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Sobre la reivindicación de la sexualidad y sensualidad humana a través del erotismo

Belén Pulgar Neira

Periodismo U. de Concepción.

Desde hace siglos, la Iglesia Católica y muchas otras religiones alrededor del globo han relacionado el sexo a lo reproductivo puesto que el ser humano es un animal como cualquier otro y esa es su función principal, reproducirse. Sin embargo, la persona es capaz de sentir placer, cosa que se ha caracterizado como una supuesta perversión o crimen de todas las maneras posibles.

La sexualidad, sin embargo, conlleva más que la mera gestación de un nuevo ser. Como tal comprende términos como el sexo, orientación sexual, deseo y muchos otros. Ahora bien, los vestigios del impacto religioso han generado en los últimos más de mil años una pobre o completa falta de educación sexual, incluso censurando arte erótico en pinturas, fotografía, cine y literatura. Lo que más se mantiene intacto son las esculturas pero no consiguen profundizar a cabalidad estos temas. Sobre esto, cabe destacar el mensaje que el personaje de Madame Delbène, de una de las obras del Marqués de Sade (“Juliette”), precisamente le entrega a Juliette al inicio del libro:

“Enrojecéis, pequeño ángel; os lo prohíbo: el pudor es una quimera, resultado únicamente de las costumbres y de la educación, es lo que se llama un hábito; si la naturaleza ha creado al hombre y a la mujer desnudos, es imposible que al mismo tiempo les haya infundido aversión o vergüenza por aparecer de tal forma. Si el hombre hubiese seguido siempre los principios de la naturaleza, no conocería el pudor: verdad fatal que prueba, querida hija mía, que hay virtudes cuya cuna no es otra que el olvido total de las leyes de la naturaleza. ¡En qué quedaría la moral cristiana si escrutásemos de esta forma todos los principios que la componen!”

Por ello, ha nacido en la sociedad una censura del cuerpo -o de “la cuerpa” como se le dice actualmente-, el sentimiento de pudor, la pérdida de la sensualidad y la autoexploración para conocer de placeres, gustos y corporalidad incluso por un tema de salud física. Ya no se sabe qué es lo normal y lo que no, no se sabe siquiera cuándo acudir a un médico. La sexualidad se convirtió en tabú a tal punto que hasta de menstruación se conversa en silencio, jamás en la mesa. En los colegios, las niñas reciben charlas separadas de sus compañeros hombres para no exponerlos a la realidad del ciclo femenino y, por eso,  tienen que ocultar sus implementos de higiene en vez de estar completamente normalizados. Se ha confundido la intimidad con lo prohibido, con lo pecaminoso, lo vulgar.

Gracias a ello muchas madres deben cubrirse al amamantar debido a que se le ha impuesto una carga que apunta a la morbosidad. Gracias a ello no se habla de masturbación infantil porque el simple término se le relaciona a la búsqueda de un placer grotesco en vez de comprender que para un niño, niña o niñe, tiene que ver con el autoconocimiento de sus propios cuerpos sin conocer de sexualidad. Mas, por el otro lado, gracias a ello ha nacido el erotismo. Fotografía y literatura erótica, comenzando en el 400 a.C. aproximadamente con la obra “Lisístrata” del dramaturgo Aristófanes en la Antigua Grecia -probablemente cualquier creación erótica anterior fue desechada como muchas otras que la precedieron-, que han servido como vías de escape del instinto más básico del ser humano, necesario puente y espejo puesto que se le ha castrado en todos los demás espacios de la vida cotidiana. La hermosura del acto sexual o de la sensualidad misma de la figura humana, con todos sus defectos que sobresalen y se fugan de los cánones de belleza establecidos por la sociedad, han sido planteados en obras de muchos autores a lo largo de la historia, muchas de las cuales han sido condenadas, perseguidas, destruidas o censuradas y liberadas después de décadas de progreso.

Y, así como nació el erotismo. se originó con los años el mayor de sus enemigos actualmente: la pornografía. Ya, dejando la religión de lado, la pornografía ha ensuciado toda naturalidad de la sexualidad humana llevándola al extremo de lo inhumano, de lo inexacto, de lo ficticio, de lo enfermizo. La industria del porno es un universo de retorcidas obsesiones liberadas al mundo entero para su “deleite”, mediante la cual, aprovechando la inexistencia de educación sexual, le enseñan a quien la consuma qué es el sexo y de lo que se tratan supuestamente las relaciones humanas. Sin embargo, casi toda su producción se basa en acciones de personas que se ven forzadas a realizarlas siguiendo un guión y amenazas.

Debido a que la pornografía no es natural, a que muestra algo que no es, a que nos enseña algo irreal y ofrece una visión sesgada de la vida; el cuerpo femenino se ha hipersexualizado. La concepción de la feminidad o el simple ser mujer como sinónimo de ser madre, se ha apaciguado con la venta de su cuerpo como elemento de publicidad. Si bien la maternidad sigue siendo una de las exigencias de una sociedad altamente patriarcal con índices de violencia machista altísimos, la viralización del cuerpo femenino como bien de consumo ha empeorado esto último. La hipersexualización de una mujer en la actualidad comienza incluso desde la infancia, con el tipo de ropa, peinado, maquillaje, calzado, los colores, los juguetes, los gustos e incluso las preguntas como ¿y quién te gusta? realizadas a niñas de primero básico. Los cánones de belleza que, si bien se han modificado con los siglos, pasaron de ver a una mujer deseable como aquella de caderas anchas y voluptuosa como sinónimo de fertilidad, a aquella delgada con pelo largo, de colores claros -de preferencia blanca o europea-, sin vellos en el cuerpo y sin marcas, manchas o cicatrices en la piel.

Asimismo, se ha restringido también, la sensualidad del cuerpo masculino, se ha creado una visión del hombre como sinónimo de falo, de penetración. Lo que ha significado que se ponga como centro de atención la eyaculación como objetivo principal del acto sexual dejando de lado el resto de su cuerpo y toda emocionalidad de sus participantes -sean hombres o mujeres-, obviando todo real placer femenino -puesto en la pornografía la penetración o el deleite masculino es lo que generaría el orgasmo de la mujer-, y eliminando toda posibilidad de exploración del cuerpo de ambas contrapartes con sus genitales, zonas erógenas, gustos, el tacto, las caricias, las conversaciones, risas, olores, besos y más.

Finalmente, en ambos extremos de los efectos que ha tenido tanto la religión como la pornografía, se ha prohibido el placer, castrado el instinto seductor, y suprimido la sensualidad del cuerpo masculino frente a la hipersexualización del cuerpo masculino a tal punto que el hombre no se conoce, no disfruta y no se desarrolla en lo afectivo, y la mujer se reprime en su corporalidad y se sobreexige para alcanzar un modelo útópico de sensualidad.

En un escenario ideal, una educación sexual y la libertad artística serían capaces de erradicar aquellas represiones corporales y sentimentales, más cuando no hay otra opción que lo que ofrece el mercado y cuando las ocasiones u oportunidades formativas en la vida real no siempre comienzan en el «mejor” de los lugares, se recurre a lo que está a la mano, tal y como sucede con la pornografía, la cual, para muchas personas, es la fuente de sus conocimientos básicos del tema.

Un ejemplo de aquello es “Fanny Hill”, novela erótica escrita por John Cleland en 1748, que fue repudiada por mucho tiempo, la cual cuenta la historia de una joven que al tener solo 15 años pierde su hogar y, sin saberlo, se va a vivir a un prostíbulo donde aprende a conocer su propio cuerpo y sus instintos carnales. Fanny conoce el amor romántico y a su vez el disfrute de relacionarse sexualmente con otras personas más allá de lo emocional o lo políticamente correcto para la época, por lo que al ser el relato de una mujer viviendo libremente su sexualidad sin las ataduras tradicionales, fue altamente criticada. Es por todo lo anterior que el erotismo reclama su lugar en el mundo como legítima forma de arte para poder reivindicar la verdadera naturaleza del ser humano como ente de deseo que existe gracias a la sexualidad, para poder vivirla plena y libremente dentro de lo ético, sin trabas ni obstáculos morales.

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