El Neoliberalismo, ante tragedias medio ambientales, prefiere cerrar colegios y no las empresas que contaminan, en definitiva, el Neoliberalismo valora más al empresariado que los niños, los colegios y la ciudadanía… Y, nosotros qué hacemos?
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El Instituto Nacional: reprimir o educar

Rafael Luis Gumucio Rivas

Profesor de Historia. Ex director Instituto de historia Universidad Católica de Valparaíso.

Convertir un establecimiento educacional en un campo de batalla campal, entre un pequeño grupo de exaltados, además de la brutalidad de las Fuerzas Especiales de Carabineros, no puede sino ser condenada por la unanimidad de las personas con un mínimo de sentido común. La violencia siempre es condenable, y aún más, si se apropia e institucionaliza en el histórico Instituto Nacional o en cualquier otro establecimiento educacional.

Hay que dejar de lado la picaresca amenaza de muerte contra el alcalde, Felipe Alessandri, y la querella contra la intendente, por injurias y calumnias; pues el problema de fondo es mucho más grave que las bombas molotov y la invasión del Liceo por las Fuerzas Especiales, que son aprovechadas por una prensa que quiere ganar rating y, sobre todo, desprestigiar el movimiento estudiantil. En el caso del Instituto Nacional y de otros liceos llamados emblemáticos, su crisis es la expresión del grave deterioro de la educación pública chilena.

A través de nuestra historia, el estado docente fue el constructor educativo del ethos republicano. Chile fue capaz de formar a grandes educadores, entre ellos Enrique Molina, Valentín Letelier, Abdón Cifuentes; intelectuales y poetas como Pablo Neruda y Gabriela Mistral, además de Presidentes de la República. La lucha entre el estado docente y la educación católica ha marcado gran parte de nuestra historia republicana.

En 1920, se logró la aprobación de la Ley de Instrucción Primaria Obligatoria y Gratuita, cuya implementación fue resistida por los latifundistas, bajo el viejo lema “la ley se acata, pero no se cumple”.

En 1925, el Estado se separó de la Iglesia, “pero ésta no del Estado”, como decía el cardenal Crecente Errázuriz. Hasta nuestros días, la Iglesia es el gran semillero en la formación de dirigentes políticos y empresariales, especialmente del 1% más rico del país (basta recordar que gran parte de los miembros del gabinete ministerial de los dos gobiernos del presidente Sebastián Piñera han egresado de colegios particulares pagados y, luego, de la Universidad Católica).

La Derecha siempre ha entendido el orden como la forma de imponer su voluntad sobre la base de ejercer el poder mediante la coerción por medio de la fuerza bruta. Los presos eran paseados por las calles encadenados, pues la oligarquía temía que los “rotos” de la Chimba (actual Independencia y Recoleta), se apropiaran del centro de Santiago y, para tenerlos observados, construyó la terraza del Cerro Huelén (leer Jocelyn-Holt, El Peso de la Noche).

La actual ministra de Educación, Marcela Cubillos; su patrón, Sebastián Piñera; y el alcalde, Felipe Alessandri, todos ellos egresados de colegios particulares, hacen gala de desprecio por la educación pública pues, como buenos partidarios del mercado, su modelo es el Sistema Voucher, entregando la educación al mercado y a la libre competencia. En este sentido, al igual que en la salud, los liceos y hospitales públicos existen para servir a los carenciados cultural y físicamente. La libre elección por parte de los padres y apoderados es una expresión de la educación de mercado: “los ricos con los ricos y los pobres con los pobres”.

Para responder a las sentidas demandas de los involucrados en la educación pública, el alcalde de Santiago recurre a la famosa idea del “aula segura”, proyecto estrella de la ministra Cubillos. Ésta consiste en tratar a los estudiantes como delincuentes, convertir los colegios públicos en cárceles; llegando hasta la  propuesta de revisión de sus mochilas por parte de los apoderados, atropellando, incluso, la Constitución. El ideal de estos personajes, sería que el profesor fuera acompañado en el aula por un carabinero, una especie de orden orwelliano en los establecimientos educacionales.

El estado en que actualmente se encuentran los liceos es verdaderamente catastrófico, no sólo en su infraestructura (pisos, muros, baños, escaleras y pupitres, que en el caso del Instituto Nacional son del siglo XIX), sino también en la implementación de políticas de enseñanza-aprendizaje, muy propias de comienzos del siglo XX. Como si la ciencia pedagógica no hubiese evolucionado a la par del desarrollo humano. Basta ver las salas de clase del Instituto Nacional para deducir que predomina la cátedra sobre la participación de los alumnos.

Este gobierno en especial ha convertido a los profesores en unos burócratas, que gastan gran parte de su tiempo en informes por triplicado, y traen escritos los dictados desde comienzos del ciclo escolar (si no corresponden a años pasados). A los profesores se les somete, además, a una doble evaluación y están sometidos a la competencia que se mueve por la competencia de pruebas estandarizadas, que impiden el raciocinio por parte de los alumnos.

Cabe preguntarse -como lo hacía Andrés Bello- “por qué los peones tienen que saber más que las cuatro operaciones…”  El drama de la educación pública es que no forma a futuros ciudadanos libres y críticos, sino que domestica a consumidores, ávidos de dinero que se puede adquirir sin mayores esfuerzos mediante el robo y la corrupción. El Instituto Nacional nació con la República y empieza a decaer cuando ésta agoniza.

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