«Aquellos o aquellas que creen que la política se desarrolla través del espectáculo o del escándalo o que la ven como una empresa familiar hereditaria, están traicionando a la ciudadanía que espera de sus líderes capacidad y generosidad para dar solución efectiva sus problemas.»

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¿El fuego amigo?

Tanto en la guerra como en la política, uno de los mayores peligros reside en el “fuego amigo”. Cualquier tropa, con uniforme o sin uniforme, parte de la base de considerar que quienes le acompañan en las acciones correspondientes son esencialmente leales. En la guerra, el compromiso con el batallón muchas veces es impuesto por la fuerza de tal forma que la deserción o la traición son consideradas faltas graves y son fuertemente sancionadas. En la política, este compromiso nace de la convicción que lleva a que personas y agrupaciones que pueden tener pensamientos y programas diversos estén dispuestos a limar sus asperezas, a preferir la búsquedas de puntos de encuentro comunes, para obtener el apoyo ciudadano y alcanzar el poder.

 El caso del nuevo Gobierno de Gabriel Boric es, a este respecto, particularmente interesante.  

En las primarias de la coalición Apruebo Dignidad, el ahora presidente electo obtuvo, contra todo pronóstico, un 60,5% de los votos en tanto que su contendor, Daniel Jadue, del Partido Comunista, logró un menguado 39,5%. Dato adicional: Jadue en Recoleta, comuna en la que había sido reelegido como alcalde, en esta oportunidad disminuyó su adhesión como pre candidato presidencial.

En la primera vuelta de noviembre de 2021, Boric se posicionó en el segundo lugar con 1.815.624 sufragios pero en el balotaje de diciembre su votación se elevó a 4.620.621, incrementándose en 2.804.997 votos. Si bien estas 2,8 millones de adhesiones adicionales están integradas por personas que antes se abstuvieron y por una fuerte movilización juvenil, es innegable que una cantidad significativa provino de quienes antes habían favorecido a Provoste, Enríquez-Ominami y Parisi.

El peor error de lectura de estos datos que podría hacer Boric, sería entender que cuenta con una abrumadora mayoría incondicional  (repitiendo la soberbia interpretación de Piñera de 2017) y es evidente que en el diseño de su eventual gabinete ha comprendido bien el mensaje ciudadano. La configuración de un Parlamento bastante equilibrado le obligará a un manejo extremadamente cuidadoso y responsable ateniéndose al imperativo que le impone la dura realidad: cambios estructurales paulatinos, sustentables, dentro del marco del estado de derecho.

Sin embargo, al cumplirse poco más de un mes desde su proclamación, es indiscutible que las complicaciones del nuevo gobierno se presentarán por el lado de la Convención Constituyente (órgano en el cual un fuerte sector sigue creyendo que es la oportunidad para refundar la patria), frente que era, por lo demás bastante previsible e (¿inesperadamente?) por el lado del “enemigo interno”.

El Partido Comunista,  que es la fuerza más estructurada y relativamente mayoritaria dentro del pacto en que se sustentará el gobierno que asume en marzo, no ha querido aceptar el hecho de que constituye una minoría  dentro de ese mismo  pacto y también en el seno de la ciudadanía. Enredado en una duda hamletiana, sus viejos tercios (Teillier, Jadue, Gutíérrez y otros) al parecer buscan usufructuar políticamente de los beneficios que proporciona el ejercicio del poder pero sin hacerse cargo, a todo evento, de las responsabilidades correspondientes. El problema práctico es que un sector más renovado de sus cuadros, ya ha asumido prácticamente funciones oficiales y parece claro que ha entendido que, guste o disguste, muchos de los propósitos solo podrán lograrse “en la medida de lo posible”, porque siempre la realidad es más fuerte.

En plena campaña electoral, el PC manifestó su permanente desconfianza hacia el candidato autoproclamándose como “los defensores del programa” y, ahora, han salido a cuestionar públicamente varias de las designaciones que se han dado a conocer.

El nuevo gobierno interpreta la esperanza de una gran mayoría ciudadana. En consecuencia, no le está permitido frustrar esos anhelos, y quienes constituyen su base de sustentación tienen la obligación de ser eficientes y no demagogos en la tarea de traducir en hechos de justicia y equidad lo que por el momento son solo líneas sobre papel y sueños.  

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