«La ciudadanía tiene el deber y el derecho de cuidar la democracia, salir al paso de cualquier posibilidad de extremos que pongan en peligro las libertades públicas. Digamos nó a la amenaza de fascismo en Chile , votar y votar bien, es nuestra responsabilidad.«

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La paradoja de vivir en la contradicción

Rodrigo Pulgar Castro

Doctor en Filosofía. Académico U. De Concepción.

¿Es legítimo sostener la anarquía de la paz como idea articuladora de la comunidad política? La idea no es mía, la extraigo de un libro de Aïcha  Messina que se titula precisamente La anarquía de la paz. Levinas y la Filosofía Política (2021).

Lo atractivo de la propuesta sobre la anarquía y la paz es atreverse a enfrentar la relación contradictoria entre ambas. Enfrentar significa aquí percibir el principio visual de la contradicción entre ambos conceptos que, en este caso específico, refieren a dimensiones vitales-políticas propias de la comunidad. Claramente en lo planteado habrá que aceptar la paradoja de aquello, vale decir, una oportunidad de comprender desde la contradicción que es posible que lo visual sea un simple engaño, para pasar a entender que lo que hay es una sintonía producto de una relación dinámica que tiene por resultado avances sociales. Consecuentemente, no es un simple aventura teórica ver en la paradoja, en la contradictoria relación entre ambos conceptos, la posibilidad de abrirse a la discusión sobre dos líneas que se han desarrollado sistemáticamente, al menos desde Maquiavelo, en líneas paralelas, esto es la ética corriendo por su carril, y la política por el suyo, al punto que se han estimados irreconciliables, principalmente por la articulación de respuestas desde la política a partir de una lógica de la necesidad, vale decir: de lo querido y pensado por el soberano digno de realizar por interés propio o colectivo sin reflexionar factores razonables de bien ético, en el fondo: se da el caso que el interés para responder a la contingencia puede oscurecer el bien que siempre es inconcluso, y lo es en la medida que responde al hecho de la carencia como un componente esencial a la existencia humana.

Quizá valga la pena valorar que llego el momento de que los carriles se junten, no para fundirse dando vida a una sola cuestión o a una relación subalterna que daría por resultado la dependencia total, lo cual es de suyo peligroso si la relación es de sumisión plena de la ética a la política. Se trataría, por el contrario, de un movimiento conducente a un proceso de colaboración crítica para ambas, de manera de permitir el desarrollo razonable de cada una sin perder el foco de sus preocupaciones que es la persona y su deseo de bien privado y público, deseo vestido de demanda de justicia.

Lo cierto que es tan trágico el estado actual de la política, que el concepto mismo genera sensaciones molestas, al punto que la forma de entenderla como articuladora de los diversos modos relacionales que las personas construyen en el tiempo y que da origen a la comunidad u orden político -Locke lo explica bien y en detalle en el Segundo Ensayo Sobre el Gobierno Civil cuando se explaya en los dos tipos de pacto social-, está en un instante de quiebre en su legitimidad y justificación. Claramente esto no es solo un absurdo, sino un peligro, pues la historia demuestra que la propuesta de salida ante aquello, es otra forma de creación y reacción política las más de las veces violenta con un costo para la libertad humana. Así, al plantear la anarquía de la paz, encontramos el momento humano de llamada a la revisión de las formas éticas y políticas, pues en la idea propuesta, el otro u otra desordena el orden valorado como él único posible, lo cual es por cierto una trampa retórica, pues siempre se realizar el quiebre de lo normal político desde un acto de juicio ético; juicio en si axiológico, ya que revela la carencia o fragilidad de la narrativa política para responder a la globalidad de las demandas sociales.

La realidad social, comunitaria, política, por la presencia de personas -ya el concepto persona es un lugar que lleva a la reflexión el imposible de la plena estabilidad por la libertad interpretativa de cada persona sobre hechos y lugares- se descubre en su carácter pluridimensional, lo cual implica desorden, anarquía primaria juzgarán unos cuantos. Pero ni aquel juicio instalado en una percepción estática de la vida, puede negar que no hay pleno contento en lo visto y vivido. De suyo, la paz paradójicamente, es el momento de una primera comprensión sobre que los hechos no son totalmente satisfactorios, comprensión por efecto de un desorden percibido en la presencia de otro u otra que, en su lectura e interpretación de los hechos sociales, desnuda que no todo es homogéneo; al contrario, a veces profundamente disímil y contradictorio. En un segundo momento ya no satisface el simple comprender, se proponen relatos nuevos que, no en pocas ocasiones, son causa de incordio y con una respuesta que también es acción de desorden en la medida de sostenerse y validarse en lo contrario.  Así sucede desde siempre: ante un hecho social, bajo el criterio de ser siempre demandante de respuesta, se da que el momento de la relación entre anarquía y paz es un continuo que disimulamos a veces mal, lo escondemos verbalizando el temor que esta verdad trae. Ocurre así en la simple frase “yo pienso diferente”, o en “significa traer inestabilidad” que, curiosamente, tiene no solamente connotación política, también ética y evangélica. Pero, ¿acaso no es esto lo propio de la dinámica humana? Huir de aquello es desterrar la clave del interés real por un mundo mejor. Entonces, el desafío es mayor: leer con detención si crecemos en humanidad haciendo caso de la dinámica entre anarquía y paz o lo contrario, nos aferramos a lo vivido como la normalidad deseada, mas olvidamos en esta opción que la crisis política nos pide dar un paso, a pesar de temores, dar el paso…

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