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El colapso en Brasil

Rafael Luis Gumucio Rivas

Profesor de Historia. Ex director Instituto de historia Universidad Católica de Valparaíso.

El filósofo Joseph De Meistre, un enemigo de la revolución francesa y padre del pensamiento ultra reaccionario de la época, colocaba al verdugo como la figura principal de su obra.

Jair Bolsonaro se ha convertido en el discípulo de este pensador de ultraderecha: en efecto, el Presidente brasilero ha conducido a su pueblo a un colapso sin precedentes, pues ese país se ha convertido en un verdadero cementerio, y hoy los muertos llegan a 16.000, mientras que los contagiados superan las 230.000 personas. Brasil se encuentra a la cabeza de Latinoamérica y el tercero en el mundo respecto al número de infectados.

Al “verdugo” Bolsonaro no le importa, en absoluto, el número de sus conciudadanos muertos, que consideraría como “parte de la selección natural”, y sólo deben quedar con vida los más aptos. Al público que lo apoya le dijo que ´aunque se llamara Mesías, (segundo nombre), no podía hacer milagros´.

La crisis del sistema político brasilero es de larga data: con un sistema de partidos políticos compuesto por innumerables pequeñas agrupaciones y un parlamento muy corrupto, además de un sistema judicial aún más podrido, se hace difícil que Brasil, post dictadura militar, pueda construir una democracia en forma.

Previo a la actual Constitución el pueblo tenía que elegir entre república y monarquía, federalismo o centralismo, presidencialismo o parlamentarismo, y al final optó por el régimen presidencial y el federalismo. La sociedad brasilera es una de las más desiguales del mundo: las zonas del nordeste y del Amazonas ambas regiones miserables, frente a Sao Pablo y Río de Janeiro, ciudades ricas y cosmopolitas.

Hasta hace poco tiempo los negros brasileros eran esclavos. Una gran ciudad, como Río de Janeiro, se encuentra rodeada de favelas – en algunas de ellas, ni siquiera la policía puede entrar – y los narcotraficantes se han apoderado de ellas. Ante la negativa de Bolsonaro para aplicar la cuarentena, las mafias de narcos han asumido el control de un confinamiento que ellos mismos establecieron.

Afortunadamente Brasil es un Estado federal – al igual que Estados Unidos – por consiguiente, los gobernadores tienen la facultad constitucional de decretar cuarentena y la protección de la salud de los ciudadanos, entre otras prerrogativas. El enfrentamiento entre el gobernador de Sao Pablo, Joao Doria, y el Presidente, Jair Bolsonaro, ha sido violento, incluso con el empleo de vocablos procaces, dirigidos mutuamente.

Inácio Lula da Silva había ubicado a Brasil dentro de la alianza económica, política y social de países, el BRICS, (Brasil, Rusia, India, Chile y Sudáfrica), política de independencia mal mirada por Estados Unidos.

El escándalo de Petrobras, el Lava Jato, sirvió a la derecha de ese país como punto de partida para llevar a cabo una conspiración que pusiera fin a los gobiernos del Partido de los Trabajadores (PT), y poco importaba que la mayoría de los diputados corruptos pertenecieran a partidos de derecha y de centro, pues se trataba de eliminar a Lula da Silva de la política, vía el impeachment de su sucesora en el gobierno, Dilma Rousseff.

El Campeonato Mundial de Futbol coincidió con una crisis económica de recesión en Brasil, que fue utilizada por la derecha a fin de movilizar al pueblo en contra de la Presidenta Rousseff. Esta estrategia tuvo su peak en el juicio político en contra la Presidenta.

El plan de la ultraderecha debía continuar con el juicio penal contra el ex Presidente Lula da Silva, que fue condenado a varios años de prisión – y liberado recientemente -. Es evidente que, solamente, se quería evitar que Lula se presentara de candidato a la presidencia del país, elección que, según las encuestas, tenía ganada.

La izquierda cometió el error de no haber elegido a tiempo un representante de Lula y se embobinó en una especie de personalismo, que permitió la unión del centro con la derecha, permitiendo que triunfara el fascista Jair Bolsonaro.

El gobierno de Bolsonaro estaba compuesto, en su mayoría, por militares y evangélicos fanáticos, además de una triada de ministros famosos de derecha. Sergio Moro, quien dirigió el juicio de Lava Jato y que condenó a prisión a Lula da Silva; Pablo Guede, un ex Chicago Boy, admirador de Pinochet; Henrique Mendieta, como ministro de Salud. En la actualidad, Moro y Mendieta han renunciado a sus cargos por profundas diferencias con Bolsonaro.

Para Sergio Moro, Bolsonaro ejerce una dictadura familiar, cuya meta es la de proteger del rigor de la justicia a sus dos hijos, implicados en asuntos de corrupción económica. A su vez, el ex Ministro de Justicia ha acusado a Bolsonaro de intervención en la policía, lo que, en Brasil, es un grave delito.

Una vez que Mendieta fuera alejado del Ministerio de Salud, Bolsonaro nombró en su reemplazo al doctor Nelson Teith, un cancerólogo sin mayor actuación en política previa, convencido de que podía dominarlo a su amaño. Sin embargo, cuando Bolsonaro insistió en la necesidad de consumir hidrocloroquina, muy útil para evitar la malaria pero cuyos efectos en el Coronavirus no están comprobados y, en cambio, puede provocar arritmia cardíaca, (según el mismo Bolsonaro, él consume este “medicamento), también presentó su renuncia, siendo reemplazado por un militar.

Según las últimas encuestas, Bolsonaro aún cuenta un 30% de apoyo popular, (hay que recordar que, hasta ahora, en Chile un tercio de la población apoya a Pinochet), pero el 40% considera a Bolsonaro un pésimo y fanfarrón Presidente, mientras que un 30% condena su política autoritaria y despectiva respecto a la pandemia del Covid-19.

Todas las noches, a la hora del noticiero, los habitantes de las grandes ciudades de Brasil, tocan las cacerolas en contra de Bolsonaro. El problema actual reside en la forma en que se podría sacar del poder a ese Presidente, que ya no gobierna. Lo más fácil sería su renuncia, pues el proceso del impeachment es bastante  largo y complicado.   

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