
EDITORIAL. ELECCIONES…¿PARA QUÉ?
En los regímenes democráticos, las elecciones implican una oportunidad para que la ciudadanía juzgue a los gobernantes y autoridades en ejercicio y para qué se pronuncie sobre posibles alternativas para el futuro del país.
Constituyen, por supuesto, un sano ejercicio de reflexión que paradojalmente no se da en las llamadas “democracias populares” en todas las cuales la adhesión al gobierno vigente llega a un insólito 90% e incluso un poco más.
En Chile, tendremos elecciones presidenciales y parlamentarias en el próximo mes de noviembre. El panorama se vislumbra bastante turbio: la derecha opositora al presidente Boric corre por tres bandas cuyo objetivo único es ganarse el derecho a participar en una segunda vuelta en tanto que el oficialismo busca generar una candidatura unitaria que pueda concurrir con éxito a la referida y definitoria segunda vuelta. Más allá de todo lo anterior, están los nombres de ¡146! Aspirantes, incluidos los pertinaces MEO y Parisi que parecen no haber aprendido mucho de sus fracasadas aventuras anteriores.
El sistema contemplado en la Constitución vigente parece bueno, en teoría. Sin embargo, la realidad que fluye de la experiencia no garantiza nada. Es muy posible, casi probable que el triunfador del balotaje, no haya obtenido sino un 35% de los sufragios en primera vuelta, lo que constituiría su “voto duro” en tanto que los veinte puntos adicionales no sean sino sufragios “anti” su contrincante. Segenera así un grave problema de gobernabilidad, condición indispensable para un gobierno eficiente y eficaz, cualquiera que sea su signo.
De ahí que sea indispensable que el ciudadano reflexione ahora, acerca de las consecuencias de su decisión. Chile no puede seguir empantanado en eternas discusiones sino que necesita respuestas rápidas a las principales demandas de sus habitantes.
Para tal efecto el nuevo gobierno, políticamente minoritario de acuerdo a lo ya expuesto, necesita construir y articular una gran mayoría social que se reúna en torno a consensos básicos y específicos, con plazos determinados.
El Gobierno, si desea tener éxito, debe dejar de sentirse representante de grupos de presión que frenan y entorpecen sus propósitos y procurar conjugar ciertas “tareas – país”. Ejemplos a este respecto, y hay que decirlo claramente, encontramos en áreas esenciales de la vida comunitaria como lo son la educación y la salud. No puede ser que el profesorado viva permanentemente en un clima de amenaza de paros ni que el gremio médico imponga horarios y sistemas de trabajo acordes a los intereses personales de sus afiliados mientras el país sufre tras las aberrantes listas de espera.
Un nuevo gobierno necesita definir propósitos y convocar a todos los sectores a una etapa de sacrificios y disciplina social, no a través de la fuerza sino por medio de la convicción moral de lo que es bueno para la nación toda.







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