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SÓCRATES. ENTRE LA OBEDIENCIA Y LA REBELIÓN.

SÓCRATES. ENTRE LA OBEDIENCIA Y LA REBELIÓN.

“Ya sabes, Equécrates, cuál fue el fin del hombre de quien podemos decir que ha sido el mejor de los mortales que hemos conocido en nuestro tiempo, y además el más sabio y el más justo de los hombres”
Fedón, o de la inmoratalidad del Alma
Platón[1]

“Para mi que lo he conocido tal como lo he pintado : tan piadoso, que nada hacía sin el consentimiento de los dioses, tan justo que jamás hizo mal alguno a nadie e hizo los mayores servicios a quienes frecuentaban su trato, continente que jamás prefirió lo agradable a lo honesto, tan prudente, que jamás se equivocó en la apreciación del bien y del mal; dotado para la inteligencia de tales cosas, capaz de explicarlas y definirlas, hábil para juzgar a las personas, para ponerles de manifiesto sus faltas, convertirlas a la virtud y al bien, me parecía hecho para ser el mejor y el más feliz de los hombres”
Recuerdos de Sócrates
Jenofonte[2]

 

Considerado uno de los mayores exponentes de la filosofía universal, Sócrates, sabio ateniense nacido alrededor del 470 ac, falleció condenado a muerte por un tribunal en el marco de un proceso injustamente incoado en su contra, por hacer investigaciones acerca de las cosas que hay bajo tierra y acerca de las cosas celestes; de enseñar a los jóvenes a dar vuelta argumentos, haciendo que el error primara sobre la verdad, la injusticia sobre la justicia; se decía que él no creía en los dioses que adoraba la ciudad y, cosa mucho peor aún, que introducía dioses nuevos.

La pena que se solicitaba por los acusadores era la de muerte. Ahora, Sócrates pudo haber salvado su vida de varias maneras. Pudo haber eludido el juicio, pero decidió hacerle frente. Luego de haber sido declarado culpable por el tribunal, pudo haber solicitado una pena inferior, como una cuantiosa multa o aceptar el destierro. Pero burlándose de estas opciones que se le dieron por sus juzgadores, pidió ser alojado en el Pritaneo, que era considerado un honor sólo accesible a los grandes servidores de la ciudad. Luego, estando en prisión, a la espera de su ejecución, pudo haber huído con la ayuda de sus amigos. Sócrates, sin embargo, se negó a torcer su destino.

En su Apología, Jenofonte expresa que: “Se le instaba para que conmutase él mismo la pena de muerte por una multa pecuniaria. No lo consintió, y prohibió a sus amigos que pensaran en ello, observando que sería confesarse culpable el condenarse a una multa. Sus amigos querían también facilitar su evasión. Se negó a ello; les preguntó incluso bromeando, si conocían fuera del Ática un lugar inaccesible a la muerte”.[3]

¿Porqué lo hizo? ¿No habría sido más provechoso haber seguido viviendo? ¿Haber seguido educando a sus discípulos y a sus hijos? ¿No haberlos abandonado? ¿Que llevó a Sócrates a decidir negarse a vivir? ¿Habrá sido un acto de obediencia o de rebelión? Esto es la pregunta que trataremos de dilucidar en las siguientes líneas.

Sócrates planteaba que una vida en la que no era posible someter a examen los hechos y los actores de la vida junto con sus principios, era una vida indigna de ser vivida.

Genáro Godoy señala que el discurso filosófico de Sócrates es un método de búsqueda y cuando pide con insistencia la definición de la justicia, de la santidad o de la virtud, no es por que él ya tenga esa definición y se divierta en escamotearla, sino porque no la tiene pero la busca, con un sincero afán de llegar al punto de origen de esos valores.[4]

En cuanto a la acción y los alcances de la misma, se desprende de sus dichos, que se deben de mantener las convicciones y el lugar que a cada uno le ha correspondido ocupar siempre.

Así Platón, en la Apología, expresa que Sócrates dice: “Así están las cosas, atenienses, con respecto a la verdad. Allí donde uno se coloque, sea porque estimó que era mejor, o porque allí fue colocado por su comandante, allí debe permanecer y correr todos los riesgos, según creo, sin hacer cálculos acerca de la muerte o de cualquier otra cosa, salvo que de una acción vergonzosa”.[5]

Sócrates asumió que su deber era trabajar en busca de la sabiduría, esa era la posición en la que había sido ubicado por los dioses, esa era su función y para el caso de abandonar la misión que le había sido encomendada, por miedo a la muerte o por cualquier otro padecimiento, incurriría en una acción vergonzosa, que haría que la vida no valiera ya la pena.

Sócrates desconocía que era la muerte, y por lo tanto afirmaba que ignoraba si era un bien o un mal. Si sabía que obrar mal y no obedecer al mejor era malo y vergonzoso: “…frente a aquellos males que yo conozco como tales , y que no sé si podrían resultar siendo verdaderos bienes, no tendré miedo ni huiré nunca de ellos.”[6]

Más adelante, incluso ya condenado, expresó: “…que hay una gran esperanza de que la muerte sea un bien. Morir es una de estas dos cosas: o el muerto deja de ser y no tiene ninguna sensación de nada, o, de acuerdo con lo que se dice, la muerte viene a ser una transferencia, una migración de este lugar a otro. Si no hay ninguna sensación y es como una especie de sueño en que el durmiente no tiene sueños, la muerte sería una admirable ganancia”.[7] Asumía que la muerte no tenía porque ser necesariamente un mal, toda vez que podría tratarse de un descanso eterno. Ni recuerdos, ni sueños, o bien una oportunidad para reencontrarse con grandes personajes, es decir se trataría de una ganancia, de un paso hacia la perfección o de la felicidad misma, al estar cada vez más cerca de la sabiduría y al quedar liberado de todo fastidio del mundo terrenal.

Sócrates, frente a lo que ignoraba, no temía. Más aún, si hubiese sido liberado bajo condición de abandonar la filosofía so pena de ser condenado a muerte, él mismo expresaba: “…mientras tenga aliento y pueda hacerlo, no hay ninguna probabilidad de que deje de filosofar, de exhortaros, de enseñar siempre a todo aquel de vosotros en quien me tropiece, diciendo lo que siempre tuve costumbre de decir…” Luego agregaba: “Por esto, atenienses, si acogéis la acusación de Anito o la rechazáis, si me absolvéis o me condenáis, debéis saber que no haré nunca otra cosa, así tenga que morir mil veces”.[8]

Sócrates era un soldado de la filosofía, y como tal, debía realizar la misión que le había sido encomendada, sin abandonarla, sin ser cobarde, no importando los riesgos y menos el hecho de ser sujeto de un juicio injusto, que al él no lo hacía menos, sino que por el contrario, lo enaltecía.

El filósofo decía: “Pero ha llegado la hora de que nos vayamos, yo a morir, vosotros a vivir. Quien de nosotros se encamina hacia un destino mejor, es incierto para todos, salvo para el dios”.[9]

En “Critón”, Platón replica el diálogo que habría tenido su maestro con el discípulo que inspiró el nombre de la obra y que para convencer a Sócrates le enumeró una serie de razones por las que debería fugarse:

  1. La afección del propio Critón, al perder a su amigo y maestro Sócrates.
  2. Se pensaría que Critón no invirtió dinero en salvar a Sócrates y por lo tanto sería considerado un miserable que lo ha abandonado.
  3. En el caso que Sócrates se escape, Critón podrá evadir las acusaciones de los informantes y sicofantes; y defenderse.
  4. De permitir que lo ejecuten, Sócrates le estaría haciendo un favor a sus enemigos al consentir en alcanzar el objetivo que ellos buscaban.
  5. De permitir que lo ejecuten, abandonará Sócrates a sus hijos, sin criarlos ni educarlos.
  6. Sócrates perdería la posibilidad de continuar cultivándose y de contribuir a la educación del resto.
  7. De ser ejecutado, se pensaría que sus amigos son unos inútiles y cobardes.

Sin embargo, Sócrates está convencido respecto que no puede basar su decisión en “el que dirán”, en la opinión del vulgo, ya que para ciertas cosas es necesario seguir la opinión de un experto y no de la mayoría. De seguirse la opinión de la mayoría ignorante, nos arriesgaríamos a sufrir daño y en vernos privados de un bien.

No se detiene latamente a examinar la situación de sus hijos, ya que confiaba en que sus amigos se harían cargo de ellos y que estarían mejor que si el decidiese escapar. Por lo demás, creía que era mejor morir o sufrir cualquier daño en lugar de obrar de modo injusto.

Lo importante no es sólo vivir, sino que vivir bien, y vivir bien era para Sócrates vivir en forma noble y justa.  Así decía a Critón: “…que no es el vivir lo que hay que considerar como lo más importante, sino el vivir bien”[10] . Luego agregaba que “El vivir bien, noblemente y justamente son lo mismo…”[11].

La pregunta a responder entonces era si Sócrates decidía escapar, esta conducta ¿sería justa y contribuiría a la felicidad del filósofo o sería injusta y generaría un efecto contrario?

No podemos obrar de manera injusta, aunque frente a una acción que consideramos también injusta. Aún para evitar sus consecuencias. Esto sería nefasto por tratarse de una venganza o de una represalia, lo que no sólo constituiría un acto moralmente vergonzoso sino que sería al mismo tiempo perjudicial y malo para el agente.

Sócrates expresaba esto en diversos pasajes: “…el cometer injusticia resulta ser a la vez, malo y vergonzoso en todo sentido para el que la comete”[12]; “…tampoco se debe retribuir con una injusticia cuando uno padece injusticia…”[13]; “Por lo tanto, no hay que retribuir una injusticia ni hacerle un mal a nadie, ni siquiera si uno ha padecido a manos de esa persona”[14]; “…que nunca es correcto cometer o retribuir una injusticia, ni tampoco defenderse retribuyendo un mal cuando uno ha sufrido un mal.”[15]

Para fundar aún más su decisión, construyó el argumento de la obligación nacida de un acuerdo. Si este acuerdo nace de un marco comúmente preestablecido, aunque tácito, y de necesidades justas, no puede vulnerarse el mismo sopretexto de existir una injusticia. Por este acuerdo, Sócrates se habría obligado a obedecer la ley para con la ciudad de Atenas.

En este sentido, Sócrates había acordado someterse a las leyes de Atenas, sean positivos o negativos los efectos que de esto resultase. Si él vulneraba las leyes, sino acataba las sentencias de los tribunales, estaría dando pie para que culaquiera que estimara que una sentencia fuese injsuta, no la acatese, contribuyendo a las destrucción de la ciudad. No era posible que subsistiera una ciudad en la que se vulneraran las sentencias de los tribunales y si intentaba huir estaría contribuyendo a destruir la ciudad. Esto sería incurrir en una represalia y no un acto de justicia.

Simplemente se debe persuadir u obedecer.

No podemos en todo caso concluir que Sócrates postulaba un acatamiento ciego e irrestricto a la ley, puesto que en dos situaciones el rompió con este mandato, por tratarse de normas que ordenaban obrar injustamente:

  1. El caso de los Treinta Tiranos, que le ordenaron a él y a otros arrestar a León de Salamina, un político del bando democrático, para ejecutarlo sin juicio, negándose a acatar la orden por ser injusta.
  2. La situación hipotética en la que se le ordenara no filosofar, él la desobedecería, áun cuando se le condenase a muerte, por tratarse de una misión que le fue encomendada por el dios Apolo. Tratándose de un mandato divino, su conducta sería injusta.

Pero si se es objeto de una injusticia y para evitarla era necesario incurrir en otra injusticia, entonces se tenía la obligación de obedecer. Era preferible padecer una injusticia más que cometerla. Ser injusto es malo y vergonzoso, padecerlo no lo es.

El rechazo en hacer daño a otros y no violar acuerdos justos condujeron a Sócrates a concluir que escapar era injusto y por lo tanto, malo.

La injusticia contra él cometida no fue de las leyes, sino que de los hombres que la aplicaron.  Así en el diálogo de Platón, se puede resumir lo expresado en lo que dirían las Leyes, según el propio Sócrates: “Ahora te irás, si es que te vas, como víctima de una injusticia cometida no por nosotras las leyes sino por los hombres. Pero si te escapas, lo harás en forma vergonzosa, devolviendo injusticia por injusticia y mal por mal, violando tus acuerdos y pactos con nosotras y haciéndole un mal a los que menos deberías hacérselo: a ti mismo, a tus amigos, a tu patria y a nosotros”. [16]

Pero podría al mismo tiempo, sin ser un acto injusto, estimarse que Sócrates incurrió en un acto de rebeldía, no hacia el proceso formal incoado, sino contra aquellos hombres que lo juzgaban, que utilizaron las instituciones de Atenas para someterlo. Ellos sólo esperaban una retractación, y al no obtenerla, el destierro, lo que Sócrates no aceptó. Entonces, conociendo las consecuencias de su decisión, sabiendo que esto podría significarle la muerte, obró contra lo que sus juzgadores esperaban. Esta conducta contraria a la previsible, generó una sentencia dictada conforme a la ley de Atenas, con arreglo a los procedimientos consagrados, pero injusta. Se produjo una paradoja, en la que aun cuando se dio un procedimiento formalmente válido, no se dictó una sentencia justa, lo que lamentablemente se ha repetido varias veces en la historia.

El proceso judicial, con todos sus rituales y formas, constituye una herramienta utilizada por los hombres en post de sus objetivos que pueden ser espurios, como el de los acusadores de Sócrates, que simplemente buscaban domesticarlo, humillarlo, desterrarlo. Con su decisión, Sócrates no incurrió en un acto injusto, no vulneró las leyes de la ciudad y tampoco le dio el gusto a sus enemigos. No se sometió y continuó firme con su convicción en lo que respecta al papel que le correspondía en vida, que él asumía se le había encomendado por los dioses; señalando expresamente que para el caso que se le impusiera la prohibición de seguir filosofando so pena de muerte, él aún existiendo el riesgo de morir, cumpliría con su destino. La postura asumida por Sócrates en el juicio, la argumentación utilizada al defenderse, su negativa a que se le conmutara la pena de muerte por otra sanción, su decisión de no huir ni antes ni después del juicio, nos permite afirmar que efectivamente se trataba de un hombre excepcional, incapaz de traicionar a otros e incapaz de traicionarse a sí mismo. Convencido de la necesidad de obedecer la ley, pero también capaz de rebelarse contra aquellos que amparándose en la misma, pretendían ejecutar un acto injusto, logrando torcer sus pretensiones y decidiendo finalmente morir por lo que creía.

El quiso ser íntegro y actuar conforme a sus propias convicciones, de aquellas por las que había luchado toda una vida y a las que había también dedicado la enseñanza.

Para Simón Critchley, los filósofos clásicos vivían en relación con la muerte. Por eso Sócrates, antes de morir, le pidió a Critón que no olvidara ofrendarle un gallo a Asclepio, ya que éste era el dios de la curación y “la ofrenda de un sacrificio era algo que hacían antes de irse a dormir quienes padecían alguna dolencia con la esperanza de levantarse curados. Así, la muerte es un sueño curativo.”[17]

 

Andrés Cruz Carrasco.
Abogado. Udec
Magister en Filosofía moral.
Magister en Ciencias Políticas.

 


[1] Platón, “Diálogos: Fedón o la inmortalidad del alma”; Editorial Espasa Calpe S.A., Madrid 2007; p. 221.

[2] Jenofonte, “Recuerdos de Sócrates”; Editorial Universidad Autónoma de México; Ciudad de México, 1947; p. 353.

[3] Jenofonte; “Vida y doctirnas de Sócrates: Apología”; Ediciones Ercilla; Santiago de Chile, 1940; p. 147.

[4] Godoy, Génaro. Introducción “Platón: Apología de Sócrates”; Editorial Universitaria; Santiago de Chile, 1983; p. 20.

[5] Platón, “Apología de Sócrates”; Ediatorial Universitaria; Santiago de Chile, 1983, p. 51.

[6] Platón, ob.cit; p. 52.

[7] Platón, ob. cit; p. 73.

[8] Platón, ob.cit; p. 53.

[9] Platón, ob.cit; p. 75.

[10] Platón; “Critón”; Editorial Universitaria, Santiago de Chile, 2004; p. 40.

[11] Platón; ob.cit.; p. 40.

[12] Platón; ob.cit.; p. 45.

[13] Platón; ob.cit.; p. 45.

[14] Platón; ob.cit., p. 46.

[15] Platón; ob.cit.; p. 46.

[16] Platón; ob.cit.; 63.

[17] Critchley, Simon; “El libro de los filósofos muertos”; Santillana Ediciones Generales S.l.; Madrid, 2008; p. 24.

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