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Eduardo Meissner: apuesta y pasión

Tulio Mendoza Belio

Premio Municipal de Arte de la Ciudad de Concepción (2009).

Eduardo Meissner Grebe, un heptasílabo, no él, su nombre. Y el mío también. Métrica del alma en la comunión de los espejos. Ahora que iniciamos la conversación todo vuelve a ser como al principio. Vivir, habitar en compañía de otros. “Conversamos” es ahora y fue ayer, presente y pasado en la música de las esferas. Conversamos porque somos mortales, hubiera dicho Octavio Paz. Duele el tiempo ahora que su timbre no aparece tan fácilmente en nuestros oídos y la piel envejece de pura sola mientras la ciudad es una suma de fracasos. Y sin embargo podemos dar un salto hacia atrás y entrar en la fascinación de un mundo que es invención y deseo: nunca los ángeles de la imaginación fueron más carnales y frutales, ni el encantamiento más certero. Todo es presencia y lucidez, pero también onírica visión: razón y emoción. Hay que “sentir el pensamiento y pensar el sentimiento”, como reza el credo unamuniano. Del mismo modo que Rimbaud, Eduardo Meissner Grebe vio lo que otros creyeron ver. Y desde esta prodigiosa estación con puentes levadizos, termitas aguerridas, esqueletos musicales, espantapájaros multicolores, jardines y esferas expectantes, nos llega espacial la noche, especial el día, la tarde clarividente con piano y biblioteca. Tardes enteras ejercitando la gubia del hambre, una sed ontológica y haciendo del pan mistraliano eso siempre nuevo y como nunca visto, celebrando el insomnio, el mar siempre vuelto a empezar. Eduardo Meissner Grebe viene volando.

La primera conversación está hecha de fragmentos, intuiciones y divagaciones. Siempre la fiesta a flor de piel, la risa y un vino para convocar a los ausentes. Alzamos las copas, la música canta y llegan Van Gogh, Rousseau, Juan Carlos Mestre, Jorge Mendoza Enríquez, María Angélica Blanco, Ricardo Monserrat, Roland Barthes, Julio Escámez y la Sagan: “Buenos días, tristeza”. Había que sacarla de los cuadernos colegiales donde estaba inscrita como pesadumbre y desvelo. Ramón Riquelme lo supo en su Quinchamalí, quimera y resurrección. Eduardo Meissner entra en laberintos y secretos pasadizos y nos descubre el asombro de las cosas, de las formas y las materias, secretas correspondencias y analogías con estudio persistente y deslumbrante obsesión: juego de máscaras, la domesticación de los pájaros, la invasión de las termitas. Altas constelaciones flotando en un sueño de una noche de verano o viajando en una carroza inventada por Alejandro Vila. Había tanto que hacer, tanto que decir, mucho que contar. Meissner también fue refugio y conciencia civil contra las sombras.

La segunda conversación fue la apuesta: cortes y recortes de la realidad y del ojo que late detrás de cada pliegue: en unas alas, en el doblez de una servilleta azul, en huesos cubistas que convocan a la muerte y a la doncella, en pájaros que se espantan de sus propias plumas, en una música que no se oye. Eduardo Meissner es el maestro indiscutible, renacentista y prodigio, un clásico contemporáneo paradojalmente sin tiempo ni medida. Y sigue ahí sentado en su casa de Orompello, verdad, Rosmarie, frente a los cristales con sus juegos transparentes de luces y colores y las muñecas que observan pensativas. El sol también entró en su casa. O en la estancia de las ánimas nunca en pena y siempre alertas a su llegada. O en la Casa Poli de Coliumo, frente al mar, frente a Dios como en el tango aquel de Rodolfo Taboada y Mariano Mores.

La tercera conversación es la historia de una fervorosa pasión cuyo destino son líneas de fuga en toda dirección, flechas salidas de sus manos que fueron música, color, vuelo y cirugía. Había que ordenar el jardín propio y el jardín de al lado, la casa botánica de la conciencia y el placer meticuloso del encanto. ¿Dónde está el cuadro, dónde Klinsgor, el Mago? Cuánto Meissner hay en Meissner: afirmación y pregunta. No puedo dejar de pensar en Eduardo y en Rosmarie Prim, su compañera, no puedo dejar de creer en el amor y siento como si me faltara algún sentido. Tendremos que aprender su ausencia lo cual será un modo de quererlo más cada día, de traerlo siempre al corazón y recordarlo. ¡Eduardo, ya tocan a la puerta! 

Eduardo Meissner Grebe, como San Juan de la Cruz, parece haberle dado a la caza alcance.

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