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El derrumbe del castillo de naipes

Sergio Moffat

Arquitecto.

Desde Valparaíso.

A esta altura de los acontecimientos, con un país que pasó de un optimismo oficial al reconocimiento de que todas las previsiones se habían caído como un castillo de naipes, es posible sacar algunas conclusiones de lo ocurrido.

En primer lugar, la percepción que desde el punto de vista político el gobierno consideró que la pandemia le ofrecía al presidente Piñera, fuertemente golpeado por el estallido social, la posibilidad de recuperar el liderazgo y la popularidad perdida.

Por ello desde los primeros días y reiteradamente, el presidente, el ministro y todos sus acólitos insistían en la capacidad de previsión del gobierno, que desde enero había establecido un plan para enfrentar la pandemia.

Aquí no iba a pasar lo de Italia, todo chileno tendría asegurada su atención y no debería preocuparse porque el gobierno todo lo había previsto. En esa lógica exitista el presidente y el ministro no estaban dispuestos a compartir el éxito de la operación, por ello no se escucharon a los científicos o a los expertos que tenían una mirada escéptica sobre la estrategia gubernamental. En cambio, y no hay que olvidarlo ahora, primó la prepotencia y la descalificación de los otros actores.

Tampoco se  consideró la opinión de los Alcaldes, quienes conocen mejor la situación de los territorios y se desaprovechó el aporte de la salud primaria para hacer la trazabilidad de los infectados. 

Cuando todo se derrumbó y ya no se acordaban de los llamados a la nueva normalidad, o a salir a tomarse un cafecito con los amigos, se intentó ocultar el fracaso señalando que el comportamiento del virus era imprevisible, olvidándose de que tempranamente, en marzo, la presidenta del Colegio Médico insistía en la necesidad de establecer una cuarentena en Santiago para evitar un desastre. La misma cuarentena que en esa época estableció el gobierno argentino.

Para que decir que, aunque el majadero discurso presidencial, nos insistía sobre la pandemia de salud y la pandemia social, esta última nunca se enfrentó con la decisión que se necesitaba. Se privilegió proteger a las grandes empresas con la ley de protección del empleo y dar migajas de apoyo que evidentemente no cubrían las urgentes necesidades de la población vulnerable. Todo muy diferente a lo que, por ejemplo, hizo desde el principio el gobierno argentino.

Pero también esto dejó en evidencia la falta de percepción de la realidad social del país, lo que quedó dramáticamente expresado por el propio ministro de salud que reconoció no conocer o imaginarse el nivel de hacinamiento en los barrios populares.

Por eso es que las llamadas cuarentenas dinámicas funcionaron relativamente bien en las comunas del barrio alto, donde por lo demás se inició la pandemia, porque la población no tiene dificultades para recluirse en sus amplias viviendas bien surtidas de todo tipo de recursos.

Cuando se pretendió extender esa estrategia en el resto de Santiago el fracaso se hizo evidente por la dificultad de los habitantes de los barrios populares de sostener una cuarentena efectiva, cuando su subsistencia diaria depende en muchos casos de los ingresos que logran obtener en trabajos precarios.

¿Que hizo el gobierno frente a esta realidad? Solo se le ocurrió disponer la entrega de modestas canastas alimentarias, cuya distribución aún, al cabo de un mes todavía no culmina. Utilizó en esta ocasión el mismo mecanismo que ya había usado después del terremoto de 2010, recurriendo a las grandes empresas para que les proveyeran de los insumos, y no aprovechando la ocasión de dinamizar el comercio local. A esto se agrega que fueron estas mismas empresas beneficiadas, como es el caso de Cencosud, las que habían despedido trabajadores argumentando los efectos que sobre su situación económica había tenido la pandemia.

Finalmente uno puede enmarcar lo ocurrido en Chile como representativo de una sociedad global donde ha imperado sin contrapeso un modelo neoliberal que ha debilitado persistentemente el papel del Estado y ha inducido a la población a seguir comportamientos egoístas y competitivos. Ahora que todo se derrumba como castillo de naipes, al decir del defenestrado Ministro de Salud, se hace más evidente el papel del Estado como representante de los intereses colectivos. El mismo Estado por el que clamamos su intervención, es el que ha sido desprestigiado y debilitado durante tantos años, dejando al mercado como único asignador de recursos. Ahora uno debe preguntarse, ¿qué hizo el mercado durante tantos años para fortalecer la salud, la educación? o ¿cuántos recursos dedicó al desarrollo científico que tanto se echa de menos ahora?

Una luz de esperanza, que ya había asomado con el estallido social, se vislumbra al observar las numerosas iniciativas solidarias expresadas, por ejemplo, en la gran cantidad de ollas comunes creadas bajo la consigna  “El pueblo cuida al Pueblo”.

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1 Comentario en El derrumbe del castillo de naipes

  1. Claro, sensato, sólido en sus argumentaciones, un gran artículo.
    Felicitaciones Don Sergio.

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