El orgullo en exceso, como forma de vida, da paso a la arrogancia, esta es , sin lugar a dudas un elemento contaminante en las relaciones humanas y en las comunicaciones. ...pero además, ¡¡¡ contribuyen a la soledad y generan enajenación social!!!
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SEPIA

Gladys Semillán Villanueva

Embajadora por la Paz de las Naciones Unidas por la Letras UNILETRAS. Ave viajera de Semillas para la Juventud

Desde Castelar, Argentina

​El color de los recuerdos.
El silencio me persigue, lo siento tan a mi lado que casi me toma la mano.
Y acicatea la idea de salir a buscarme en aquellos días tan lejanos,
la vida y su cauce.
Mis días de sueños, de atrevidas jornadas plenas de alegrías.
De vivir a la luz del sol y retirarme como la luna, despacito recordando
Tantas cosas que fueron por aquellas horas levemente esfumadas.

La memoria no pone colores a las imágenes, las cubre de un
sepia misterioso encantador
y hace las figuras y los hechos como saliendo de un cuento.
Si, como un cuento el amor, la amistad, el compañerismo, la experiencia de la docente, la mirada de las alumnas, el gesto de confianza,
la ternura sin renuncias de la familia.

Y las ilusiones, volando como «anduriñas» por el espacio tibio que las trajo para quedarse hasta que se anuncie el frío.
Quizás esas mismas que me crucé en otra orilla y se desplazaban dueñas y señoras del azul infinito de una mañana en una playa lejana de mi geografía pero absolutamente cercana a mi corazón.
Esa que quise fuera mi otra tierra pero no fue…y ya no me importa…pues igual entro y salgo de sus fronteras sin que nadie me ponga una piedra.

Sepia.
Las callecitas, las gentes, mi presencia en la puerta de la casa de la abuela, la campana oxidada, los escalones con hojarasca, los eucaliptus fragantes y las castañas por el suelo.
Mas aquel pañuelo que se enganchó en el roble y no alcanzaba a desprenderlo.
Mi protesta diciendo…»¿quieres quedarte de recuerdo?»

Cruzar el puente romano y sentarme en la orilla como una peregrina más bebiendo un sorbo del agua de la fuente marcada para los caminantes.
Sentir una gaita a lo lejos recordando en su melodía esa «negra sombra» de Rosalía, y sentir que todo me enamoraba, me aprisionaba de tal manera que ya no sabía de dónde era.

Sepia,
en el pasado, las lágrimas en las riberas del Lérez, donde jugaba primero mi abuela y luego mi madre en esa barca encallada que despertó mi vuelo de poeta y pintora.
Sí,…ese tono desvaído que no solo guarda formas, también sonidos y aromas.
El silencio me sigue, no se conforma, me obliga a rendirme ante el silencio del silencio.

Me aquieto, los brazos me abrazan, inclino la cabeza sobre el hombro y dirijo la mirada al costado encontrándome otra vez con el cielo.
Es lo único que no está sepia.

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