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POR LA CORDILLERA DE ÑUBLE ADENTRO

Fernando Arriagada Cortés

Investigador y escritor.

Desde niño la cordillera y sus cumbres nevadas adquirieron para mí una connotación especial, como cuando veía pasar los arreos de centenares de animales llevados a las veranadas andinas, desde mi casa en Pinto.  Animada la imaginación por cuentos y leyendas, como los viajes del diablo en coche a las termas o el renegado, fueron motivaciones para  observar con curiosidad sus nevados entre los azules intensos de sus faldas y el celeste de un claro día, en un espectáculo que genera el interés de conocerlas y aventurarse por sus múltiples recodos, escalar sus pendientes, observar la biodiversidad, contemplar caprichosos cursos de agua y en definitiva; advertir la grandiosidad del paisaje y la pequeñez del ser humano.

La ocasión de conocer estos parajes motivadores, se nos regaló cuando fuimos “a la nieve” nombre genérico de las visitas invernales al sector. En esos años y como alumnos de Educación Básica del Liceo de Hombre, tuvimos la quimérica idea de fundar un Club Andino, gestiones que algo avanzaron en lo administrativo, ya que llegamos a tener directiva, asesoría, timbre y hasta himno. Se tramitó la cesión de un terreno municipal, todo gracias a la gestión de un apoderado visionario y enamorado del sector, don Carlos González Meza. Sus anhelos no lograron concretarse a causa del desinterés de muchos y la evolución natural de los cursos.

Sin embargo, en varios quedó viva la inquietud de seguir viajando a la cordillera. La feliz oportunidad se nos dio cuando ingresamos a la Universidad de Chile, sede Ñuble, en donde pudimos participar e integrar el Club Andino de la institución. Durante varios años pudimos compartir información, instrucción, viajes inolvidables y gratos momentos de camaradería al instalar campamentos  al calor de una fogata, las peripecias de algún viaje o de alguna ascensión. Gracias a este grupo de compañeros los paisajes cordilleranos nos fueron familiares y hasta amigos, como la ruta de acceso y sus picadas, como las tortillas y el restaurant de Don Pepe Quiñones en Los Lleuques, la playita, las piedras comadres, la cueva de los Pincheira, el valle de Las Trancas, la gruta de los Pangues, las Termas, la olla del Mote, el valle de las Aguas Calientes, Sangri La, El Waldorf, etc.

En definitiva, fue un reencuentro afortunado con el mundo de la cordillera, sirviendo además, de feliz y práctico complemento a mis estudios de Historia y Geografía.  Por eso de las vueltas de la vida, como Profesor me correspondió fundar y ser el primer docente de la Escuela de Las Trancas en 1994, actual centro educativo y ecológico que ha entregado en sus 26 años de servicio, las educación básica a decenas de niños y entregando como actividad complementaria cursos de sky y ecología.

 En decenas de viajes a través de más de treinta años, la cordillera andina, guardiana de secretos y leyendas, atenta vigía de nuestros valles, cuna de cóndores, águilas, pumas y huemules, nos saluda con sus albos nevados, nos regala un paisaje que se resiste a ser intervenido y nos propone que en medio de las urgencias de la vida actual, todavía podemos encontrar un remanso de paz, un rincón para respirar aire puro, contemplar su naturaleza indomable y en definitiva; ser más que parecer o tener.

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