La soberanía radica en el soberano, la ciudadanía. Esta no se transa ni se cede, se defiende con disciplina y rigor, ¡Rechazando el Vandalismo!
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Post 19: lo que se nos pide

Rodrigo Pulgar Castro

Doctor en Filosofía. Académico U. De Concepción.

¿Cuál es el papel en esta historia de las humanidades, y de manera especial de la filosofía más allá del discurso producto de la crítica sobre el momento? Es un dato que Unamuno, Jaspers, Camus, Foucault, Habermas,   Vattimo, Arendt, Derrida, Dussel, María Zambrano, Jorge Millas, Humberto  Giannini, y un largo etcétera solamente en los dos últimos siglos, y en distintas lenguas, lugares y tiempos,  permanecen  entre nosotros como  signos que la intelectualidad no rehúye el conflicto, no mira a la distancia los avatares humanos, no teme al compromiso, por el contrario, lo asume. Y lo asume por varias razones, y de todas las razones se destaca de un fondo común el significado de la vida, pues ésta reúne en sí la característica de  intencionar un modo de reflexión procurando develar sentidos diversos que pretenden dar cuenta de la riqueza humana, revelando su valor como un fin encarnado en personas con un rostro descubierto por los otros y otros o el otro u otra. Todo aquello asociado a lo político.

La intelectualidad en su reflexión responsable se hace cargo de un rostro –nos enseñaría Giannini si caminase hoy por nuestra cotidianeidad- que  se viste por necesidad de generosidad y de habla. Ese rostro tiene la particularidad de convertirse en una tensión que desafía la tranquilidad del espacio privado de reflexión. En fin: descubre una convocatoria para que el intelectual se preocupe y se ocupe él también de mostrarse como un necesitado de  respuesta a la desazón que lo envuelve y que oscurece el panorama del espacio de comodidad, por tanto, obligado a abrir la ventana para evaluar el valor de este estado vital en un ambiente de alta crispación política y social que ahora, por consecuencia, se presenta acotado como lugar de bienestar. Sin duda el que se revele en el rostro del otro que todo fue un engaño, un “oasis” en un continente y mundo confuso, resulta una prueba a su labor, pues ¿cómo la reconduce procurando resignificarla en medio de un pueblo del cual es parte que le pide pistas de salida, orientación, claridad y lucidez?

La existencia tiene rostro. Se trata de una existencia que en rumbo dinámico reconoce la necesidad de lo político. Mas no simplemente para verlo como una experiencia llevada por algunos y algunas, sino para discutir sus sentidos, y con especial atención en tiempos turbulentos que pone en duda su legitimidad y que, por lo mismo, vuelve a destacar la fragilidad de toda respuesta por lo perecedero de ésta; quizá debido al propósito ideológico que encierra cada respuesta dada. Entender aquello implica superar la concepción teórica desde la cual el actor político lee e interpreta la realidad como ejercicio privativo del cual –cree y sostiene las más de las veces-  sólo él está en condiciones de realizar. Lo cierto que por consistente que estime sea su argumento ideológico, la realidad supera con creces aquella. Ciertamente este aceptar implica superarse a sí mismo, y caminar en la cuerda de la fragilidad para no rechazarla sino para tomarla como un componente de la vida común y de su nuevo reflectar la realidad.

Por ello,  en este tiempo en donde la incertidumbre se descubre como un existencial, y que las demandas sociales la instalan permitiendo que la aceptemos como una factor de la vida cotidiana y con el significado ético que esto tiene,  ¿puede la academia soslayar su responsabilidad o el deber de manifestarse  sobre los acontecimientos; especialmente si estamos inmersos en un escenario en donde lo que se somete  al escrutinio son disímiles  respuestas a un continente de problemas asociados a la justicia, a los Derechos Humanos? Sinceramente,  no es posible. Y no lo es por herencia desde aquel instante en donde el sujeto de conciencia asume el deber de construir habitat dando origen a cosmovisiones, normas y formas culturales que logran fundir en un espacio temporal la urgencia por convivir de manera racional, y en donde cualquier otro ser humano es un fin,  nunca un medio. Todo esto es por una causa ética: el bien pretendido precisa ser discutido, y con fuerza en un contexto conflictuado por la disociación entre comunidad y política, signo a la vez de una fractura en la comunidad misma.  Mayor razón entonces de asumir un papel en el foro público en donde saltan a la vista situaciones estructurales que exigen cambios profundos, pues claramente los marcos de referencias, aquellos aspectos orientativos que cada cual reconoce como comunes y que por décadas han servido de justificación de los actos públicos (incluso privados no en pocas circunstancias, a causa del impedimento que las estructuras de poder asociados a enclaves conservadores establecen como cláusulas de comportamiento, y que la conciencia particular estima debe seguir a fin de evitar la sanción y la pena) , están en crisis, ya que se trata de una fractura con tal calado de profundidad que  pide renunciar –evaluando ciertamente como paso metodológico vías de organización y debates abiertos- a lo establecido como marco constitucional, para  fecundar entre todos y todas uno más plástico, dúctil y que recoja en su seno no lo pensado exclusivamente por la elite política sino lo discernido por la comunidad   desde el parámetro inclusivo.

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