
EDITORIAL. El reino de la irracionalidad y la violencia.
Sin lugar a dudas, vivimos lamentablemente en una sociedad en que imperan la irracionalidad y la violencia. La fuerza de los hechos nos demuestra que los diversos actores presentes en la vida común, son incapaces de actuar en su relación con los demás, conforme a principios elementales de respeto, lo que implica reconocer el derecho de los demás a actuar conforme a sus propias convicciones y simpatías en todos los planos de la vida en sociedad, ya sean ellos culturales, políticos, religiosos o deportivos.
Nuestros establecimientos educacionales llenan a nuestros niños y jóvenes de datos e informaciones, posiblemente muy útiles para el desempeño en la vida académica y laboral pero omiten formarles en una cultura del diálogo, de la crítica y del reconocimiento respetuoso de las posiciones y actitudes de quienes cometen el pecado de pensar de una manera diferente.
El gran filósofo español José de Ortega y Gasset afirmó en su momento que la gran tarea del maestro no es dejar a los alumnos llenos de certezas sino que, al contrario, dejarlos llenos de dudas, rechazando el dogmatismo abusivo para que, con su individual juicio crítico construyan y sustenten sus propia su personalidad. Su connacional, Manuel de Unamuno, rector de la Universidad de Salamanca, enfrentado a las fuerzas militares del franquismo, les encaró diciendo: Ganaréis porque tenéis el uso de las armas, pero no convenceréis porque no tenéis el uso de la razón.
La adecuada formación cultural constituye la base de sustentación de una vida comunitaria racional y razonable. Educar para formar en la erradicación de la violencia, en el respeto a la vida humana y de otras especies, constituye hoy por hoy una tarea inescapable. Una sociedad violenta no tiene destino alguno en una perspectiva tanto de corto como de largo plazo. Condenada a la auto destrucción, no tiene nada que ofrecer a quienes vendrán después de nosotros.
Sorprende constatar como en las ceremonias y rítos religiosos, las prédicas de sacerdotes y pastores elucubren porfiadamente sobre el “más allá”, sobre la vida más allá de la muerte, y evadan hablar sobre las conductas prácticas de fieles y feligreses en relación con sus prójimos.
No sorprende, sin embargo, que el debate político, que debería orientar a los ciudadanos en torno a la búsqueda de acuerdos en pro de la búsqueda del bien común, sea transformado en una competencia de diatribas e injurias mutuas que envilecen la convivencia cívica.
Es hora de poner término a este campeonato de irracionalidad y odio que nos está destruyendo. Los profesores y docentes, en todos los niveles de la actividad educativa, debieran “perder” en cada una de sus clases, algunos minutos para inducir una reflexión colectiva sobre la irracionalidad y negatividad de ciertas actitudes y conductas, extendiendo su trabajo al ámbito de los padres y apoderados.
Igualmente importante es el compromiso que deben tomar los medios de comunicación, prensa escrita y digital, televisión, e incluso redes sociales, en erradicar la violencia física y verbal de sus páginas y espacios, ya que, amparándose en la libertad de expresión y en la necesidad de mantener niveles lucrativos de venta y sintonía, están corroyendo el alma de Chile.
Una denuncia tozuda y persistente, con identificación categórica de los responsables de este oscuro negocio de la agresividad y la anticultura de la violencia y el irrespeto, permitirá ir saneando paulatinamente el ambiente, y liberando las energías positivas latentes en las grandes mayorías y, hasta ahora, aplastadas por el poder del dinero y por los intereses de grupos de poder dominantes.







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