La Solidaridad no es "flor de un día", tampoco un "remedio" de pandemia... La SOLIDARIDAD verdadera nace de lo más profundo de la inteligencia y bondad humana y, es una conducta permanente.
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PANDEMIA Y LA NATURALEZA HUMANA

Maroto

Desde Canadá.

A lo largo de su historia, nuestro país se ha visto afectado por catástrofes y crisis sociales y políticas de gran magnitud; algunas de ellas de causas naturales como los terremotos y maremotos que han asolado en reiteradas oportunidades vastas regiones de nuestro territorio, y otras, ocasionadas por nuestro propio actuar, consciente o inconsciente. La emergencia sanitaria y social que nos afecta hoy no es una excepción.

Más allá de analizar cómo y con qué grado de eficiencia ha reaccionado el gobierno de turno, o el nivel de oportunismo con que ciertos sectores políticos reaccionan frente a estas tragedias o crisis, ejercicio que dejaremos para otro momento,  creo importante detenernos un minuto a observarnos a nosotros/as mismos/as.    

Estas situaciones extremas, que cada cierto tiempo ponen a prueba a nuestra nación, y en esta oportunidad al mundo entero, son también una oportunidad para observar la naturaleza humana y reconocer cómo, cada uno de nosotros, nos comportamos frente al infortunio. El terremoto ocurrido en Chile en el año 2010 nos dio algunas luces acerca del comportamiento humano en tiempos de crisis; el estallido social que se genera a partir de octubre del 2019 y la crisis sanitaria ocasionada por el COVID19, nos dan una nueva oportunidad de observarnos; observarnos para aprender.

Ante la crisis, nos encontramos en primer lugar con la generosidad intrínseca del ser humano. En palabras del filósofo francés Jacques Maritain, “la persona como tal es un todo, un todo abierto y generoso”, en cuyo centro encontramos un núcleo de bondad y solidaridad inherente a la naturaleza humana. Es esta bondad y solidaridad la que nos permite observar en muchos de nuestros compatriotas una entrega abnegada y generosa, muchas veces silenciosa: la dedicación del personal de salud que en interminables jornadas arriesgan sus vidas para atender a quienes se han visto afectados por este nuevo virus; el compromiso de muchos chilenos y chilenas, que de manera responsable y solidaria asumen diariamente conductas orientadas a disminuir los efectos de la pandemia; la generosidad de quienes, frente a la crisis, se organizan para ir en ayuda de los grupos mas vulnerables, prestando apoyo además a quienes siguen realizando sus labores para que las ciudades mantengan un funcionamiento normal en los servicios mas básicos. Son estas conductas las que reafirman la esperanza en el ser humano y en su capacidad de avanzar en la construcción de una sociedad más solidaria.

Sin embargo, en épocas de crisis también nos encontramos frente a los aspectos más mezquinos de la naturaleza humana; como lo expresara Maritain en sus escritos, el reconocimiento del núcleo de bondad que reside en la naturaleza humana no nos debe llevar a desconocer los aspectos más trágicos y oscuros que habitan en ella. Enfrentados a la crisis, el ser humano tiende también a reaccionar en forma individualista, ansiosa, cediendo al temor a lo desconocido y a las presiones que generan la magnitud de la tragedia; dando lugar a mezquindades y pasiones que no se condicen con la bondad y solidaridad a que antes hacíamos mención. El individualismo, manifestado en el no cumplimiento de normas mínimas requeridas para preservar la salud de los más vulnerables; el oportunismo manifestado en el alza de precios de artículos de primera necesidad; los intentos por segregar a quienes se encuentran en situaciones de mayor riesgo en lugar del exaltamiento del valor de actuar como una comunidad; son sólo algunos ejemplos de ello.

¿Qué nos lleva a comportarnos de esta manera? ¿Qué nos conduce a, por un lado, actuar de manera bondadosa y solidaria, y, por otro, hacerlo de manera mezquina y egoísta? ¿Qué hace que en nuestra sociedad coexistan ambas actitudes frente a la tragedia?

Más allá de aquellos aspectos propios e inherentes a la naturaleza humana, me atrevo a señalar que el marcado énfasis individualista que ha caracterizado el Chile de los últimos 40 años es un factor que exacerba esta dicotomía entre el Chile solidario y el mezquino. Una sociedad que tiende a medir el desarrollo en base al lucro y la productividad es una sociedad que promueve el egoísmo; una sociedad que da vuelta la cara frente al abuso de la ley por parte de quienes tienen más, es una sociedad que fomenta la segregación; una sociedad que premia el oportunismo como si este fuera sinónimo de inteligencia emprendedora es una sociedad que enseña a buscar el bien individual por sobre el bien común, y a creer que el fin justifica los medios.

Los actos de bondad, solidaridad, compromiso y entrega que hemos observado en estos días nos muestran que en Chile aún existe capacidad de construir; aún existe voluntad solidaria y compromiso por ir en ayuda de quienes lo necesitan.

¿Qué hacer entonces?

La respuesta más obvia es que debemos seguir intentando cambiar el modelo; debemos terminar con un modelo capitalista que exacerba el individualismo y el egoísmo para pasar a un modelo que se centre en los valores de la equidad y solidaridad.

La respuesta menos obvia y más compleja (ya que exige de cada uno de nosotros un esfuerzo diario) es que debemos cambiar nosotros; debemos, sobre la base de la experiencia y la reflexión, cambiar nuestra manera de acercarnos a lo que ocurre en nuestra sociedad y desde esa mirada actuar con solidaridad y empatía. Debemos hacer un esfuerzo por hacer primar en cada una de nuestras acciones la intención de construir en comunidad; y este esfuerzo por cambiar nosotros, sólo depende de nuestra decisión y voluntad.

Ambas respuestas no son excluyentes.  “El modelo” puede parecernos un ente abstracto, cambiable con sólo una decisión; pero el modelo es en realidad pensado, vivido y aplicado por personas, y cambiará solo en la medida que las personas que lo integran vayan construyendo respuestas comunes, inspiradas en los valores de la justicia, equidad y solidaridad.

Qué país y sociedad soñamos, qué país queremos construir, qué pensamos del bien común, qué pensamos de la responsabilidad social de cada una/o, cómo nos relacionamos hoy y desde adónde queremos relacionarnos; todas preguntas que en algún momento debemos empezar a hacernos, y que  posiblemente muchas y muchos ya se están reflexionando.  

Cómo traducir estas reflexiones en una sociedad civil más madura, que participe y se articule en la vida civil requiriendo de lo público respuestas solidas fundadas en la solidaridad y el bien común, es el desafío de los próximos años.

El camino es largo. Ciertamente, la difícil y dolorosa crisis que enfrentamos hoy nos ofrece una nueva oportunidad de crecer  en lo personal y en lo colectivo, para volver a ser protagonistas generosos de nuestras vidas y del país en que queremos vivir.

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