«La paz es hija de la convivencia, de la educación, del diálogo. El respeto a las culturas milenarias es hacer nacer la paz en el presente». Rigoberta Menchú, activista por los derechos indígenas.

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¿Realidad o distopia?

Rodrigo Pulgar Castro

Doctor en Filosofía. Académico U. De Concepción.

La posibilidad de disentir es cancelada y, de paso, vetado quien se atreve a no sólo decir lo contrario, sino a comunicar el simple hecho de pensar distinto. Este extremo parece novela distópica, pero es historia reciente, y advertida en la tipología política como elemento que define no para pocas personas su esencia. El problema que este juego de negación del disentir concluye por descartar la práctica de la política como factor de construcción del espacio común.  Y si es así, ¿qué esperar aparte de una especie de campos de quiebre social? Este hecho político es visible en frases hechas las más de las veces de lugares comunes y asociados a  nombres propios, a clases, barrios o territorios identificable como enemigos: los unos que son los míos versus los otros.

El énfasis puesto en indicar la figura del otro como un contrario sinónimo de enemigo es, nada más y nada menos, una conversión de sujeto a objeto, por tanto, potencialmente eliminable como lugar de experiencia de reciprocidad. Pero esto tiene por efecto el autoengaño principalmente para quien realiza el acto de cancelar al otro, ya que la posibilidad de reflexionar sobre sí mismo se pierde al faltar ese alguien, ese rostro, que tiene la tarea -consciente o inconsciente- de comportarse como instancia refleja, como lugar en donde se transparenta la realidad personal permitiendo su conocimiento, por tanto, facilitando sus elecciones vitales.

Oculto el prójimo como un igual, necesariamente la lejanía se torna un componente de la realidad no solo personal, sino además socio-política. Ahí, oculto el prójimo -el próximo a mí- se palpa la sensación de carencia, la sensación de temor; miedo que, lo hemos indicado en otros artículos, es un componente de la desconfianza. El miedo avanza a medida que avanza la desconfianza. El efecto: la figura del excluido. Todo este fenómeno de la negación se vuelve narrativa política, relato de identidad. Cruzado el territorio por ese discurso se configura la mecánica de exclusión; mecánica, pues desde ahí se mueve el desplazamiento constructivo del espacio humano. Este proceso es disruptivo.

Quizá debemos buscar en la memoria colectiva -entendida como lugar de reflexión-ese elemento disruptivo que acusa el impulso para negar la legitimidad de una posición distinta en el proceso de pensar la realidad. El asunto que, si el juego del diálogo se conduce de manera principal por la advertencia del peligro de ser excluido del diálogo por decir pensar distinto, no hay posibilidad alguna de construir normas generales, acuerdos, otro contrato social. Ahí se revela, en este modo, ausencia de un pensar crítico que, por cierto, al ser crítico, no elimina el riesgo de dialogar con otras interpretaciones de la realidad. Al contrario, se alimenta de variadas formas interpretativas, pues entiende que  ellas se descubren modos originales de construir respuestas a demandas de vida en común en territorios donde conviven -a veces forzadamente-, cosmovisiones distintas, pero verdaderas no solamente válidas para comunidades que, ya de por sí son complejas de descifrar.  

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