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NO ES LO MISMO, PERO ES IGUAL.

Maroto

Desde Canadá.

La semana que recién terminó nos volvió a sorprender con dos hechos diferentes en su forma pero tristemente similares en su fondo. En el mundo de Hollywood, ese de las luminarias y celebridades, más de 30 denuncias por acoso sexual han sido presentadas en contra de uno de los más famosos productores de cine, ocupando las primeras planas de la prensa internacional y desatando un escándalo de proporciones. En Lima, las imágenes de una mujer siendo arrastrada del pelo por su pareja por las calles de la ciudad, han dejado nuevamente en evidencia una patética realidad que sigue aún presente en nuestras sociedades; el revuelo ha sido menor, pero por haber ocurrido en un país vecino, se ha sentido más cercano.

Ambas situaciones, diferentes en la forma, evidencian sin embargo un mismo problema: la violencia contra la mujer. Hoy, en el siglo XXI, tanto en el mundo “desarrollado” como en el “mundo en vías de desarrollo”, la violencia contra las mujeres sigue siendo un problema que afecta diariamente y de manera soterrada a miles de mujeres.

Si bien la mayor parte de los estudios distinguen entre la violencia y el acoso sexual, ambas acciones tienen en común el constituir un atentado contra la dignidad de las mujeres, que vulnera su integridad, libertad y derechos. Ya sea en la forma de violencia física, psicológica o manifestada como acoso sexual, en la mayoría de los casos la víctima es la misma, una mujer, y el victimario no cambia, un hombre en posición de poder e influencia, que necesita ejercer control.

Esta violencia puede manifestarse de diferentes maneras, pero siempre produce los mismos devastadores efectos: baja autoestima, depresión profunda, miedo, estrés y ansiedad, aislamiento como resultado de una sensación de desamparo social, humillación, sentimientos de subordinación, dependencia y sometimiento, culpabilidad, incertidumbre y falta de esperanza, entre otros.

En muchos de nuestros países, esta violencia es vista como un problema privado, que solo compete a la persona que dice verse afectada por él, lo que liberaría al resto de la sociedad de cualquier responsabilidad por detenerlo; sin embargo, la gravedad y magnitud de esta violación a los derechos de la mujer lo transforman sin lugar a dudas en un problema público, en una cuestión que compete directamente al Estado y cuyo combate corresponde a la sociedad toda.

Un paso importante en la lucha contra la violencia y el acoso sexual es la tipificación y desenmascaramiento del victimario; ese hombre que insulta y amenaza; que hace comentarios humillantes delante de su familia y amigos; que golpea; que ejerce presión psicológica a través de la posición de poder e influencia que ostenta; que hace abierta o subrepticiamente requerimientos de carácter sexual que constituyen una amenaza o potencial perjuicio a la situación laboral u oportunidades de empleo. Este hombre es un depredador, que generalmente buscara validación en la manada; ese grupo de amigos y colegas, que a través de la aprobación explicita o el silencio cómplice respaldaran su actuar.

Este hombre, el victimario, se considera con el derecho a golpear y acosar, porque la sociedad desde su más temprana edad le ha inculcado que las mujeres son el sexo inferior y débil, cuya propiedad le pertenece; las mujeres, de acuerdo a esta socialización, son presentadas como seres complementarios y dependientes: como esposas que “apoyan” al hombre de la casa; madres que se encargan de la crianza para que el padre pueda hacerse cargo de lo “importante”; dueñas de casa cuyo rol es tener todo “en orden” para cuando llegue el proveedor; y trabajadoras, cuyo aporte es “secundario y prescindible”. Y esta expresión de sexismo está presente en todos los ámbitos y etapas de nuestra vida; en los jardines infantiles, colegios, universidades y lugares de trabajo; en los cuentos infantiles y textos de estudio; en la música, series de televisión, video juegos y películas; en el deporte; en los grupos de amigos; en la religión; y en la familia.

Es esta cultura y educación sexista, la principal responsable de la violencia y acoso sexual que aún observamos en el siglo XXI; mujeres educadas para sentirse “cosas” y hombres educados para sentirse “superiores” y “propietarios”. En tanto no logremos cambiar esta falla de origen, seguiremos observando hechos como los acontecidos y denunciados esta semana.

Cuando una mujer es golpeada repetidamente por su pareja, la pregunta que generalmente escuchamos es “¿y porqué no lo dejó antes?”; cuando la nueva pareja de una mujer abusa de la hija de su matrimonio anterior, la pregunta que generalmente escuchamos es “¿cómo pudo ella exponer a su hija a esto?”; cuando una mujer desaparece después de haber salido a caminar en la noche, la pregunta que generalmente escuchamos es “¿y porqué tomó ese riesgo innecesario?”; y cuando una mujer recibe comentarios inapropiados en la calle, el comentario que generalmente escuchamos es “quizás que ropa estaría usando; seguro que se lo buscó”. Estas preguntas son una clara manifestación de la sociedad sexista en que vivimos; en una sociedad con una cultura distinta, las preguntas que en forma natural debiéramos hacernos son, ¿y porqué él le pego a su compañera? ¿Cómo pudo él hacerle esto a otro ser humano? ¿Cómo pudo él abusar de una niña indefensa? ¿Cómo pueden ellos no ser capaces de contenerse para no violar o gritar obscenidades a una mujer que pasa por la calle? La manera equivocada de enfrentar estas situaciones deja en evidencia la cultura patriarcal y machista a la que todos hemos sido expuestos, que nos lleva a tomarnos atribuciones y emitir juicios carentes de todo sustento.

Sin perjuicio de la función que le corresponde al Estado, las entidades educacionales, y la familia, en la gigantesca tarea de cambiar este sesgo cultural y educacional, los hombres en particular tenemos en ello un rol de gran importancia. Somos, en la mayor parte de lo casos, el género agresor; y por lo tanto recae sobre nuestros hombros la responsabilidad única de impulsar, por la vía de la formación y el ejemplo, este cambio cultural y de usos y costumbres en el ámbito de nuestras familias, amigos y entorno laboral. Que fácil resulta decir, “yo nunca he abusado de una mujer y trato a mi esposa bien por lo que soy un buen ejemplo para mis hijos e hijas”. Pero esto no basta; la única manera de no ser parte del problema, es siendo parte activa de la solución.

Debemos diariamente y en cada momento escoger entre ser agentes activos de cambio o cómplices de esta violencia y acoso sexual; y para que no quede margen de duda de lo que esta elección significa, es necesario llamar las cosas por su nombre: cada vez que con nuestro ejemplo le mostramos a nuestros hijos e hijas conductas abusivas y discriminatorias, somos cómplices; cada vez que condonamos o normalizamos ante nuestros hijos e hijas comentarios ofensivos hacia las mujeres, aún aquellos disfrazados de chiste, somos cómplices; cada vez que, ante un programa de televisión, propaganda, video juego o película con contenido sexista, perdemos la oportunidad de explicarle a nuestros hijos e hijas las consecuencias nocivas de esta equivocada visión, somos cómplices; cada vez que en una reunión de trabajo dejamos pasar un situación abierta o encubierta de acoso sexual, somos cómplices; cada vez que en la complicidad del grupo de amigos omitimos reprochar una actitud sexista, somos cómplices.

Obviamente este cambio cultural requiere de grandes políticas nacionales y renovados programas educacionales; sin embargo, aún con estas grandes políticas y nuevos programas, este cambio no ocurrirá sin nuestro compromiso diario para ser hombres formadores de una cultura de respeto y denunciantes de aquellos que atenten contra ella. Sin lugar a dudas, que resulta más sencillo y requiere un menor esfuerzo el quedarnos en nuestra zona cómoda, de observadores ciegos y mudos; sin embargo hacerlo, implica aceptar el riesgo de que nuestros hijos, hermanos, amigos y colegas sean en el futuro próximo un nuevo victimario.

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