Existir es fácil, vivir un tanto más complejo. ...Pero vivir comprometido con un cambio de las injusticias sociales, humanas, económicas y medioambientales, eso sí es difícil, pero realmente valioso, eso es vivir de verdad!!!
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El libro en mi velador

Ronald Mennickent Cid

Astrónomo, Doctor en Física. Ex Director Departamento Astronomía Universidad de Concepción. Director de Investigación y Creación Artística de esta misma casa de estudios.

Todas las noches, cuando me iba a acostar, él estaba allí, esperando que me acercase. No hacía mucho ruido, y no se movía tampoco. Había acumulado polvo durante las jornadas pero a pesar que lo tenía bastante olvidado, siempre me esperaba. El libro, todas las noches, me leía.

Me iba leyendo de a poco, aprendiendo cada vez un poco más de mí. Era como si yo fuese trasparente para él, pues extraía, con mucho cuidado y lentamente, con paciencia milenaria, mis recuerdos mientras soñaba, mis memorias mientras dormía.

Cuando me daba yo vuelta en la cama, buscaba en mi interior saboreando incluso aquello que yo había ya olvidado.

Pero no olvidaba el libro, que conmigo reía, que conmigo lloraba, que conmigo vivía.

Durante las noches de luna creciente, cuando asomaba su luz plateada alumbrando mi cuerpo a través de mi ventana, el libro susurraba, palabras que eran como hojas secas y ocres de árboles otoñales, que el viento desplazaba sobre mi habitación. Así, sus palabras susurradas danzaban en mi pieza, sin darme yo cuenta.

Traían esas palabras parte de mi historia, que el libro conocía.

Durante las noches de lluvia, cuando cansado me acostaba y prontamente me dormía, el libro allí estaba, a mi lado, como fiel compañero. Mas la lluvia golpeaba durante la noche mis ventanas y mi techo. El libro entonces, solo aquellas noches de lluvia, me hablaba, fuerte para que yo escuchase, sobre el sonido de las gotas palpitantes.

Entonces me levantaba, caminaba al cuarto del segundo piso, abría el piano y comenzaba a tocar. Mis manos recorrían el teclado, mis dedos pulsaban cada nota, mi cuerpo se balanceaba, al compás del ritmo, siguiendo la melodía. Trataba así de conciliar el sueño, en las noches de tempestad.

Después de un tiempo, una mañana, estiré mi mano y encontré su tapa dura y arrugada, habían pasado muchos días desde que lo había dejado allí, esperando sin saber qué cosa en mi vida, para abrirlo. Me senté en la cama con los pies apoyados en el suelo, abrigado con mi chaleco de invierno y lo abrí en cualquier página y empecé a leer.

Cuando pasaba las páginas, sentía como vibraba y se estremecía. No sé si yo o el libro lo hacían. Al llegar a la última página, me di cuenta que estaba vacía, en blanco.

Entonces me levanté, fui a la cocina, preparé una taza de café y me puse a mirar por la ventana las flores de mi jardín. Mientras tanto, en mi habitación, un libro amigo, añoso y amarillo, me esperaba.

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