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LA GOBERNABILIDAD ES EL PROBLEMA.

Dr. Ariel Ulloa Azócar.

Chile, lo afirman muchos, vive una  crisis muy seria  de confianza y credibilidad en las instituciones y liderazgos, incluso si éstos son solo  potenciales. Hablar de aquello ya es un lugar común. Los altos niveles de abstención electoral en las municipales lo  confirman. Es una realidad que se arrastra por años y que de mantenerse puede llegar a afectar seriamente las bases de la gobernabilidad.

Este es el aspecto más importante a tener en cuenta a la hora de definir posiciones y decidir a quien entregar las riendas de la conducción del Estado en los próximos años. No sería  responsable adoptar decisiones a partir  de intereses personales o de grupo o, lo que es peor, de  acuerdo a simpatías personales, capacidades mediáticas, posición en las encuestas de opinión u otras.

Hasta el momento la confrontación política en Chile , más allá de su evidente pobreza, parece reducirse solo a la disputa del poder dejando de lado ofertas programáticas y, lo que es peor, obviando las capacidades, potenciales o reales, de los aspirantes a  conducir al país en condiciones de gobernabilidad delicadas.

Antonio Camou entiende la gobernabilidad como “un estado de equilibrio dinámico entre el nivel de las demandas sociales y la capacidad del sistema político para responderlas de manera legítima y eficaz”. En el  informe 2015 del PNUD (Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo) las diferencias de intereses y demandas entre las elites económica y política y la elite social son enormes y ni que mencionar el abismo que separa los intereses, demandas y esperanzas de la ciudadanía y las elites social y política. De otra parte, los parlamentarios de la Nueva Mayoría, y también sus partidos, han ido marcando una desafección  cada vez mayor respecto  del gobierno. El senador Carlos Montes,  en su carta-renuncia a la Presidencia de la Comisión de Hacienda,  lo ha señalado de manera clara.

Entre tanto,  la ciudadanía exige solución a sus problemas por parte de un poder en el que desconfía. Considerando solo estos elementos, de acuerdo a los criterios de Camou, estamos pasando por una período de claro “déficit de gobernabilidad” y nos acercamos peligrosamente a lo que él denomina una “crisis de gobernabilidad”, caracterizado por una pérdida de control del orden político y en el que  comienza a peligrar la estabilidad institucional.

El Profesor Daniel Mansuy de la Universidad de los Andes, en su ensayo “Nos Fuimos Quedando en Silencio”, se refiere a la “agonía del Chile de la transición” y sitúa a “la izquierda en su jaula”. Agrega, con razón,  que,  finalmente,  “la oposición a la dictadura aceptó jugar el partido bajo las condiciones dictadas por Pinochet y su Constitución, que así pasaba a ser una Constitución de todos”, concluyendo que al fin de cuentas se  impuso ideológica y políticamente  el “esquema articulado por Jaime Guzmán”. Está claro que si la Concertación no  entraba en tal esquema, no había transición.  Desde luego, no solo la izquierda quedó enjaulada, también el país. Pero nuestro  proceso, sostiene este autor, tiene además otra singularidad,  “se realizó casi exclusivamente por medio de la expansión del mercado”. Este fue un instrumento que se introdujo en todos los ámbitos de la vida social, ámbitos en que antes habían inspirado otras lógicas. Este modelo, esencialmente rígido, comenzó a entrar en crisis,  al menos en 2011,  con los movimientos sociales que lo cuestionaron. Hasta allí la transición se había caracterizado por la búsqueda permanente de consensos pero con la derecha ejerciendo el veto y además por la convicción, muy propia del modelo económico, según la cual el crecimiento económico resolvería finalmente la mayor parte de nuestros problemas. Las cosas comenzaron a cambiar a partir de ese año cuando ese modelo y también las instituciones políticas, económicas e incluso religiosas,  comenzaron a ser cuestionadas.

Pero las cosas se complican aún más cuando esa misma ciudadanía entrega señales equívocas y contradictorias…Se marcha por las calles en apoyo a los estudiantes que exigen “fin al lucro” y luego se rechaza la reforma educacional.  El afán de consumo desatado atiborra los malls y nos endeudamos para no quedar abajo del modelo, etc. Los ciudadanos se baten en estas contradicciones que hacen difícil una lectura adecuada de la realidad. Cuando los ciudadanos se mueven solo por intereses y no en función de derechos, entonces estamos en un problema. Wendy Brown, citado por Bordoni en “Estado de Crisis”, sostiene que “ el neoliberalismo –en contraste con el liberalismo clásico- tiende a empoderar a los ciudadanos convirtiéndolos en emprendedores en sí mismos y,  por consiguiente, facilita el afianzamiento de una inaudita ética del “cálculo económico” en el terreno de las actividades de interés y beneficio públicos que el Estado solía garantizar hasta hace poco”. Esta es una característica importante de las sociedades de mercado como la nuestra y eso también hay que tomarlo muy en cuenta a la hora de gobernar.

En tales condiciones las capacidades ideológicas y sobre todo políticas del liderazgo a quien se decida entregar las riendas del Estado,  son fundamentales. Es un desafío muy serio,  por cuanto se trata de conducir al país no en condiciones de normalidad, sino de crisis. Zygmunt Bauman sostendría que será necesario “profanar lo sagrado” heredado de la dictadura y acabar “con los sólidos (estructuras)  defectuosos y deficientes”para reemplazarlos por “nuevos y mejores sólidos”. Romper la muy sólida jaula del modelo político, institucional, cultural y económico heredado de la dictadura y que se encuentra en crisis,  no es tarea para novatos.

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