
Palestina. No volverse indiferente ante la barbarie. He ahí el presente.
La barbarie ocurre al cruzar la frontera que inaugura el territorio de la deshumanización. Ahí, en ese caminar en el territorio de lo inhóspito, todo vale si se trata de dominar espacios y personas que lo habitan, y si han de morir que mueran, si han de emigrar que emigren.
En el amplio sentido de la palabra, la barbarie se justifica en beneficio de un modelo geo-político que hace del concepto de pueblo elegido, y amado por un Dios, la llave que lo explica. A veces basta con querer creer que ahí, en esa herencia que se ritualiza en relatos y acciones, se autoidentifica a sí mismo como aquel pueblo; en ello, entonces, se sostiene majaderamente que en ese axioma de principio fundacional todo está comprendido: la razón y la sinrazón de una manera de rotar la historia que para mal se repite en otros: los adversarios y enemigos (acá se identifican ambos) y ya no en quienes lo padecieron antes. Dolor conlleva saber que la idea de un Dios bueno ahí ya no está, desaparece en ese instante cuando hay apropiación de su sentido; sentido amañado por el simple deseo de un interés propio. De esta forma, la retórica sostenida en la memoria de un pueblo atropellado antaño ya no soporta más y, sin embargo, se insiste en ella dando curso a un obrar político que, como acción de atropello al más débil, siempre encuentra en la memoria un punto de justificación a pesar del agotamiento del relato.
Así, y otra vez más, la historia es testigo de que la razón política no es razón necesariamente ética, por ello su resultado en una simple y penosa palabra: genocidio. No existe otro calificativo en la memoria humana. Sus responsables, los que lo ejecutan directamente: un pueblo sobre otro pueblo. Su efecto: el cruce de la barrera hacia un estado de cosas que normaliza la acción impúdica de un gobierno –tengo dudas razonables si el pueblo de Israel está libre de culpa por la acción que conduce su gobierno–.
Pero ¿solamente es responsable Israel? No, Hamas por supuesto, pero también hay complicidad de muchos ya por acción de apoyo directo o por silencio. De hecho, la abstención es un apoyo indirecto a una idea o a una acción, y se da en el concierto general de una actitud sencilla como ese querer no saber, pero la comodidad inicial se torna incomodidad tanto en ese movimiento de evitar saber cómo en aquel que vive en el permanente desconocimiento sin entender que ese campo de lo desconocido es –paradójicamente– un universo que pide ser llenado de saberes para superar la falta cometida por ignorancia, en muchos casos: falsa ignorancia.
En todo aquel que camina por la historia en la abstención producto de un acto reflexivo suscitado por temor al compromiso, como en aquel que se abstiene por falta de ánimo, existe una memoria que trabaja para evitar reconocer hechos de complicidad. El asunto que la memoria guarda huellas de aquello: fotos, narraciones y, luego, exclamaciones elaboradas como sofismas para desplazar las culpas, las propias y las ajenas a otros que, si bien es posible decir que en ellos estaba la solución, no lo es en sentido pleno o total, ya que el silencio regala cierta carta de libertad para hacer y deshacer según conveniencias.
En fin, cruzada la línea a la deshumanización, aquella grotesca línea roja, entre estar o ausentarse o al menos observar críticamente el escándalo de Israel que justifica su acción, es otro escándalo. Su efecto: nos vemos envueltos en la barbarie no necesariamente por acción directa: no somos los que cargamos y gatillamos las armas contra indefensos, sino por acción indirecta: cómplices por inacción que, en el caso de Gaza se asimila a inanición. Sería en el fondo una forma de olvido estructural.
La barbarie es acción y consecuencia: la deshumanización mayor en quien la provoca y la mantiene… extrañamente, aunque sea triste verlo, en el rostro del dolor hay humanidad no así en la máscara narrativa que lo justifica por una causa que dejó de tener valor en la medida que realizo lo mismo que a mí me hicieron.
Fuente de imagen:
N. del E.: La fuente incluye una entrevista geopolítica radial de poco más de 6’.







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