El orgullo en exceso, como forma de vida, da paso a la arrogancia, esta es , sin lugar a dudas un elemento contaminante en las relaciones humanas y en las comunicaciones. ...pero además, ¡¡¡ contribuyen a la soledad y generan enajenación social!!!
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Agáchate, Semana Santa

Hasta mediados del siglo XX, en pueblos y villorrios de Chile, jóvenes recorrían las calles portando un instrumento de madera que generaba un ruido tosco y desapacible – la matraca – que invitaba al recogimiento. También era usual que cuando se quebrantaba la paz propia de esos días con juegos, gritos o garabatos se pidiera de inmediato perdón diciendo: “Agáchate, Semana Santa”.

La Semana Santa constituye uno de los momentos más relevantes de la liturgia cristiana. La cultura popular ha incorporado la conmemoración de la pasión y muerte de Jesús en todos los ámbitos de la vida de la comunidad superando con creces los estrechos límites que pudiera marcar una determinada afiliación religiosa. El calendario marca con rojo estos días considerándolos como “festivos”, de lo cual se benefician con agrado hasta los no creyentes. La tradición impone la costumbre de no comer carne lo que lleva a un consumo bastante pantagruélico de pescados y mariscos como si fuese una obligación penitencial. Extrañamente, casi como por milagro, los conejos, mamíferos sin duda, se transforman en ovíparos chocolatenses en estos días.

El porcentaje más alto de católicos fieles (o de fieles católicos) que declaran estar comprometidos con su Iglesia, lo encontramos en los sectores más acomodados económicamente del país. Las comunas señeras en esta materia se encuentran en el sector Oriente de la metrópoli capitalina. Una inmensa mayoría de los establecimientos católicos de elite se encuentran radicados en comunas como Las Condes, Vitacura y Lo Barnechea, evitando con ello que los hijos de esas familias se mezclen con gente de malas costumbres. Las universidades “cota mil” escalan los cerros del lugar, así que resulta imperativo movilizarse en un buen auto para alcanzar los más altos niveles del saber. Si bien estos fieles comulgan con rostros compungidos y cooperan con muchas actividades eclesiales, es evidente que no destinan el 1% de sus ingresos al servicio del culto. Si así fuere, un contribuyente cualquiera, con un patrimonio de 2.800 millones de dólares y una rentabilidad de 280 millones, tendría que aportar cada año 2,8 millones, algo así como 2.400 millones de pesos chilenos.

El cristianismo, en sus diversas versiones, presenta sin duda una gama de valores que deben ser considerados como tremendamente positivos. El reconocimiento de la dignidad esencial de todos y cada uno de los seres humanos, la igualdad de las personas como su natural derivación, la solidaridad y la fraternidad como marco de las relaciones.

En el pensamiento cristiano, uno de sus aspectos esenciales radica en el compromiso absoluto de convivir no solo con otros sino de vivir para otros. El mandamiento que impone “amar al prójimo como a sí mismo” pareciera ser suficientemente claro.

El evangelista Juan lo recuerda sin dejar lugar para titubeos, dudas o vacilaciones: “El que dice “amo a Dios” y no ama a su hermano, es un mentiroso. ¿Cómo puede amar a Dios a quien no ve, el que no ama a su hermano a quien ve? Este es el mandamiento que hemos recibido de él: el que ama a Dios debe amar también a su hermano” (Jn 4, 20-21)

Lo señalado, afirma el deber moral de quien se dice seguidor de Cristo, de hacerse responsable no solo de la propia vida sino también de la vida de otros y del conjunto de la sociedad.

El núcleo del problema lo encontramos en la necesidad que se tiene de “aterrizar” esos principios tan claros y elementales y transformarlos en normas de conducta práctica, en vivencias concretas.

La coyuntura actual nos impone una serie de limitaciones que para numerosas familias constituyen un duro sacrificio. Es cuestión de imaginarse la aplicación de las normas dispuestas por la autoridad sanitaria o por el Jefe de Zona de la Defensa Nacional. El poblador no tiene capacidad para acumular provisiones para estar tranquilo una o dos semanas, él subsiste día a día. El poblador que trabaja en la construcción o en el retiro nocturno de nuestras basuras y desperdicios, no tiene tele trabajo. Para ese poblador y su familia, la mascarilla obligatoria es un cierto lujo no considerado en su presupuesto. Ese trabajador, si quiere evitar el riesgo del contagio en la locomoción colectiva, debe caminar, no una ni cinco, decenas de cuadras. La familia de ese hombre que entregaba sus hijos cada mañana a la sala cuna o a la escuela, asegurándoles una alimentación mínima, por ahora ya no cuenta con ese respaldo. La mujer que madrugaba cada jornada para llegar temprano a prestar servicios de casa particular, ya no cuenta con ese apoyo a la vida familiar.

Pero, si damos vuelta la hoja veremos la otra realidad. Los alcaldes de las comunas de privilegio han denunciado que la cuarentena ha sido la oportunidad para sonoras fiestas hogareñas. Las botillerías del sector no dan abasto para atender el consumo de los “jóvenes bien”. Los padres salen en auto y se esfuerzan en burlar todas las restricciones vigentes dispuestos a pagar las multas si es que los sorprenden. La cuarentena los desespera y se creen con el derecho a ser distintos para lo cual arriendan helicópteros que los traslade a su segunda o tercera vivienda en la playa. La ley no es para ellos. Ni siquiera se dan cuenta de lo que hacen: el dinero, que es la razón de sus vidas, les ha petrificado la conciencia.

Olvidemos a los demás; no pensemos en lo que sufren ni en sus sacrificios. Recemos, si algo nos molesta en nuestro interior, un par de avemarías. Y, si no fuera suficiente,  recurramos a  la frase comodín de nuestra infancia: “Agáchate, Semana Santa”.

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