«Cuando faltan las ideas y los argumentos, en la agresión y en la injuria encontramos la solución.»

 

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Convenio por la credulidad

Rodrigo Pulgar Castro

Doctor en Filosofía. Académico U. De Concepción.

¿Será posible establecer una suerte de compromiso por la confianza entre persona y persona, sostenida en una especie de renuncia a las perspectivas propias por un interés mayor? La pregunta viene a cuenta de un ambiente enrarecido, socialmente enrarecido que claramente no ayuda en nada a lo que se entiende es la intención común, es decir, acordar vías de encuentro racionales por la justicia que, por el ejercicio del diálogo al interior de la comunidad discerniente o deliberativa, se traduzcan en acuerdos escritos.

Difícil resulta plantearse dentro de una perspectiva que valorice un Estado Social de Derechos si no entendemos que estos no son responsabilidad exclusiva de las estructuras de gobierno, sino más de un Estado en el cual concurrimos todos por un contrato al sentir que somos parte de una comunidad humana, comunidad que lo es por compartir historia, deseos, realidades de bien y, por qué no, males. Sin embargo, aquí la paradoja de mi optimismo racional, que no  creo que exista negación a entender que nuestra historia común está llena de espacios de injusticias asociados a tiempos determinados, lo reconocemos en formas de injusticia estructurales que ponen en entredicho la idea de una historia común. Esto se descubre cuando las historias personales chocan con el relato político oficial que habla de una realidad construida entre todas y todos, pero que en la práctica constatamos que no ha sido así en el tiempo (la historia social da cuenta de esta situación). De suyo, en la realidad existen varias historias, en unos casos éstas se cruzan colaborativamente, en otros son líneas de conflicto. Pero también existen historias que corren en principio por líneas paralelas que, por el desarrollo de los sentimientos como el altruismo, la fraternidad y la racionalidad, ha dado cauce al avance de la conciencia de derechos. Así, estas historias paralelas terminan a pesar de intereses contrapuestos encontrándose en un punto. No obstante -he aquí un asunto que lo acontecimientos desnudan como fondo ético-, este punto de encuentro es construido por interés individual; interés que se moldea desde el impacto publicitario de los bienes que el modelo neoliberal ofrece en el mercado. De esa forma lo que reina es lo propio como eje constructor de una axiología altamente narcisista. Hecho que rompe el intento de una ética en donde el valor de lo personal-comunitario sea su esencia.

Lo cierto que, evaluado el tiempo desde la memoria de derechos, se ha avanzado tal como lo podemos constatar en los Derechos Humanos. Al punto que hoy nos inquieta y mueve si uno de estos derechos es atropellado por alguien que representa la fuerza y poder estatal. Las voces de alerta no solo acusan, también denuncian hasta lograr una corrección efectiva de aquello (es lo deseable), pues prima una mirada de defensa del más frágil en la relación de poder. Así, de una forma creciente cada vez se adquiere mayor capacidad de vivenciar derechos fundamentales.

Todo bien dentro de un concierto de acuerdos racionales, pero entonces, ¿Qué está pasando en algunos espacios en donde lo que se debe vivenciar es la importancia de la comunidad humana como lugar de significación personal? Pasa que podemos ir aceptando como hecho de lo cotidiano un acto de anormalidad civil: la agresión como mecanismo de instalación de mi derecho (¿actos narcisistas correspondientes? Parece ser así). En ello, la responsabilidad ético-política de todas y todos es mayor en la medida que aumenta la contaminación de las relaciones sociales por actos de lesa inhumanidad. De ahí la tarea de pensar un compromiso por la confianza, de actuar desde la credulidad de ver en un prójimo deseo de bien. Se trata de dar posibilidad a una comunidad humana compleja, plural, que copa el territorio desde percepciones a afectos múltiples. Quizá la posibilidad sea establecer algo complejo pero fundamental: un convenio por la credulidad. Creer en el fondo que es posible ver en otra persona distinta y similar a la vez un punto de anclaje de sentido original comprensivo del bien. Quizá ahí se halle la salida a una ética que pone solo atención a lo singular, a lo puramente individual

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