La Solidaridad no es "flor de un día", tampoco un "remedio" de pandemia... La SOLIDARIDAD verdadera nace de lo más profundo de la inteligencia y bondad humana y, es una conducta permanente.
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EL VIEJO Y EL NIÑO

Sigrid Mennickent Cid

Químico Farmacéutico, Magíster en Ciencias Farmacéuticas. Académico Facultad de Farmacia. Universidad de Concepción.

El viejo se sentaba en su banco del parque todas las tardes. Pensaba que era suyo, porque ahí estaba siempre esperándolo. Lo invitaba cada día a pasar con él las horas, pensando, recordando, añorando. El viejo se sentaba sólo en ese banco. Sólo los pájaros, alguna mariposa y algunos mosquitos un tanto molestos, eran su compañía. El los miraba volando, danzando en el aire, meciéndose con el viento ¿Ellos lo mirarían a él? El viejo pensaba que sí, que lo acompañaban en su soledad, en esas horas lánguidas que se arrastraban lentamente mientras permanecía allí.

Y en ocasiones llegaban también a compartir con él algunas palomas. Esas palomas que le recordaban otros tiempos, otros lugares, la compañía de sus seres amados. Aquellos que recorrieron con él la vida, que bebieron de la misma fuente de felicidad y de agraz, que caminaron con él los mismos caminos, que fueron testigos y partícipes de tantos momentos atesorados en su corazón.

El viejo se preguntaba si los más jovenes se darían cuenta de lo efímera de la vida, si aprovecharían cada instante como si fuese el último. O el último junto al otro. Pensaba que seguramente no lo hacían, no se cuestionaban esas cosas, al igual como tampoco lo hizo él. Creyó ser para siempre joven, fuerte, enérgico, audaz, vital. Ahora, cansado, sólo deseaba la caricia de una sonrisa, de un perdón dado a tiempo, de un abrazo. Sus ojos, perdidos en el infinito, buscaban en algún lugar aquellas cosas perdidas.

El niño iba a jugar al parque todas las tardes. Lo llevaban su madre o su padre, o ambos. Corría alegre, seguro y confiado, amado, bajo la mirada atenta de aquellos que eran su cobijo. Sentía en sus mejillas el aire fresco y olía el agradable aroma de las flores. Se detenía a mirar una y otra cosa, todo llamaba su atención y todo lo guardaba en sus retinas y en sus pensamientos. Era un mundo fascinante el que se abría ante él y no quería perderse ningún detalle. Estaba en un aprendizaje contínuo, absorbía con ímpetu cada vivencia, cada palabra, cada sensación ¡Había tanto por descubrir! Y él recién se empinaba a mirar la vida.

En el banco de siempre estaba sentado un hombre anciano. El niño lo veía cada día. En el mismo lugar. Solo. Parecía triste ¿Serían así todas las personas cuando envejecían? El había visto algunos ancianos en la calle y en la televisión. Así de ancianos. El tenía abuelos y abuelas, pero no eran tan viejos. O al menos no se lo parecían. El hombre del banco del parque era diferente. Su piel se veía llena de arrugas que parecían canales ¿Sería porque habían pasado muchas lágrimas por su cara? Si era así, ¿qué lo habría hecho llorar tanto? Y sus ojos parecían enterrados debajo de sus cejas, como si formaran un hueco profundo ¿Sería que ya no quería ver? Y sus manos se veían tan huesudas. El niño se miró las suyas y se dijo que parecían regordetas en comparación con las del anciano ¿Sería alguna vez como ese anciano? No lo creía. Era muy diferente a él. El era un niño y seguramente siempre lo sería o quizás crecería como sus padres y abuelos, pero para eso faltaba mucho tiempo ¡ Mucho! ¿ Cuántos años tendrían que pasar para llegar a ser como ese anciano? Cientos, seguramente. O miles, no lo sabía. Era muy pequeño aún.

El anciano levantó la cabeza y vio al niño. Le parecía haberlo visto allí en otras ocasiones. Recordó cuando él llevaba a sus hijos e hijas al parque también, y después a sus nietos ¡Cuánto tiempo de ello! ¿Cómo había pasado tan rápido el tiempo, la vida? Se tocó el corazón. Intentaba atrapar un recuerdo o quizás varios, de aquellos guardados alli. Necesitaba sentirlos, volver a vivir esos momentos ¡Volver a vivir! ¿Se podría hacer eso? El sabía que no, pero necesitaba desperadamente creerlo.

El niño dio vueltas corriendo alrededor del banco donde estaba sentado el viejo. Mamá y papá lo observaban. El los miraba como diciéndoles que no lo molestaría, sólo quería observarlo un poco.

El viejo sintió gritos, carreras, risas, y un halo de felicidad lo salpicó. Volvió a mirar, ahora con mayor detenimiento ¡Esas personas! ¡Qué familiares le eran! Sus pasos, su manera de hablar, de mirarse el uno al otro y de mirar al niño- el viejo se restregó los ojos y volvío a mirarlos una vez más-y, de pronto, ellos lo miraron. Los padres y el niño. Y entonces los reconoció.

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