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CUARESMEROS DE ANTAÑO

Fernando Arriagada Cortés

Investigador y escritor.

Generosa fue la tradición cristiana en mostrarnos múltiples formas de adhesión al dogma religioso traído por los hispanos a nuestro continente, ideas que prendieron desde los tiempos de conquista, gracias al trabajo constante y paciente de misioneros en su labor evangelizadora. En nuestro Chile, como en el resto de América, estas devociones adquirieron matices propios alcanzando un particular sello, como lo demuestran las recopilaciones que han hecho historiadores y literatos nacionales como Nicomedes Guzmán, recordado novelista y autor de un libro empapado de chilenidad, como lo es su conocido “Autorretrato de Chile”.

Uno de esos trabajos es el de Raúl González Labbé, denominado «Cuaresmeros». Este es una crónica recopilada en Colchagua donde nos relata cómo cuatro modestos campesinos tenían el vicio del alcohol, cuya insaciable sed la ahogaban en continuas y generosas libaciones que les ocasionaban graves problemas familiares y transformaban su adicción en un serio problema personal que no podían resolver.

La situación de estos bebedores consuetudinarios, cambiaba notablemente cuando llegaba el tiempo de cuaresma, de ahí el título de la narración. Entonces, «lo que jamás consiguió persona alguna, la cuaresma con su solo arribo conseguía… la sed que los consumía todo el año desaparecía de repente en forma celestial y el vicio arraigado en sus organismos, era barrido de una sola vez y sin vacilaciones», según anota el autor. Obviamente que terminando la cuaresma, volvían a “ponerle” duro y parejo, “entre pera y bigote”.

La historia social que nos cuenta este escritor, es un buen ejemplo de cómo ingresó la fe en nuestro país, mezclada entre lo mundano y lo religioso o, de acuerdo al decir popular, prendiendo una vela a Dios y otra al diablo. En nuestros tiempos, las personas suelen conmoverse ante ceremonias o celebraciones tradicionales, muchas veces intentando dejar sus deficiencias mientras dura la motivación sentimental, para después olvidarlo todo y seguir igual o peor.

«Así la Cuaresma y sus cuarenta días blancos en la aldea. Así los abstinentes, los pequeños mártires de suplicios inventados, los grandes pecadores arrepentidos, así sus últimos días de dolor: su obscura y silenciosa Semana Santa. Las campanas no suenan en la iglesia y los santos están ocultos por negras telas opacas. En la casa no hay gritos, ni cantos ni música. En el camino las carretas y carretones caminan despacio, tratando de evitar todo ruido. La Semana Santa impone su silencio, su vigilia, sus matracas apenas audibles para llamar al templo. Todavía la noche de tinieblas trae más dolores a los míseros pecadores. Encerrados en la iglesia, hombres poderosos, inquilinos capataces, pobres de absoluta miseria, golpean voluntariamente sus carnes desnudas con el rebenque, la huasca y el látigo de las disciplinas. Sin embargo, no hay en esta tierra penas eternas y la semana enlutada desemboca llorando en el sábado santo y en la gloria de la Resurrección», concluye el texto de González.

Cuaresma y por sobre todo semana Santa, es tiempo de preparación al misterio de la pasión, muerte y resurrección de Jesús, tiempo de más reflexión y de poner en práctica sus enseñanzas que se han ido desperfilando en nuestra sociedad cada vez más preocupada de lo material que lo espiritual. Semana Santa y especialmente la cuaresma, para muchos pasa inadvertida o ignorada, porque el tema de nuestra relación con el Creador está cada vez más olvidado y hasta ajeno a nuestra vida. La sociedad en sus afanes consumistas, superficiales y vanidosos, hace tiempo que vive como si Dios no existiera.

Generosa fue la tradición cristiana en mostrarnos múltiples formas de adhesión al dogma religioso traído por los hispanos a nuestro continente, ideas que prendieron desde los tiempos de conquista, gracias al trabajo constante y paciente de misioneros en su labor evangelizadora. En nuestro Chile, como en el resto de América, estas devociones adquirieron matices propios alcanzando un particular sello, como lo demuestran las recopilaciones que han hecho historiadores y literatos nacionales como Nicomedes Guzmán, recordado novelista y autor de un libro empapado de chilenidad, como lo es su conocido “Autorretrato de Chile”.

Uno de esos trabajos es el de Raúl González Labbé, denominado «Cuaresmeros». Este es una crónica recopilada en Colchagua donde nos relata cómo cuatro modestos campesinos tenían el vicio del alcohol, cuya insaciable sed la ahogaban en continuas y generosas libaciones que les ocasionaban graves problemas familiares y transformaban su adicción en un serio problema personal que no podían resolver.

La situación de estos bebedores consuetudinarios, cambiaba notablemente cuando llegaba el tiempo de cuaresma, de ahí el título de la narración. Entonces, «lo que jamás consiguió persona alguna, la cuaresma con su solo arribo conseguía… la sed que los consumía todo el año desaparecía de repente en forma celestial y el vicio arraigado en sus organismos, era barrido de una sola vez y sin vacilaciones», según anota el autor. Obviamente que terminando la cuaresma, volvían a “ponerle” duro y parejo, “entre pera y bigote”.

La historia social que nos cuenta este escritor, es un buen ejemplo de cómo ingresó la fe en nuestro país, mezclada entre lo mundano y lo religioso o, de acuerdo al decir popular, prendiendo una vela a Dios y otra al diablo. En nuestros tiempos, las personas suelen conmoverse ante ceremonias o celebraciones tradicionales, muchas veces intentando dejar sus deficiencias mientras dura la motivación sentimental, para después olvidarlo todo y seguir igual o peor.

«Así la Cuaresma y sus cuarenta días blancos en la aldea. Así los abstinentes, los pequeños mártires de suplicios inventados, los grandes pecadores arrepentidos, así sus últimos días de dolor: su obscura y silenciosa Semana Santa. Las campanas no suenan en la iglesia y los santos están ocultos por negras telas opacas. En la casa no hay gritos, ni cantos ni música. En el camino las carretas y carretones caminan despacio, tratando de evitar todo ruido. La Semana Santa impone su silencio, su vigilia, sus matracas apenas audibles para llamar al templo. Todavía la noche de tinieblas trae más dolores a los míseros pecadores. Encerrados en la iglesia, hombres poderosos, inquilinos capataces, pobres de absoluta miseria, golpean voluntariamente sus carnes desnudas con el rebenque, la huasca y el látigo de las disciplinas. Sin embargo, no hay en esta tierra penas eternas y la semana enlutada desemboca llorando en el sábado santo y en la gloria de la Resurrección», concluye el texto de González.

Cuaresma y por sobre todo semana Santa, es tiempo de preparación al misterio de la pasión, muerte y resurrección de Jesús, tiempo de más reflexión y de poner en práctica sus enseñanzas que se han ido desperfilando en nuestra sociedad cada vez más preocupada de lo material que lo espiritual. Semana Santa y especialmente la cuaresma, para muchos pasa inadvertida o ignorada, porque el tema de nuestra relación con el Creador está cada vez más olvidado y hasta ajeno a nuestra vida. La sociedad en sus afanes consumistas, superficiales y vanidosos, hace tiempo que vive como si Dios no existiera.

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1 Comentario en CUARESMEROS DE ANTAÑO

  1. Maestro, sus buenos aportes, siempre llenos de tradición, historia y cultura .
    Gracias Maestro Fernando

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