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Uruguay: el país modelo democrático de América Latina

Rafael Luis Gumucio Rivas

Profesor de Historia. Ex director Instituto de historia Universidad Católica de Valparaíso.

A diferencia de Chile Uruguay sigue siendo un país calmado, muy democrático, pero un poco aburrido: la gente concurre a las urnas, con voto obligatorio, desde las primeras horas de la mañana, y con apenas un 3% de votos nulos y blancos, y los sufragios se dividen entre Frente Amplio y Partido Nacional en partes iguales.

Después de 15 años de gobierno del Frente Amplio parecía que, esta vez, la derecha ganaría en el balotaje, con Luis Lacalle Pou, representante del Partido Nacional y apoyado por el Partido Colorado y de otros partidos pequeños de derecha, entre ellos, el ultraderechista partido Cabildo Abierto.

Las encuestas más importantes de ese país daban entre un 5% y un 6% de ventaja a Luis Lacalle sobre el Frente Amplista, Daniel Martínez, pero el resultado de las elecciones de ayer, 24 de noviembre, lo desmintió: Lacalle obtuvo 1.168.019 votos, mientras que Martínez logró 1.139.354 sufragios; la diferencia fue, apenas, de 28.663 votos. En porcentaje, Lacalle obtuvo 48,5%, mientras que Martínez el 47,7%, es decir, menos de un punto porcentual. Los votos objetados fueron 35.229, (más que la diferencia entre ambos candidatos).

En Uruguay todo está planificado para que el ejercicio electoral resulte perfecto y, además, sea imposible el fraude, por consiguiente, con mucho tino, el Tribunal Electoral aún no ha declarado a ningún vencedor, y tendrán que esperar el martes, o tal vez hasta el viernes, hasta tanto no sea contado voto a voto.

Previo a las elecciones en Uruguay, (como diría el humorista chileno Bombo Fica, “sospechosa la Wá”), los yanquis intentaron ensuciar el proceso  sobre la base de unas declaraciones furibundas del ex general Guido Manini Ríos, a través de la Prensa, (quien antes había sido llamado a retiro por el Presidente actual, Tabaré Vásquez), en que criticaba a la justicia – según él – porque “trataba mal a los militares golpistas”, (algo similar al actuar del nazi chileno, José Antonio Kast).

Durante el período de veda electoral este general había declarado que un posible triunfo del Frente Amplio conduciría al fin de la democracia uruguaya; (antes había hecho una visita al Presidente de Brasil, el milico nazi, Jair Bolsonaro).

Previo al escrutinio, nadie apostaba al triunfo de Daniel Martínez que, según muchos críticos, había realizado una pésima campaña, sin embargo, la corta diferencia de votos le podría dar la victoria. No falta quienes achaquen a los dichos del general Manini la inesperada buena votación de Martínez.

Con la elección de Uruguay terminamos este año el ciclo de comicios presidenciales en América del Sur: en Colombia, ganó la ultraderecha, con el lacayo de Álvaro Uribe, Iván Duque; En Brasil el fanático evangélico, el ultraderechista Jair Bolsonaro; en Argentina, perdió la derecha con Mauricio Macri, en favor el progresista Alberto Fernández; en Bolivia ganó Evo Morales, en primera vuelta, pero las artimañas de la OEA en concomitancia con Estados Unidos, “declararon” que la elección había sido fraudulenta.

Las elecciones de Argentina y Brasil van a jugar un papel geopolítico fundamental en el área, pues el Mercosur estaba a punto de pactar la apertura económica con la Unión Europea: si el ministro de Economía de Brasil, Pablo Guedes, se muestra contrario al Mercosur, no las tiene todas consigo, pues los sectores militares que apoyan a Bolsonaro son favorables a  un acuerdo así haya diferencias ideológicas con Fernández; por otro lado Uruguay, aunque sea un país pequeño en extensión, tiene una privilegiada ubicación geopolítica al encontrarse entre Brasil y Argentina.

Estados Unidos está perdiendo terreno en Medio Oriente: en primer lugar, la corrupción al interior del gobierno sionista, sumada a la de su segundo aliado, Arabia Saudita, han restado poder e influencia al Pentágono; en segundo lugar, las tropas norteamericanas se han visto obligadas a retirarse de Siria; en tercer lugar, Iraq se encuentra en una cuasi guerra civil; en cuarto lugar, las amenazas a Irán, a pesar de mantener la economía de ese país por los suelos, no han logrado el derrocamiento de los Ayatolás.

Donald Trump prefiere las guerras comerciales a los enfrentamientos armados, por lo demás, se entiende muy mal con la C.I.A. y no también – como lo hubiera deseado – con el Pentágono.

Derrotado en el Medio Oriente, no le queda otro camino que incidir en las políticas latinoamericanas: el litio, por ejemplo, se ubica en un 80% en el triángulo norte de Argentina, norte de Chile, sur de Bolivia, y este último país tiene la principal reserva de litio en el mundo; a diferencia de Argentina y Chile, Bolivia ha avanzado considerablemente en la explotación de subproductos, útiles para fabricación de baterías y otros: en alianza con China y Alemania, (en el caso de Bolivia, el 80% de las empresas pertenecen al gobierno boliviano, y sólo el 20% a los inversores extranjeros), estaban a punto de fabricar autos eléctricos antes del golpe de Estado fraguado por Estados Unidos contra Evo Morales.

Aun cuando la democracia sea muy aburrida es mil veces preferible a las “sísmicas” pseudo democracias de sus vecinos.

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