La humanidad continúa, lamentablemente, ligada a los antivalores humanos y apartada de los valores, ética, normas y procedimientos que engrandezcan la bondad, solidaridad y la búsqueda real de una nueva vida.

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EN LA FIESTA MAPUCHE DEL NUEVO SOL

Pu peñi y pu lamgen [Hermanos/as]: Despertemos, este día es un milagro: ¡estamos vivos!, respirando este aire bendito. Por eso es posible todo cambio, ya que el aire y el rocío de esta mañana, limpia de nuevo y de raíz al mundo…”

Longko Luis Huenil Cayupi.

Así empezó su sermón, con rodilla en tierra e imitando al lukutuwe, el primer hombre que bajó del Cielo, el longko Huenul, la autoridad ancestral de ese costero cerro lafkenche. Con estas palabras lo conocí a sus setenta y cuatro años, para el último Año Nuevo mapuche, hace ya dos años. Lo vi en la pampa del rewe o altar, levantado con canelo y banderas, donde esa fría mañana de invierno la gente de Lebu celebraba la fiesta de la renovación de la luz solar. Luego de dirigir la danza ritual, la invocación a los poderes divinos de la Naturaleza y de encabezar las ofrendas y los dones que la comunidad devuelve a la tierra como gratitud por su energía, Luis Huenul Cayupi se entregó a la recapitulación de lo que ha sido el camino de su vida. En medio del humo de las fogatas donde se freían las milagrosas sopaipillas del We Tripantü, como aureolados por ese sahumerio, los recuerdos venían en oleadas de gratitud y de emociones serenas, aquellas que lo hacían decir “todo ocurrió por algo, todo está bien hecho”.

 Ese año nuevo nos recordó la más antigua y estupenda noticia mapuche: nadie de nosotros está abandonado, y con lo conocido de aquí uno puede influir en lo desconocido de allá. Entre danzas, oraciones y comidas, esa noche y ese amanecer celebramos la fiesta más antigua de Chile: el we tripan antü o literalmente “‘la renovación de la salida del sol”. ¿Qué hicimos? Casi lo mismo que los antiguos indígenas: nos limpiamos el am (el doble anímico) con el sagrado canelo (foiyé), nos bañamos bajo la cascada con el agua de alturas para que así fluya la salud, brindamos y bebimos vino bendito con hojitas de canelo al interior del vaso, comimos huevos para ritualmente provocar la fertilidad y la fecundidad propia de un buen año. Y ya muy de mañana ese 21 de junio, junto con portar una nueva prenda antes nunca usada, echamos al cauce de un río  la vieja ropa para que las aguas se lleven todo lo gastado. En verdad, en estos gestos, hechos con total conciencia, se verifica el gran principio filosófico mapuche que es además universal y de la filosofía perenne: Chumley ta wenu mapu ka feley ta mapu:“Tal como es arriba así es abajo, tal como abajo es arriba”. Este principio maestro, enseñado por el egipcio Toth, el dios que bajó del Cielo con el don del lenguaje, posee una versión mapuche: Chem femülmi ta nag-mapu, fey ta eluwkey ta wenu mapu. Es decir: “Todo lo que haces en el mundo ritual del mundo natural, asimismo se replicará en el mundo sobrenatural”. Por tanto, en este Año Nuevo, se nos regala otra vez la oportunidad de hacer magia consciente en todo lo que obremos, porque como somos chengen “personas dueñas de sí mismas”, entonces kizu günew külelay che: “nadie de nosotros está al azar en el mundo”.

Los pueblos originarios del cono sur americano siempre han celebrado el solsticio de Invierno o we tripantü. Y se caracteriza por el acercamiento sistemático del sol, que regresa del hemisferio norte, y se inclina lentamente hacia el hemisferio sur. Ese movimiento la ciencia le llama solsticio de invierno. En este nuevo periodo la Tierra comenzará a limpiarse con el agua a través del ngen-ko (‘el espíritu del agua’), humedad que junto al leve calorcito del sol, provocará el nuevo ciclo de preparación del suelo. Y así la naturaleza se comienza a preparar para otro ciclo. Es para todos, ya que toda la Tierra se beneficia del Sol, que es el padre que aporta, a través de su energía masculina, opuesta y complementaria a la Tierra femenina, para que se produzcan alimentos para los seres vivos, no sólo a los humanos. Por tanto, el We tripantu, “la nueva salida del sol”, es una fiesta de la luz en agradecimiento por la vida que se renueva. Se dialoga con el Sol, y se está contento de que vuelva. Con él los humanos -y todo lo que tenga vida- sienten que vuelven a creer y crecer.

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