
AQUIETARSE
NO… me dije enfadada.
No sería yo si renunciara a volar.
¿Por qué negarme este placer que solo en mí está y a nadie hace daño?
Entonces me abrí paso entre las flores que de alguna manera ocultan un poco
la entrada de mi nido en el árbol.
Allí en un cestillo estaba mi manta esperándome, suave, liviana de luminosos
colores y de fragancia especialmente impregnada, esa que sale de mi cabello
y a ella se pasa.
Miré el cielo, las nubes que en una voluptuosa danza, lenta y provocadora,
pasaban.
Busqué sus formas y allí azorada vi como una blanca y otra de gris profundo
se besaban.
Apenas lo que eran sus labios se rozaban era en todo caso un beso sin darse,
insinuado.
Seguían una trayectoria en el espacio y lentamente se fueron disgregando.
Se confundieron con otras nubes y desaparecieron llevándose la magia de lo
imaginado.
¿O tal vez se besaron?
¿Y si fue ese roce apenas el beso más maravilloso otorgado?
Ah! quiero ser esa nube, entonces salto me escapo al espacio y las persigo.
Me confundo entre ellas, les pregunto, me miran desconcertadas, les explico.
Acá nada busques, este no es tu espacio.
¿Pero si subí?
No… mírate allá abajo.
Y me vi, anhelante de cara al cielo, los ojos encendidos de ensueños y expectante.
Mas de pronto, como una respuesta al entornarlos sintiéndome entristecida por el
desencuentro, una ráfaga suave como una pluma me rozó los labios.
Me anidé en mi hueco y supe lo que logra la magia de un sueño.
Gladys Semillán Villanueva
29-10-2017







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