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La paradoja de la tolerancia

Andrés Cruz Carrasco

Abogado. Magister en Filosofía moral. Magister en Ciencias Políticas.

Para Karl Popper: “La tolerancia ilimitada debe conducir a la desaparición de la tolerancia. Si extendemos la tolerancia ilimitada aun a aquellos que son intolerantes; si no nos hallamos preparados para defender una sociedad tolerante contra las tropelías de los intolerantes, el resultado será la destrucción de los tolerantes y, junto con ellos, de la tolerancia”. Esta es la paradoja de la intolerancia. El ideal es contrarrestar a los intolerantes con argumentos racionales, pero muchas veces sus postulados se asilan en posturas construidas sobre la base de prejuicios, estereotipos y muchos dogmas que cierran todo posible diálogo, al que sólo formalmente acceden, ufanándose de poseer una verdad natural detrás de la que se oculta un totalitarismo excluyente y segregacionista que pretende la expulsión de todo lo que pueda aparecer como distinto, previa persecución brutal a la que están dispuestos a llegar para el caso de tener acceso al poder. En un ámbito de tolerancia se admite al otro como legítimo contradictor, como lo que es y no por lo que se le exige que aparente ser. Se reconoce a todo ser humano como un agente que puede sustentar sus propios valores morales aunque se consideren como contrarios a los del resto, abriendo las puertas de par en par a la diversidad, aceptando que los caminos hacia la felicidad y la autorrealización de cada uno pueden ser diferentes. Mientras el intolerante mantenga sus valores antisociales en un plano intelectual aparecería como un exceso impedir que se exprese, pero cuando sus pretensiones implican tratar de generar las condiciones para derrumbar un sistema social en el que se consagra la aceptación de todos no importando sus características, fijándose como objetivo acceder al gobierno para cercenar toda posible paridad de derechos, para destruir a quienes consideran distintos, se hace peligroso tolerarlos, debiendo combatirlos con fuerza intelectualmente y no haciéndoles fácil el que difundan ideas que ponen en entredicho las bases jurídicas mínimas de una sociedad abierta para todos. Ser políticamente correctos y eludir ponerle límites a la libertad de expresión puede conducirnos el día de mañana a vernos conducidos por grupos fundamentalistas y fanáticos de cualquier signo político o religioso, lamentándonos por no haber actuado contra quienes ven un enemigo en el pluralismo y la heterogeneidad, quienes desearían que nos prosternáramos ante sus uniformes, erradicando todos los colores, poniendo sus pies por sobre todo lo que consideran un error conforme a sus confusas y obscuras quimeras doctrinarias extremistas.

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