
EDITORIAL. El Chile que queremos.
Si fijamos nuestra atención a los tiempos que vivimos, hay dos hitos que, de alguna manera, determinan un cierto cambio de época: Uno, la asunción del electo presidente de la república José Antonio Kast, constitucionalmente programada para el próximo 11 de marzo; otro, el inicio de un nuevo año que bien puede señalarse como el inicio del segundo cuarto del siglo XXI.
Lo anterior, debiera llevarnos a una reflexión muy profunda acerca del tipo de sociedad a que aspiramos y, por supuesto, de la responsabilidad que a cada uno de nosotros nos corresponde en la construcción de una comunidad nacional.
Aunque existe una tentación fuerte a eludir consideraciones que nos molestan o nos parecen incómodas, hay por delante un deber primordial frente a nuestros hijos y a los hijos de nuestros hijos en sucesión inacabable, que nos obliga a soñar con una sociedad distinta y a trabajar para lograrlo.
Un punto de partida ineludible es reconocer que vivimos en un medio cargado de amargura y agresividad, en que la odiosidad, el ataque artero y la desconfianza mutua, predominan y ocupan todos los espacios comunicacionales disponibles para promover una cultura de antivalores realmente inaceptables. Basta con disponer de algunos minutos para prestar oídos a la televisión abierta y al maremágnum de las redes sociales, para constatar el predominio de voces que destacan por la injuria sistemática o el debate inconducente en que no se razona, sino que se grita. Al respecto, es imprescindible destacar el rol de dos empresas en este terreno. Por un lado, El Mercurio que formalmente mantiene el aspecto de “prensa seria” y que, paralelamente, mantiene su edición ‘on line’, EMOL que, junto con la entrega de breves noticias, abre las puertas a una sarta de comentarios, muchas veces injuriosos o calumniosos enviados por individuos que los suscriben con nombres y domicilios notoriamente falsos y que contradicen las propias definiciones editoriales del mismo medio. Por otro lado, tenemos el caso de Televisión Nacional de Chile que, manteniendo un tono moderado, se muestra como un ente anodino que elude la gran tarea de formar en valores socialmente positivos.
Todas las consideraciones anteriores, nos conducen inevitablemente a realizar un gran debate nacional, sobre el Chile que queremos. Ello se enmarca en el desafío urgente de avanzar en la concreción de una sociedad solidaria en que, en los diversos campos de nuestra vida relacional, aprendamos y eduquemos en la necesidad de sustituirla por un modo respetuoso a los demás, lo que implica no solo la vivencia de buenas conductas sino la toma de conciencia de que sin justicia y reconocimiento de que los derechos de otros son tan buenos y exigibles como los propios.
La sociedad de la violencia y el odio, debemos sustituirla por la de la amistad cívica y por la necesidad imperiosa de tener una patria buena y justa para todos.







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