El orgullo en exceso, como forma de vida, da paso a la arrogancia, esta es , sin lugar a dudas un elemento contaminante en las relaciones humanas y en las comunicaciones. ...pero además, ¡¡¡ contribuyen a la soledad y generan enajenación social!!!
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Un espíritu sereno

Marta Ibaceta Cárdenas

Ingeniera Comercial y escritora

Cuando leo “Es olvido” de Nicanor Parra, siento que sus versos están concebidos por una mente matemática, como un mínimo común múltiplo. Es que es un poema referido a la muerte de una joven que aparentemente lo amaba, hecho del cual él nunca se enteró, joven que tenía ciertos rasgos de personalidad perfectamente atribuibles a amigos.

El martes que pasó falleció un amigo. Esperaba esa noticia. Mas, cuándo ésta llegó me cayó como un rayo.

Mi amigo se llamaba Esteban. Lo era también de mi marido, pero la relación de ellos era de camaradas, de socios activos de la junta de vecinos del barrio dónde vivimos. Antes de esta enfermedad, caminaba rápido mínimo 40 a 50 cuadras diarias. Nuestra relación con Esteban nació añares ya en la campaña por el NO y se revitalizó, la mía específicamente, en los últimos cinco, seis años por sus habilidades computacionales ideales para apoyarme en él cuando tuve panas importantes de mi compu, quien, a como diera lugar, se hacía un espacio para ayudarme.

Esteban era casi colorín, cejudo y gentil. Y aquí viene mi robo a Nicanor de su mínimo común múltiplo “Me gustaba / Su inmaterial y vaga compañía / Que era como el espíritu sereno / Que a las flores domésticas anima / Yo no puedo ocultar de ningún modo / La importancia que tuvo su sonrisa”.  Sí, pues. Llegaba siempre sonriente a mi casa a arreglar mis desaguisados, yo le ofrecía un buen café, galletas que normalmente no comía; lo dejaba trabajar mirando sin entender mucho qué hacía y sólo disponible para contestar sus preguntas imprescindibles para resolver el problema en cuestión. No pocas veces compartimos en la terraza veraniega una cerveza, lo máximo que aceptaba después de mucho rogarle.

Esteban hablaba poco. Pero sí de su familia lo suficiente para saber cuánto amaba a su hija Paula, a sus nietos y a sus otros dos hijos, uno en Australia. Compartíamos mutuo amor por el lago Calafquén, él con casa en Coñaripe, nosotros en Lican Ray.  Lo sentí siempre como un hombre satisfecho con la vida, sin ninguna aspiración más allá de volver a Australia o del viaje que hizo con sus hermanos mochileando dos meses por Europa.

Un día, de vuelta de alguna vacación quizás, le telefoneé y noté que modulaba con algo de dificultad. Nos juntamos en casa sólo a conversar. Con la misma sencillez de siempre y el espíritu sereno nos contó que estaba sufriendo una enfermedad neurológica que le iría inhabilitando cada uno de sus músculos, hasta morir. Así lo contó. Como se cuenta una ida al supermercado. Con certeza inapelable afirmó que él no temía a la muerte y que odiaba la idea de pensar en ser una carga para alguno de sus hijos. “Investigué de la eutanasia, pero qué increíble que en Chile no se haya aprobado, y tan modernos que somos”; “Sacrificamos a nuestros perros para que no sufran y en mi caso llegaré al extremo de no poder tragar, o tomar agua, nada y no habrá ayuda para mí”.

Siempre con el espíritu sereno / que a las flores domésticas anima.

Siempre desperfiló su mal. Alguna de las veces siguientes que lo vimos nos comentó que tenía todo arreglado. Todos sus bienes asignados a sus hijos justa y armónicamente. En verano, fue a Australia y Nueva Zelanda. Qué admirable que con sus dificultades se embarcara feliz a visitar a hijo y nieto, nieta, no me acuerdo. Cada quince, veinte días le preguntaba, “¿cómo va la vida?”. Jamás tuve respuesta que no fuera positiva y alegre, “qué linda es Nueva Zelanda”, “mi hijo es muy cariñoso y sus parientes de allá”, “lo estoy pasando muy bien”. En una de las fotos aparecía con un bastón, pero también contó de problemas de movilidad de sus piernas, del mismo modo describía las playas de Australia o el verde de Nueva Zelanda. Ya de regreso solo conversábamos por whatsapp y, ocasionalmente. No quería interrumpirlo por lo privado que él era. Un día muy alegre mi marido me dijo: “vi manejando a Esteban una bicicleta eléctrica”, otro día “vi a Esteban manejando su auto, me hizo señas”. Hasta que ya dejamos de verlo: ni burro, ni bastón, nada. Lo último que me puso en el whatsapp fue que ya no podía tragar. Quizás máximo tres semanas antes de partir nos envió contentísimo un sitio web muy bueno que él había diseñado. Agregó que se lo pasaba “jugando” con el computador. Agregaba siempre un je je je.

No sabemos con detalle cómo el martes se movilizó a la bella plaza del barrio. Un guardia dijo lo habría visto en algo así como con un burro. Sólo él supo con cuánto esfuerzo llegó a este lugar a 3 cuadras de su casa. Seguro descansó del esfuerzo realizado, seguro escuchó y observó el follaje de los árboles moverse y a los loros conversar. Seguro, como dicen, su vida, sus hijos, nietos, pasaron en los últimos segundos por su mente. Entonces con un revólver se disparó. Seguro en el corazón.

Seguro su espíritu ya elevándose vio que eso había sido lo mejor. No dejar en su hogar la sombra de la muerte y menos alterar el espíritu sereno de  su rostro, sus cejas abundantes, su pelo canoso casi colorín.

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