La sensatez debe generar cordura y la cordura solventar los avances logrados por la ciudadanía y no retroceder con acciones irracionales.
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Reflexiones sobre la cobardía

El diccionario de la Real Academia expresa que la “cobardía” es la ausencia de ánimo y de valor. Esa definición tan breve y simple oculta, sin embargo, una compleja gama de aspectos que generalmente no son debidamente analizados. En efecto, a primera vista este concepto puede en buena medida asimilarse a la idea de “temor”, es decir a la actitud de una persona que ante una situación de riesgo se rehúsa a enfrentarla y busca cualquier tipo de argumentación (incluso la huida) para evitar el posible conflicto.

Cada ser humano puede presentar diversas características y desde la primera edad es posible distinguir entre niños afables y amistosos y niños de una naturaleza agresiva que necesariamente requieren ser controlados por sus padres o sus educadores, todo ello en el marco de las relaciones interpersonales.  

Un individuo puede estar dispuesto a correr determinados riesgos (saltar, escalar, pelear) frecuentemente acicateado por su grupo de pares con el fin de evitar las burlas que le generarán su orgullo herido. Otros, por su naturaleza más temerosa, por un juicio de racionalidad frente a una situación contingente, por una apreciación fría del desequilibrio de fuerzas, evitarán el enfrentamiento y la agresión.

De hecho, y esto puede ser comprobado mediante un recorrido histórico al pasado de cada individuo (rememorando su vida en el seno de la familia, en el colegio, en las diversas agrupaciones sociales de las cuales casi todos han formado parte en el decurso de sus vidas), es posible encontrar pesonas que calladamente se aíslan o se someten ante quienes hacen gala de la fuerza, de la prepotencia, de la amenaza, y que son motejados como “cobardes”, e individuos a los  que de alguna manera se les va reconociendo un liderazgo grupal que no se sostiene en base a la razón sino a la prepotencia, la agresión, el temor, el abuso de la fuerza.

Cuando en una sociedad la forma de relacionarse entre sus miembros llega a estar definida por la agresividad, por la injuria, por el ataque soez encubierto por el anonimato, al extremo que tal forma de actuar se “normaliza” y el conjunto va progresivamente validando tales conductas y procedimientos, quiere decir que la agrupación humana se está corroyendo y que más temprano que tarde dejará de ser una “comunidad” ligada por lazos de respeto y de ciertos niveles de afectos recíprocos, para transformarse en un simple hecho determinado por la forzada vivencia en cierto lugar físico del territorio. Más grave aún: si tales conductas derivan en la habitualidad de la violencia física contra los demás (que son juzgados por pensar distinto, por cumplir una función que no nos agrada, o por ocupar en la sociedad un lugar al que han accedido a lo mejor inmerecidamente) estaremos aceptando la irracionalidad y la brutalidad como bases de nuestra vida en común.

Como recuerda el filósofo coreano-alemán Byung-Chul Han, “la violencia no es una expresión relacional” ya que solo busca “aniquilar al otro”.

Lamentablemente, los procederes de violencia han ido ocupando los espacios que se consideraban propios de la convivencia en un mundo civilizado. No es necesario pensar mucho para constatar que la fuerza y la agresión simplemente no conducen a ninguna parte y que llegará el momento en que habrá una reacción colectiva de consecuencias inimaginables.

Cada día tiene su afán.

Lo que ayer apenas nos llamaba la atención (tomas de colegios y destrucción de mobiliario; agresión a profesores o funcionarios de la salud; destrucción de equipos, laboratorios y bibliotecas; quema de mobiliario urbano; etc.), ha ido elevando el tono y derivando a expresiones de irracionalidad mayúscula.

Un día, un diputado que lee sentado en una banca del Parque Forestal de Santiago, es atacado por una turba incontrolable: golpeado, injuriado, escupido, sin que medie provocación alguna. Los “valientes” que ejecutan estos actos de condena y justicia popular luego huyen y se sienten vencedores. No han ganado nada salvo sembrar temor.

El 17 de enero, a las 21.30 horas, el corredor de propiedades Mauricio Peña, de 42 años, baja a comprar en el Barrio Lastarria de la capital. Es atacado por una docena de personas que lo golpean mientras una mujer desaforada, integrante del grupo, grita: “Es paco, hay que matarlo”.  La víctima, gravemente herida, no era “paco”. Y si hubiera sido “paco” ¿Tiene algún derecho una patota de irracionales a aplicarle “su justicia popular”?

Cierro estas reflexiones, apoderándome de un texto del escritor Gonzalo Contreras. En una crónica, el autor recuerda que en 1952, cuando Albert Camus, (el argelino huérfano de padre, hijo de una mujer analfabeta, criado “entre la miseria y el sol”, héroe de la resistencia antinazi), subía al estrado a recibir el Premio Nobel de Literatura fue interpelado por un anónimo funante por su falta de apoyo a la guerrilla independentista que asolaba las calles de Argel. Camus no perdió la calma y sereno respondió: “En estos momentos están poniendo bombas en los tranvías de Argel. Mi madre puede estar en uno. Si la justicia es eso, yo elijo a mi madre”.

Alguien dijo alguna vez que las tres enfermedades más comunes en la vida del hombre son las caries, el resfriado común y la cobardía moral. Tenemos derecho a preguntarnos: ¿No será que la valentía que agrede simplemente oculta la miseria humana de la cobardía moral?

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