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Panorama Brasil – Informe de la pandemia: 430.000 muertos

Historiador y Periodista.
Desde Brasil.

No es la intención presentar consideraciones y análisis sobre la grave crisis política en la que se encuentra sumido Brasil, aunque considero este como uno de los principales factores, si no el principal, del escenario en el que se encuentra actualmente el país. Solo pretendo, como alguien que ha presenciado y experimentado la escalada de la pandemia y todas sus consecuencias en Brasil, traer a los lectores un breve panorama de la situación actual de este, que hasta hace unos días, fue el epicentro de la pandemia.

Hace aproximadamente un año, el 26 de mayo de 2020, cuando escribí un texto sobre el tema, Brasil ya se había convertido en el nuevo epicentro de la pandemia Covid-19, con 24.512 muertes y 391.222 casos, datos oficiales del Ministerio de Salud. Cifras que ya eran impresionantes, no solo por su magnitud, sino principalmente por la trágica proyección que se estaba haciendo hacia el futuro cercano, teniendo en cuenta la forma en que se estaba manejando esta inédita crisis de salud en el país. Hoy, 13 de mayo de 2021, con 430.596 muertes y 15.436.827 casos -cifras planteadas por un consorcio de medios de prensa, dada la frecuente inconsistencia en los datos presentados por el Ministerio de Salud-, Brasil vive con un promedio de, aproximadamente 1.917 personas muertas por día y al menos tres variantes diferentes del virus circulan libremente por todo el país.

Antes de completar los primeros cuatro meses de este año, murieron más brasileños como consecuencia del Covid-19 que en los 289 días de la pandemia en 2020. Hubo 195.949 muertes en 2021, contra 194.976 el año pasado, lo que demuestra el empeoramiento de la condición brasileña. Un país que se niega a establecer medidas consistentes de distanciamiento social y que realiza una vacunación lenta y selectiva. Representando, desde hace meses, un riesgo para la salud global, ante la posibilidad real de nuevas mutaciones del virus, más resistentes y mortales, ante el escenario de absoluta crisis sanitaria incontrolada que vive el país.

Debido a innumerables situaciones, de carácter político y social, entre las que destaco, además de la menor conciencia de parte de la población sobre la grave realidad actual y la insistencia del gobierno central en un “tratamiento temprano” sin ninguna evidencia científica. La ausencia de políticas centralizadas de combate a la enfermedad, con pautas sobre: distanciamiento social, uso de barbijos y restricción de actividades con potencial de generar aglomeraciones. Y, sin embargo, una gestión lamentable de los procesos de adquisición / producción de vacunas, insumos y medicamentos. Brasil ha estado experimentando un aumento vertical de casos y muertes por Covid-19 durante algún tiempo.

En vista de esto, el colapso del sistema de salud es una realidad en muchos estados que, ante la demanda que se ha mantenido en niveles muy altos por más de un año, enfrentan el agotamiento y la consecuente reducción de la fuerza laboral especializada en los hospitales, además de la falta de suministros básicos, como oxígeno y medicamentos para la respiración mecánica. Culminando con la muerte de miles de brasileños, no solo en camas de hospital, sino mientras esperan atención en sus hogares, en el piso de las unidades de salud y en ambulancias.

Uno de los reflejos más dramáticos de la actual crisis sanitaria es el aumento de la pobreza y la presencia del hambre, como una de sus caras más crueles. El desempleo generalizado y la brutal caída de los ingresos en las clases medias y bajas de la sociedad han contribuido para una situación de profunda crisis social en la que la principal demanda es la seguridad alimentaria de miles de personas que viven en las calles o que padecen hambre en sus hogares.

La región central de Río de Janeiro, la ciudad donde vivo y la segunda capital más grande del país, retrata bien el panorama actual. Donde antes había un intenso flujo de personas y automóviles, con varios bares y establecimientos que se sustentaban con el turismo y, principalmente, con los muchos trabajadores que tenían sus puestos de trabajo en el segundo más grande centro financiero, empresarial y comercial del país. Hoy, con el fin de muchas de estas actividades y cientos de estos establecimientos cerrados, la región sufre el abandono y es testigo, cada día, de filas con miles de personas sin hogar y necesitadas que se forman en busca de alimento. Este escenario se repite en muchas comunidades pobres, no solo en Río de Janeiro, sino en todo el país. Donde familias sufren el flagelo del hambre, situación que se vuelve aún más dramática con las escuelas públicas cerradas, donde muchos niños comían sus únicos alimentos diarios.

Sin embargo, es en este entorno crítico donde iniciativas como las que se han adoptado intentan garantizar, al menos, la seguridad alimentaria de estos millones de personas. Las organizaciones no gubernamentales y la propia sociedad, a través de iniciativas particulares y de empresas privadas, se han organizado para acercar alimentos y otros artículos de primera necesidad a estas poblaciones que padecen.

Aislado del mundo, Brasil sigue “a la deriva” tratando de atravesar esta “tormenta”. Y yo, como todo el pueblo brasileño, sigo luchando y resistiendo, siendo testigo de una de las páginas más tristes de la historia de mi país. Pero con la esperanza de que el aprendizaje que vendrá podrá contribuir a cambios estructurales en la sociedad brasileña. Habilitando un proyecto de nación que tenga como principales objetivos el ser humano y el medio ambiente.

Panorama Brasil – Relato da pandemia: 430.000 mortos

Robert Wagner Porto
Historiador e Periodista
Do Brasil

Sem a intenção de tecer considerações e análises sobre a grave crise política em que está mergulhado o Brasil, ainda que considere esse um dos principais fatores, senão o principal, para o cenário em que o país se encontra atualmente. Pretendo apenas, como alguém que tem testemunhado e vivenciado a escalada da pandemia e todos os seus desdobramentos no Brasil, apresentar aos leitores um breve panorama da situação atual daquele que, até poucos dias, era o epicentro da peste.

Há aproximadamente um ano, no dia 26 de maio de 2020, quando escrevi um texto para esse periódico, o Brasil já havia se tornado o novo epicentro da pandemia de Covid-19, então com 24.512 mortes e 391.222 casos, dados oficiais do Ministério da Saúde. Números que já impressionavam, não apenas pela grandeza, mas, principalmente, pela trágica projeção que se fazia em relação ao futuro próximo, tendo em conta o modo como essa crise sanitária sem precedentes vinha sendo gerida no país. Hoje, dia 14 de maio de 2021, com 430.596 mortes e 15.436.827 casos – números levantados por um consórcio de veículos de imprensa, dada a frequente inconsistência dos dados apresentados pelo Ministério da Saúde – o Brasil convive com uma média de óbitos de, aproximadamente, 1.917 pessoas por dia e, ao menos, três variantes diferentes do vírus circulando livremente pelo país.

Antes de completarmos os primeiros quatro meses deste ano, mais brasileiros morreram em razão da Covid-19 do que nos 289 dias da pandemia em 2020. Foram 195.949 mortes em 2021, contra 194.976 no ano passado. Dados que evidenciam que a situação do Brasil vem se agravando. Um país que se nega a estabelecer medidas consistentes de distanciamento social e se debate em uma vacinação lenta e seletiva, há meses representa um risco para a saúde mundial. Haja vista a real possibilidade do surgimento de novas mutações do vírus, mais resistentes e mortais, diante do cenário de absoluto descontrole da crise sanitária vivenciado pelo país.

Em razão de inúmeras situações, de natureza política e social, entre as quais destaco, além da diminuta consciência de parte da população acerca da grave realidade atual e da insistência do governo central em “tratamentos precoces” sem quaisquer comprovações científicas. A ausência de políticas centralizadas de combate à doença, com diretrizes sobre: distanciamento social, utilização de máscaras e restrições às atividades com potencial de provocar aglomerações. E ainda, uma gestão lastimável dos processos de aquisição / produção de vacinas, insumos e medicamentos. O Brasil vive, há tempos, um aumento vertical dos casos e mortes por Covid-19.

Frente ao exposto, um cenário que já é caótico, torna-se propenso a um agravamento ainda maior, mesmo em um país que dispõe de um dos mais amplos sistemas de saúde pública do mundo e um programa nacional de vacinação que, até então, era considerado referência mundial.

O colapso no sistema de saúde é uma realidade em muitos estados que, frente a demanda que se mantém em níveis muito elevados há mais de um ano, enfrentam a exaustão e consequente redução da força de trabalho especializada nos hospitais, além da falta de insumos básicos, como oxigênio e medicamentos para respiração mecânica. Culminando na morte de milhares de brasileiros, não apenas em leitos de hospitais, mas enquanto aguardam atendimento em suas casas, no chão de unidades de saúde e dentro de ambulâncias.

Um dos reflexos mais dramáticos da atual crise sanitária é o aumento da miséria e a presença da fome, como uma de suas faces mais cruéis. O desemprego generalizado e a brutal queda na renda das camadas médias e baixas da sociedade tem contribuído para um quadro de profunda crise social no qual a principal demanda é a segurança alimentar de milhares de pessoas que vivem nas ruas ou que sofrem com a fome em suas casas.

A região central do Rio de Janeiro, cidade onde vivo e segunda maior capital do país, retrata bem o panorama atual do país. Onde outrora pulsava um fluxo intenso de pessoas e carros, com diversos bares e estabelecimentos que se sustentavam com o turismo e, principalmente, com a massa de trabalhadores que tinham seus empregos no segundo maior centro financeiro, empresarial e comercial do país. Hoje, com o fim de muitas dessas atividades e centenas desses estabelecimentos fechados, a região sofre com o abandono e assiste, todos os dias, filas com milhares de moradores de rua e pessoas necessitadas se formarem em busca de comida. Cenário que se repete em muitas comunidades pobres, não apenas do Rio de Janeiro, mas de todo país. Onde famílias inteiras sofrem com o flagelo da fome, situação que se torna ainda mais dramática com as escolas públicas fechadas, onde muitas crianças realizavam suas únicas refeições diárias.

Entretanto, é nesse ambiente crítico que surgem iniciativas como as que têm sido adotadas no sentido de tentar garantir, minimamente, a segurança alimentar desses milhões de pessoas. Organizações não-governamentais e a própria sociedade, por meio de iniciativas de particulares e empresas privadas, têm se organizado para levar alimento e outros itens de primeira necessidade até essas populações que sofrem com o desemprego e a fome. Isolado do mundo, o Brasil segue “à deriva” tentando atravessar essa “tempestade”. E eu, como todo o povo brasileiro, sigo lutando e resistindo, testemunhando uma das páginas mais tristes da história de meu país. Mas com esperança de que o aprendizado que virá será capaz contribuir para mudanças estruturais na sociedade brasileira. Possibilitando um projeto de Nação que tenha como principais objetivos: o ser humano e o meio-ambiente.

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