible que creemos única y definitiva. El segundo es una realidad profunda y subyacente en la que todo está interrelacionado, más allá de la aparente fragmentación del mundo visible. Para Bohm, la crisis de la humanidad no era solo política o económica, sino esencialmente una crisis de pensamiento: una forma fragmentada de percibir la realidad que genera sistemas igualmente fragmentados. Una crisis de significado.

En consonancia con esta crítica a la fragmentación, la filósofa española María Zambrano ya había señalado que la crisis en Occidente no es solo estructural, sino también espiritual. Según ella, la razón moderna se volvió insuficiente al separarse de la vida interior. En respuesta a esto, propuso la razón poética: una forma de conocimiento que no domina la realidad, sino que la escucha, la contempla y la revela. Al igual que Prigogine, Zambrano supo ver el lado positivo del caos: «Toda crisis es un despertar».

Desde esta perspectiva más amplia —científica, filosófica y espiritual—, el orden actual no se derrumba por casualidad, sino porque ya no responde a la profunda coherencia del universo, al orden implícito. La separación radical entre sujeto y objeto, entre humanidad y naturaleza, entre individuo y comunidad, ha conducido al sistema global a un estado de entropía extrema.

En la década de 1970, el fundador del Club de Roma, Aurelio Peccei, en diálogo con el filósofo japonés Daisaku Ikeda, predijo que, en un futuro no muy lejano, la humanidad tendría que reflexionar sobre el significado de ser humano. El progreso tecnológico y el conocimiento científico no bastarían para responder a esa pregunta. Llegaría el día en que la humanidad tendría que adentrarse en un nuevo humanismo: en la relación de los seres humanos con la naturaleza, entre sí, con la vida. Hoy, el Club de Roma promueve esta reflexión, que exige la valentía de reconocer los errores y de rescatar valores largamente sacrificados.

La tarea del nuevo humanismo, entonces, consiste en actuar como una estructura disipativa consciente: integrar ciencia, arte, ética, filosofía y espiritualidad en una nueva síntesis civilizatoria.

Las estructuras disipativas que construirán el nuevo orden no serán impuestas por el poder, sino que surgirán de la cultura, la reflexión profunda, el arte, la ética y la educación. Donde la vieja lógica persiste en el caos, el nuevo humanismo debe aprender a vislumbrar la posibilidad de la transformación.

El cambio de era que estamos viviendo no es meramente tecnológico, aunque la inteligencia artificial y la digitalización lo aceleran. Es esencialmente un cambio de conciencia. O persistimos en estructuras agotadas, aumentando la entropía hasta el colapso final, o asumimos la responsabilidad existencial de crear nuevas formas de organización basadas en la interdependencia, la sabiduría y la dignidad humana.

Lao Tzu dijo: «Cuando el mundo está en confusión, los sabios actúan con sencillez».

En esa profunda sencillez que integra lo antiguo y lo nuevo, lo científico y lo espiritual, lo humano y lo planetario, reside la semilla del nuevo orden, un orden que aún desconocemos, pero que podemos germinar en un futuro redentor. Podemos. Y debemos.

Silvia Zimmermann del Castillo, copresidente del Club Internacional de Roma

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UB

23/02/2026

[*] Fuente: 23.02.2026, desde el substack.com de Ugo Bardi “El efecto Séneca” (“The Seneca Effect”), autorizado por el autor.

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