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PANDEMIA Y CRISIS SANITARIA EN CHILE: EL REPARTO DEL RIESGO Y LA TENTACIÓN DE ABANDONAR LA SEGURIDAD COLECTIVA

Gloria Rivas Palma

SOCIÓLOGA, MAGISTER EN POLÍTICA EDUCATIVA, DIPLOMADA EN DERECHOS HUMANOS. Docente Universidad del Bío-Bío

En un modelo de sociedad global, la emergencia es como un “golpe” a la realidad, y en un país como Chile, la desigualdad social, la fragilidad del liderazgo político, el escenario reciente de estallido social, más la idiosincrasia cultural, ese puñetazo puede ser un knockout desequilibrante. Y creo que Chile vive ese aturdimiento.

Los “fenómenos del todo inesperados” no son tan inesperados, antes tuvimos el “mal de las vacas locas”, el “h1n1”, el “ébola”, y vivimos los impactos de algunas crisis cíclicas mundiales del modelo capitalista, todos riesgos derivados de esta mayor complejidad de la modernidad global, pero ninguno nos golpeó tan fuerte en términos de cómo esta pandemia deja develados nuestros pecados nacionales.

Con mucha claridad se observa que, en un país como Chile, de profundas desigualdades sociales, el contagio sigue un camino desigual. Vemos como la repercusión en cadena del coronavirus amplifica las consecuencias para todo el sistema, pero los riesgos sociales de la pandemia terminan afectando más, a los más excluidos, porque en Chile no sólo es desigual el reparto de la riqueza, sino que esta crisis evidencia que también es desigual el reparto de los riesgos: tiene mayor riesgo a padecer los efectos de la pandemiael chileno empobrecido, pero también el precariado, ese grupo social que no está seguro en su futuro ni en sus logros vitales: los trabajadores a honorarios, los micro emprendedores, el “boletariado”, el por cuenta a propia, el ambulante, etc. Ese chileno y chilena no puede confinarse, no puede dejar de usar el transporte público, el aislamiento social lo condena a la quiebra total y desde ahí deben leerse los actos de desobediencia a las normas.

En la misma perspectiva, el aumento de la violencia de género, del abuso sexual, la recarga laboral de la doble jornada o “doble presencia” durante el teletrabajo femenino, son otra forma de evidenciar que el riesgo social de la pandemia sigue una distribución desigual. Y qué decir de la brecha digital que afectó el desafío de trasladar el currículo presencial al currículo virtual, pues no parece factible la domesticación del espacio escolar y el “borramiento” de la frontera entre casa y escuela o cas y universidad.

En otro sentido, como absorbemos con facilidad y poca reflexividad los acontecimientos, tendemos a ceder más que nunca libertad por seguridad. Ahí usted tiene un comportamiento que la crisis y la poscrisis agudizará. Porque expuestos a lo imprevisible, los chilenos tenderemos a preferir seguridad. Y no cualquier seguridad, porque ya veníamos sustituyendo las preocupaciones de la “seguridad colectiva” por la seguridad del “cuerpo” y la “propiedad”.

Por décadas, pensar en cambiar algo del “sistema”, le parecía a la ciudadanía cuesta arriba, cualquier acto de resistencia imaginable aparecía como una “grieta” en el mega-coloso-institucional que se nos venía enfrente como “máquina monstruosa”. Esto hasta el “estallido social”, en donde actuar en el mundo y sobre él se volvió “soñable”. La seguridad colectiva toma sentido, porque se vuelve a mirar “lo colectivo” como rebeldías ya no pequeñas ni privadas, sino como públicas y cómo un manifiesto de la afirmación de nuestro dominio humano.

Así los ciudadanos, sujetos de esa acción colectiva se preguntan ¿está crisis que nos lanza a volver a la seguridad individual, terminará con nuestros deseos de transformar el país?; los impactos en la economía y en los bolsillos familiares ¿nos retraerá y dejará perplejos de nuevo?

Esta creciente percepción genera más incertidumbre, aumenta el convencimiento de que estamos en riesgo de que ocurra cualquier cosa, y esa sensación de falta de certeza va a configurar las actuaciones y comportamientos de cada chileno y chilena a futuro. Por ejemplo: si percibo que los políticos y gobernantes solo reaccionan, y dan manotazos en la oscuridad, no confiaré que se me protege, dudaré de las medidas sanitarias, las de protección económicas y las de empleo, entonces desobedeceré si me piden que mis hijos vuelvan al colegio, o saldré igual a la calle a buscar el sustento para mi hogar, y los ciudadanos se preguntan cotidianamente ¿soy el pez flaco?

Como planteaba Bauman (Sociólogo Polaco) las crisis nos permiten entender que lamentablemente los instrumentos políticos con los que contamos para solucionar las crisis son “locales”, no globales, así los gobiernos no saben cómo manejar la falta de seguridad que ellos mismos y sus modelos económicos que defienden producen.

Sobre los “comportamientos sociales”, están diferenciados por clases y grupos de privilegio, por ejemplo, en Chile “cercarse”, es algo que viene observándose hace bastante tiempo. Las “comunidades cerradas” o “guetos” voluntarios e involuntarios (como plantearía Bauman) es una realidad que divide las ciudades de nuestro país en “barrios miserables” y lugares “dignos, agradables y seguros” para protegerse y pasar la pandemia. Así tenemos la probabilidad de mayor contagio en grupos sociales que viven en los barrios periféricos, marginales, tomas, cités de inmigrantes, y los espacios públicos donde se asientan sin techo los varados bolivianos y colombianos, residuos humanos que ningún país reclama o asiste, en estos días.

Así, las situaciones de infraestructura que determinan las vidas de las familias, de sus escuelas públicas precarizadas desde siempre, de los hacinamientos poblacionales donde pasan sus vidas, son condiciones externas a los deseos de los ciudadanos. Por otra parte, cuando estás demandado por cuestiones tan básicas como el sobrevivir, debes optar entre arriesgarte a contraer el virus, o contraer la quiebra y el efecto de ello para tu familia.

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