
EDITORIAL. Entre el miedo y la esperanza
Por fin ha llegado el día del cierre de la primera vuelta electoral. Todo indica de que disponemos de dos datos duros: uno, que ningún postulante alcanzará por ahora la mayoría absoluta; Dos, que en el balotaje estará presente la candidata del progresismo, Jeannette Jara y un candidato de la derecha. Por tanto, la inquietud ciudadana se concentrará para diciembre en saber quien será, dentro de este sector, el desafiante de Jara.
Se cerrará, así, un largo proceso que constituye una de las campañas de más bajo nivel de que se tenga recuerdo. Si se revisan objetivamente los planteamientos centrales de los aspirantes a la presidencia, nos daremos cuenta inmediata que, en el mejor de los casos, sus discursos han estado marcados por el “cosismo”, lo que se ha traducido en múltiples promesas carentes de seriedad y fundamentación técnica y financiera, que en buenas cuentas resultan realmente inviables. Pero, lo peor que hemos visto es que varios de los postulantes, asumiendo una realidad indiscutible, como es el aumento del número de delitos violentos en que, además, aparecen involucradas personas inmigrantes, han desatado una verdadera campaña del terror destinada a amedrentar a la ciudadanía y a sindicar a determinados grupos étnicos como responsables de todos los males por los cuales atraviesa nuestra sociedad.
En una estúpida competencia, ofrecen construir un determinado número de cárceles de alta seguridad, arrendar barcos destinados a ser cárceles flotantes en alta mar, a instalar prisiones subterráneas, a construir muros y zanjas fronterizas de 480 kilómetros de largo, a instalar minas antipersonales en el desierto y a expulsar 300.000 inmigrantes no legales sin precisar quién los recibiría…
En suma, todos estas son ideas destinadas a que como ciudadanos no pensemos racionalmente sino que tomemos decisiones emocionales y actuemos según el pensamiento gebeliano o trumpista, entendiendo el país no como una comunidad cívica sino como un espacio habitado por amigos y enemigos, por gente buena y gente mala.
El proyecto derechista no tiene futuro. Evidentemente que podrá ganar elecciones pero será absolutamente incapaz de construir una sociedad mejor salvo que tenga el coraje de torcer el rumbo y aceptar el hecho de que un país necesita ser una comunidad abierta e inclusiva.
Al cierre de este comentario, ya el resultado primario será conocido y estaremos entrando a una nueva etapa. A partir del primer día de nuestro futuro, las grandes mayorías nacionales tendrán la obligación moral de imponer un desafío colectivo que sea capaz de renovar la amistad cívica, de convocar el sacrificio de todos, en un trabajo marcado por la equidad y la solidaridad. Solo en un ambiente marcado por la esperanza y no por el temor, podremos retomar el camino en que nos reconozcamos como actores indubitados en función del bien común.







Déjanos tu comentario: