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¿DERECHOS O DESECHOS HUMANOS?

Augusto Dueñas Eriz

Desde Porto Alegre, RS, Brasil. Ingeniero Civil Mecánico (UdeC). Especialista en Gestión por la Calidad Total y Análisis de Sistemas.

Desde Porto Alegre, Brasil.

Ilustres analistas alertan que nuestro planeta está con los punteros del reloj próximos a la medianoche, hora que puede ser el límite final de la existencia de vida humana civilizada. Parece oportuno comentar ahora algunas características de esta civilización cercana a la medianoche. Estas son características observadas en diversos países, incluso en los más prósperos y poderosos, comentadas no  pocas veces también por ilustres autores.

El predominio de una economía comandada por el mercado financiero globalizado provoca una situación planetaria en que, según el autor inglés Gary Youngue: “… los fuertes y poderosos pueden ignorar y rodear el llamado Derecho internacional cuando lo estiman conveniente, mientras que la riqueza y el poder determinan, además de la economía, la moral, la cultura y la política del espacio global, con todo lo relativo a las condiciones de vida del planeta”. O sea, el medio ambiente (condiciones de vida) está incluso en ese control de los poderosos, lo que significa hasta el aire que respiramos, las alteraciones climáticas, el agua que usamos (cuando no es privatizada y desviada para negocios agrícolas) y el grado de toxicidad de los alimentos que consumimos (incluso su contaminación por plaguicidas ilegales utilizados en la agricultura), entre otras cosas vitales,

Gran parte de los billones de dólares que circulan diariamente en el mundo vienen y van de/para el crimen organizado. Según el autor francés François de Bernard, “…nunca antes las mafias fueron tan numerosas, influyentes, bien armadas y prósperas”, mientras observamos que pocos o ningún “Big Brother” de gobiernos espía o fiscaliza los espacios mundiales de operación y escondites de las grandes mafias. Los Estados tienen su poder de acción disminuido para esas finalidades, inclusive porque el neoliberalismo elimina reglamentos y fiscalizaciones nacionales e internacionales para “agilizar la economía”.

Hasta el ejercicio de la Democracia es influido por el factor mafioso. Las elecciones se transforman cada vez más en gran negocio, sobre todo para poderosas agencias de publicidad, y últimamente, para  mafias internacionales vendedoras de “softwares robots” que desparraman millones de “fake news” en celulares y computadores, en procesos electorales fraudulentos. Hasta conocidos corruptos, ladrones y golpistas (también ligados a diversos tipos de mafias) pueden ser electos en diversos cargos, inclusive en el de Presidente de  la República, sin mayores reacciones de masas de electores inertes, desinformados y despolitizados, para quienes esos candidatos  son vendidos comercialmente como productos que les serán “provechosos”, inclusive para evitar los “horrores” propalados en las “fake news” de las campañas electorales. Además, en varios gobiernos así electos ocurren “misteriosos” asesinatos y “accidentes” puntuales que terminan con la vida de algunos líderes ambientalistas, sindicales, de pueblos originarios, etc.

Según el filósofo estadounidense Richard Rorty, “no hay garantía de que el dinero obtenido por las actividades económicas de un país será gastado en el país, ni que lo economizado en el país será invertido en él»….“Hay ahora una superclase global que toma todas las decisiones económicas importantes, y lo hace de forma totalmente independiente de las legislaciones, incluso de la voluntad de los ciudadanos electores de cualquier país…” los superricos pueden operar sin considerar otros intereses que no sean los propios”. En este ambiente descrito por Rorty, los Estados de protección social y su legislación están siendo desmontados. Los presupuestos nacionales se orientan cada vez más para favorecer minorías ricas, incluyendo grandes bancos y empresas privadas, y cada vez menos para la protección social de la mayoría de la población.

No hay en el mundo actual una sociedad organizada que pueda establecer reglas a ser obedecidas globalmente. Hoy las reglas internacionales son  establecidas o derogadas de acuerdo con los intereses de los más fuertes, hábiles, rápidos e inescrupulosos, como si fuesen un gran “gobierno sin gobernante” y sin legitimidad democrática, según el autor alemán Teubner.

En diversos países hay casos de grandes empresarios, y autoridades civiles y militares sin gran interés en solucionar problemas de la mayoría de la población, siendo a veces autoridades descaradamente antiéticas. El Estado-Nación ha perdido poder para las empresas transnacionales, incluyendo las mafias internacionales, muchas veces mezcladas con empresas privadas y gobiernos, multiplicando la utilización de “paraísos fiscales” para eludir impuestos y “lavar” dinero de origen sospechoso.

Situaciones como las descritas están moldeando una cultura global con características de indolencia, individualismo, superficialidad, bajo nivel de conocimientos, desencanto con la política, consumismo con rapidez exagerada y, finalmente, el descarte, el desecho de personas y cosas; consecuentemente, la destrucción ambiental y cada vez más la destrucción humana. El descarte de cosas (generalmente mal hecho, para “no perder tiempo”) y la destrucción de la Naturaleza objetivando lucro ya han sido abordados, principalmente por ambientalistas, y sus graves consecuencias están relativamente divulgadas, aunque son muchas veces ignoradas, sobre todo por aquel tipo de autoridades al que ya nos referimos..

Pero la creciente generación mundial de desechos humanos (personas descartadas), situación gravísima y dramática, no es tratada con la seriedad y honestidad que correspondería. Al contrario, tiende a ser ocultada, deformada y/o enfrentada con represión y segregación. En rigor, nada es “basura” o “desecho” intrínsecamente, mucho menos personas. La definición y clasificación como tal es “desde afuera”, o sea, hecha por las autoridades pertinentes y la sociedad “normal”, aunque no utilicen la palabra “basura” ni “desecho”.

Algunos de los descartes humanos que suceden actualmente en el mundo se originan en masas de inmigrantes huyendo de guerras, “limpiezas” étnicas, crisis socioeconómicas y persecuciones de diversa índole, masas de cesantes dentro de un país, sin oportunidades de volver a tener un empleo digno, miles de miserables viviendo en las calles y sin calificación ni para empleos simples, masas de personas huyendo de catástrofes climáticas u otro tipo de catástrofe, etc. Si consideramos que la mayoría de las guerras tienen también un fondo económico, entonces la mayor causa del descarte humano mundial es económica, con diversas variantes, típicas de este planeta con economía globalizada.

En relación a los millones de “descartados” por motivos económicos y de profundos cambios tecnológicos, el filósofo y sociólogo Zygmunt Bauman (Polonia 1925, Inglaterra 2017), que consideraba la sociedad actual como “líquida”, se refería a ese proceso de descarte como “producción de seres humanos desechados (excesivos o redundantes) como consecuencia inevitable de la modernización que define algunas parcelas de la población como dislocadas, ineptas o indeseables”, siendo que “el progreso económico no ocurre sin degradar y desvalorizar los modos anteriores de ganarse la vida y no consigue existir sin privar a sus practicantes de los medios de subsistencia.”

La mayor parte de las personas que están en esas situaciones, entraron realmente para un “descarte” sin vuelta, para una precaria e incierta vida de miseria, marginalidad y abandono. Sin acceso a recursos básicos ni al apoyo de las autoridades que las consideran por lo menos como un problema molesto, cuando no delincuentes y/o terroristas en potencia, o simplemente miserables que “no merecen” aquel apoyo porque no hay prioridad ni interés en canalizar recursos para ellos. Esto inclusive por incompetencia y opción política de los gobiernos debilitados como Estados e insertos en el sistema global, con los mecanismos de protección social desmontados y sus presupuestos canalizados para favorecer a las minorías ricas. 

Así, en diversas partes del mundo  se mantienen ghettos de “descartados” bajo control policial o militar para dar  “tranquilidad” a los ciudadanos “normales”. Con ese control los gobiernos “muestran trabajo” a sus electores, ya que en otras áreas son incompetentes, principalmente en las áreas sociales básicas (salud, educación, empleos, viviendas, etc.) que son menos prioritarias en la política neoliberal. No hay mucho interés oficial en determinar las causas del deterioro económico social generalizado ni solucionar los problemas desde la raíz. Hay una tendencia gubernamental en divulgar y exagerar la falta de seguridad que representa la “basura humana” de los desechados y de ir al encuentro de los ciudadanos “normales” para garantizar su integridad física con acciones de seguridad, incluyendo la segregación de todos los desechados y, si necesario, la represión contra los desechados más peligrosos.

El propio profesor Bauman analiza más a fondo las tendencias culturales de la sociedad “líquida” actual, cuando se refiere al culto al consumismo (y descarte), la obsolescencia acelerada de productos y de relaciones personales, la falta de lealtad y de fidelidad, la falta de principios, la falta de valores duraderos y la superficialidad. Según estadísticas y tendencias divulgadas por Bauman, en Inglaterra una pareja no vive junta más de dos años, en promedio, y 40% de los casamientos terminan en divorcio. En EE.UU. hay proyectos para legalizar contratos de casamiento renovables a cada dos años.

En el área profesional, desarrollar lealtad profesional y ser demasiado absorbido por un empleo por mucho tiempo, es algo no recomendable. En el Valle del Silicio (“Silicon Valley”), “catedral” de las tecnologías avanzadas, el promedio de permanencia en cualquier empleo es de 8 meses.

Las relaciones interpersonales se tornan frágiles y superficiales. “Su automóvil es revisado anualmente, ¿por qué no su matrimonio y sus amistades?”, pregunta el autor inglés Hugh Wilson. Pensar a largo plazo es algo fuera de cuestión. Cada vez más, en la cultura que se consolida en esta sociedad, sentimientos como hermandad, compartimiento y solidaridad tienen baja probabilidad de echar raíces. El acelerado consumismo conduce al descarte creciente de personas y cosas, favoreciendo a la destrucción del medio ambiente y del propio ser humano.

Bauman, en su obra “Vidas Desperdiciadas”, agrega que uno de los resultados más fatales del “triunfo global de la modernidad” puede ser la aguda crisis de la “industria de desechos humanos”. El actual volumen de “basura” humana, siempre creciente, supera lejos la capacidad global de administrarlo.

Por lo tanto, hay también un probable colapso de la civilización (ya próxima a la “medianoche”) por el riesgo de sofocarse en sus propios desechos, que no puede re asimilar ni suprimir.

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