La ciudadanía no puede permitir que lleguen al gobierno, los que se coluden contra sus intereses.
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¿POSTDEMOCRACIA?

¿POSTDEMOCRACIA?

Andrés Cruz Carrasco.
Abogado.
Magister en Filosofía moral.
Magister en Ciencias Políticas.

Colin Crouch acuña el concepto de “posdemocracia” para explicar el período histórico actual de crisis de las democracias liberales. Sólo en apariencia el sistema democrático occidental no ha cambiado, desenvolviéndose en base a elecciones periódicas y libres, con un espacio público no censurado y en el contexto de un Estado de Derecho. Sin perjuicio de ello, estaríamos lejos de lo que llama “democracias maximales” de la década del 60, en los que las grandes masas organizadas tenían acceso real ha ejercer influencia sobre la autoridad y ha acceder a los derechos sociales. Desde los años 70, se habría gestado una dinámica de influencias cruzadas entre las autoridades políticas y los cada vez más grandes y concentrados grupos económicos, perdiéndose los nexos que existían entre quienes detentaban el poder político y las clases populares. Se produce una fusión de las elites políticas, financieras, económicas y mediáticas, permitiendo el surgimiento de una nueva clase dominante, consciente de sus intereses, deviniendo la actividad política una pura pirotecnia manipuladora repleta de operadores que viven de un espectáculo protagonizado por partidos que se transformaron en máquinas electorales sin fondo ideológico ni programático. A esto debemos agregarle que el debilitamiento del trabajo manual ha golpeado las antiguas solidaridades que permitían una organización más influyente de la clase obrera. Hubo una destrucción de aquella frontera entre el interés público y el privado, por la que el ciudadano se transformó en consumidor. Las decisiones no se toman en los espacios que constituyen una manifestación de la soberanía, aun cuando exista publicidad de los debates parlamentarios, sino que son adoptadas entre cuatro paredes para luego urdir maniobras tendientes a blanquearlas para hacerlas pasar como de provecho para todos, dándose una suerte de “derecho posmoderno” que permite la “legalización” de la corrupción política, al alero del tráfico de influencias más deleznable, desde la cual nacen leyes destinadas a favorecer a grupos reducidos que han financiado las campañas electorales de quienes son “elegidos”. Si, hay elecciones periódicas, pero no hay un sufragio verdadero e informado. Los procesos electorales han devenido una fachada utilizada como una puesta en escena para que los mismos de siempre coopten los espacios de autoridad. No se trata de un contexto que se suscite sólo en nuestro país. Es un problema generalizado que nos exige hacernos cargo de cómo democratizar la democracia, impidiendo abrir las puertas a las tentaciones autoritarias.

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