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SEBASTIÁN PIÑERA SE HUNDE EN LAS ENCUESTAS

Rafael Luis Gumucio Rivas

Profesor de Historia. Ex director Instituto de historia Universidad Católica de Valparaíso.

La democracia bancaria es similar a un supermercado: no hay ciudadanos, sino consumidores que en cada elección compran productos y sólo falta aprobar una ley que permita devolverlos cuando salen fallados, es decir por medio de referendos revocatorios exigidos por la ciudadanía.

Está claro que en la mayoría de los casos en democracia representativa los presidentes elegidos por la masa de los consumidores a partir de los seis meses comienzan el descenso en la aprobación ciudadana, bajando en depreciación acelerada del 50% en la partida a un tercio de las preferencias.

Gran parte de los consumidores chilenos estaban convencidos de que Sebastián Piñera, como genio de la economía, salvaría a Chile de la hecatombe a que, según ellos, habían sido conducidos durante el gobierno de Michelle Bachelet y que como Piñera era millonario, aunque lo hiciera mezclando los negocios y la política al límite de la ética, ahora sí iban a gozar de “tiempos mejores”, anunciados con bombos y platillos durante la campaña presidencial.

Algunos consumidores son tan insensatos que vuelven a comprar, una y más veces, una sandía calada, que ya demostró ser tóxica en su primer gobierno – no es raro que la contienda se dé entre Bachelet y Piñera, y si se aburren de lo que suele llamarse alternancia en el poder, eligen un audaz anti político de la pos-verdad que los engaña a porfía – como en el caso de Emmanuel Macron, en Francia, no ha podido sacarse con 22 sábados ininterrumpidos de protestas de los “Chalecos Amarillos”. Como todo buen vendedor – más un candidato presidencial – debe tratar de convencer a los consumidores de su producto es mejor que el de sus rivales, sin importar el uso de oratoria engañosa y falsas promesas, a fin de conquistar el voto de los famosos “fachos pobres”.

La política, como bien lo dice Max Weber, no tiene nada que ver con la salvación, y los “mesías” son conductores a la debacle de un país. Sebastián Piñera, como buen narcisista, se vistió de salvador de Chile: ofreció a quienes lo escuchaban que en pocos meses el país retomaba la senda del crecimiento y del desarrollo, y basándose en los resultados de las sacrosantas encuestas, les usurpaba a sus rivales la promesa de la gratuidad en la educación universitaria, así como mejorar las miserables pensiones de los adultos mayores, pero nada de eso ha ocurrido hasta ahora.

Los consumidores engañados con este pésimo producto al fin se han dado cuenta de que el mago Piñera, en más de un año en el poder muestras los mismos pésimos índices económicos de su predecesora: bajo crecimiento, un comercio exterior en caída libre, baja inversión y un notable retroceso en las políticas públicas y, como Michelle Bachelet, usa el mismo argumento para justificar su desastrosa política económica: culpar a factores externos por su bajo crecimiento.

Sebastián Piñera sabe muy bien que es más pesado que “chupete de fierro”, por esto, en su segundo gobierno, ha tratado de mostrarse como un abuelito simpático así sus chistes sean tan desubicados y malos como las “piñericosas” en su primer mandato. Ha tratado de administrar el poder en forma más democrática, en apariencia, pero sus ministros son más tontos e incapaces que los de su primer gobierno. Al darse cuenta de que no le resulta el aparentar de demócrata populachero, habla por todos los ministros, dejando en segundo plano a su dicharachera vocera. A Piñera le encanta le encanta mostrarse en la televisión, según un estudio ostenta un récord casi insuperable de un mandatario en exposición pública.

Piñera acepta que es minoritario en el Congreso, por consiguiente y como buen narciso, está convencido de que su prójimo, formado por los presidentes de partidos de la oposición, son tontos e ingenuos, los invita en nombre del “patriotismo” a un diálogo (¿monólogo?), que termina entre Piñera y Piñera, (lo escribí en un artículo anterior), en el cual deja mudos a sus interlocutores mientras devoran un té Supremo en bolsitas, acompañado de unas ricas galletas. Los dirigentes de la oposición se sienten tan honrados de visitar el “palacio del Zorro” que sólo musitan críticas muy moderadas a las propuestas e insinuación de Piñera para que ordenen a sus congresistas en la aprobación de los proyectos estrella del gobierno.

No puedo prever cuándo los consumidores se convertirán en ciudadanos y terminarán con la democracia del mercado, a fin de instalar una verdadera participación, similar a la instalación del RIC, (referéndum de iniciativa ciudadana), que proponen los Chalecos Amarillos en Francia. Por ahora tendremos que resignarnos a congresistas ladronzuelos y a Presidentes rechazados por la ciudadanía.

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