
EDITORIAL. El dilema democrático.
Los regímenes auténticamente democráticos presentan en su vida determinados puntos de inflexión, momentos que son útiles para que la ciudadanía respectiva haga un análisis de la realidad presente, con una mirada crítica hacia su pasado – con sus errores, problemas, éxitos – y con una proyección de la demandas y desafíos hacia el futuro.
En las democracias populares y autoritarias este juicio, expresado en elecciones libres, secretas e informadas, simplemente no se da. Los gobernantes de Venezuela, Nicaragua, Cuba, El Salvador, Rusia, Corea del Norte, China, son ratificados con abrumadoras mayorías cercanas al 99% a pesar de la presencia de elevadísimos problemas de miseria y / o la carencia absoluta de libertades públicas.
El caso chileno actual es altamente preocupante.
Las elecciones generales de noviembre próximo, permiten renovar el mandato ciudadano para la más alta magistratura de la nación y también elegir a gran parte de os parlamentarios. La extrema derecha – republicanos,libertarios y social cristianos – ha decidido separar aguas de las colectividades tradicionales de Chile Vamos y enfrentar los comicios con sus dos candidatos presidenciales- Kast y Kayser – y con sus propias listas de postulantes a congresales. En el frente opuesto, si bien formalmente sus huestes se aglutinan en torno al nombre de Jeannette Jara las posibilidades de una lista única al Parlamento se ven, por ahora, bastante remotas.
Lo anterior, lleva a presenciar una situación bastante insólita: cualquiera que sea el vencedor en la lucha presidencial, tendrá graves problemas de gobernabilidad ya que es posible que los derrotados en este evento obtengan mayoría en el Congreso y dificulten seriamente la acción de sus contrarios dado el carácter de extrema polarización que se vislumbra para los próximos días-
Obviamente, la víctima de este verdadero estropicio es el pueblo de Chile o, más bien, cada una de las personas que conforman nuestra comunidad y, particularmente, sus sectores más vulnerables.
Ni los partidos políticos, ni las alianzas o coaliciones de una u otra tendencia, han demostrado tener la capacidad intelectual y moral o el coraje para abordar la complejidad de los problemas que vivimos en el país. La superficialidad con que se plantean posibles soluciones a problemas específicos, es abismante. Programas plagados de lugares comunes, con evidentes contradicciones entre los diversos actores llamados en primera instancia a ejecutarlos, generan desconcierto y desesperanza en el seno de la comunidad nacional.
Estamos contra el tiempo y, por lo tanto, cuesta aceptar que tengamos que someternos a los designios irresponsables de las elites políticas.
Los partidos políticos, angustiados por el reto que significa obtener buenos resultados electorales, ya no seleccionan a sus mejores nombres para hacerlos partícipes de las funciones y responsabilidades públicas sino que optan por nombres sin otro mérito que el de ser conocidos en el mundo superficial de la televisión y la farándula.
En este intríngulis, al ciudadano que se verá obligado por ley a votaren noviembre próximo, solo le queda la menguada opción de seleccionar a las personas que cumplan con los requisitos básicos de seriedad, capacidad técnica y compromiso con los sectores más postergados de nuestra sociedad.




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