El orgullo en exceso, como forma de vida, da paso a la arrogancia, esta es , sin lugar a dudas un elemento contaminante en las relaciones humanas y en las comunicaciones. ...pero además, ¡¡¡ contribuyen a la soledad y generan enajenación social!!!
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Es la política, señor Presidente

Corría 1992. El presidente George W.H. Bush optaba a la reelección como presidente de los EE.UU. El fin de la guerra fría y la guerra del golfo, habían catapultado su popularidad a rangos que oscilaban entre el 80 y el 90%. Bill Clinton, gobernador de Arkansas, era el desafiante demócrata.

James Carville, estratega de Clinton, pegó en la puerta de su oficina un cartel que marcaba tres temas como puntos centrales de la campaña: 1.- Cambio versus más de lo mismo; 2.-La economía, estúpido; 3.- No olvidar el sistema de salud. Toda la prensa que concurría a diario al lugar, lo vio. Y el punto 2, que se hacía eco de las vicisitudes de los pobres y de la clase media estadounidense, se transformó en el eje central de un discurso que llevó al poderoso Bush a una inesperada e increíble derrota.

Es cierto que los problemas económicos de un país son graves y pueden ser hasta determinantes en una coyuntura específica. Es cierto que la contingencia sanitaria puede alarmar y angustiar a una población que se siente impotente frente a un atacante duro pero invisible y que las políticas oficiales pueden ser más o menos cuestionadas. Es cierto que el estallido social de octubre puso sobre la mesa temas gruesos y develó, no solo la crítica situación de una inmensa mayoría de los chilenos sino también las increíbles inequidades que se ocultaban en las voces de los “expertos” y en los silencios interesados de la prensa dominante.

La tesis del chorreo – a medida que crezca la economía sus beneficios llegarán a los pobres y todos estaremos felices – se demostró como un dogma ideológico falaz que solo encubría una creciente concentración de la riqueza en las manos de unas cuantas familias privilegiadas y una deprivación constante de sectores que  que subsistían en el día a día gracias al trabajo informal y al endeudamiento perpetuo.

Al asumir el poder Sebastián Piñera en su segundo gobierno, cometió un error imperdonable para un político de experiencia: Se rodeó de un equipo uniforme, formado casi exclusivamente por “los amigos del barrio”, todos procedentes de las mismas universidades, todos con dominio del inglés, y todos con estudios en las academias del mejor nivel del mundo. Que una publicación extranjera, conservadora, como National Review, comente hoy que “al final de octubre los chilenos ya se habían dado cuenta de qué estaba realmente hecho su gobierno: un séquito de líderes de negocios e intelectuales de clase media alta y que podían hablar en inglés pero que no tenían ningún vínculo real con el pueblo”, y que el propio Presidente no se percate (o no quiera percatarse) de ello, es francamente increíble.

El caso de la Araucanía es un ejemplo destacable. Un conflicto que presenta netamente un carácter histórico, cultural, social, y que es, por lo tanto, netamente un problema político, se lo pretendió abordar con un programa de inversiones privadas por 3.000 millones de dólares (que, por lo demás, nunca se concretó ya que su ejecutor fue removido). Ahora, cuando esto hace crisis se opta por la subrepticia militarización del territorio.

Si el Presidente no es capaz de salir de su burbuja y se mantiene tozudamente fiel a la visión del mundo que cotidianamente le entregan Larroulet y su segundo piso, las consecuencias para su gobierno (y, peor aún, para el país) serán enormes.

En comentarios anteriores, hemos señalado que la pregunta fundamental que deben hacerse los ciudadanos es aquélla cuya respuesta define al servicio de quiénes están sus gobernantes.  Señala la publicación extranjera mencionada: “El gobierno de Piñera, a pesar de realizar una miríada de estudios basados en informes y datos, no tuvo el sentido común que se requería para darse cuenta de que su respuesta ante la pandemia era incompatible con la vida diaria de la mayoría de los chilenos”.

El viernes 17, el importante diario financiero The Economist publicó un duro comentario editorial enjuiciando críticamente la gestión de las autoridades chilenas apuntando que ante los problemas se han caracterizado por llegar siempre tarde y mal.

La cuestión presente viene a ser la siguiente: ¿Por qué razones lo que todo el mundo ve no lo ve ni el Gobierno ni sus asesores? ¿Es tan fuerte el amarre con los grupos de interés dominantes que no se tiene ni la independencia ni el coraje para tomar decisiones políticas audaces?

En una esperable declaración publicada el pasado lunes 13 en El Mercurio, 15 personeros de lo más granado del empresariado nacional señalan “Aún es tiempo de rectificar el rumbo”.  Asustados ante la aprobación por la Cámara de Diputados del proyecto que autoriza el giro de hasta un 10% de los fondos previsionales de las personas, concluyen llamando a acuerdos en materia de empleo, salud, vivienda, educación y pensiones. No logran entender que tras décadas de colusiones y abusos, la ciudadanía simplemente no les cree.

La situación es preocupante. El Mercurio califica los hechos como “un estallido institucional” y la concejala Cotapos de Las Condes llama a un “estallido militar”.

Si el Presidente no es capaz de hacer una lectura veloz de los hechos y de “cambiar el rumbo” no para dónde quiere el empresariado sino para dónde quiere una ciudadanía, los meses que le quedan de gobierno serán oscuros. El juicio de la historia no lo absolverá.  

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