«La paz es hija de la convivencia, de la educación, del diálogo. El respeto a las culturas milenarias es hacer nacer la paz en el presente». Rigoberta Menchú, activista por los derechos indígenas.

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¿Tendremos futuro como nación?

Equipo laventanaciudadana.cl

Periodismo ciudadano.

La realidad que vive el país, nuestra realidad, está entrecruzada por una serie de hilos que no forman un cuadro armónico sino que, por el contrario, constituyen una enrevesada maraña que resulta incomprensible para el grueso de la población, generando angustias personales e incertidumbres sociales. Todo va mucho más allá de la indignación que provocan los privilegios, las injusticias e inequidades, los abusos de toda índole y, hay que recalcarlo, la ineficacia e ineficiencia con que la gente ve que el Estado, en todos sus niveles, atiende lo que constituyen problemas vitales.

Desde el punto de vista de la institucionalidad, la atención estará centrada no solo en el proceso constituyente (que se vislumbra con un grado importante de conflictividad), sino en la inercial marcha que, en paralelo, nos llevará a seguir con la secuela de votaciones primarias (sean ellas legales o convencionales), y con las elecciones de parlamentarios y de Presidente de la República (probablemente, ésta, en dos vueltas). No es muy aventurado intuir que la tradicional selección de estas autoridades, por responder a lo concreto y a lo ya conocido, sea priorizada por la ciudadanía.

Por la forma en que han evolucionado los hechos, dentro de algunos meses nos deslizaremos por una pendiente bastante peligrosa en la que veremos, por un lado, a parte importante de los miembros de la Convención Constituyente pretendiendo autodefinirse como representantes exclusivos de la soberanía popular y buscando asumir las funciones propias de otros poderes del Estado, confrontados con un nuevo Parlamento y un nuevo Poder Ejecutivo recién electos y cuya legitimidad democrática sería asimismo incuestionable.

Tal desafío debe ser abordado con un profundo sentido de nación si lo que buscamos es convivir en una comunidad democrática o, si por el contrario, pretendemos conflictivizar ad eternum nuestros problemas.

El proceso de elaboración de una nueva carta fundamental para Chile, quedó sujeto, desde sus inicios, a una normativa que fue de hecho aceptada por quienes sometieron sus nombres a la consideración de la ciudadanía. En buenas cuentas, se trataba de construir un nuevo orden jurídico – institucional que eliminara los nudos establecidos en la Constitución de 1980 y que amarraban nuestro destino como país a un modelo político, económico, social y cultural basado en el individualismo y en la tácita consolidación de privilegios favorables a los intereses de minorías exclusivas y excluyentes.

Este nuevo orden, fundado en valores tan básicos como el reconocimiento efectivo de la dignidad y de los derechos fundamentales de cada persona y en principios de justicia y equidad, debe desenvolverse en el seno de una sociedad en que la democracia participativa sea una vivencia real y no una mera formalidad carente de contenidos esenciales.

Resulta, en consecuencia, absolutamente inaceptable que determinados grupos o facciones, cualquiera sea su color, pretendan arrogarse tanto la propiedad como el derecho al ejercicio de la soberanía nacional.

No están tan lejanos en la historia los casos en que los ejércitos, sin tener más título que las armas, han sometido a sus pueblos proclamándose dueños de la soberanía y protectores de la nación; en que el fascismo y el nazismo alcanzaron el poder en nombre de un nacionalismo populista con funestas e inolvidables consecuencias; en que seudos partidos populares pretendieron ejercer el poder en el nombre del pueblo aunque solo se trataba de burocráticas nomenklaturas.

Sin lugar a dudas que nuestro país está en una verdadera encrucijada y solo depende de nosotros mismos, como conjunto de ciudadanos empoderados, que atinemos y seamos capaces de encontrar el camino adecuado.

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