«Las democracias modernas mueren principalmente a causa de lideres electos que erosionan las normas democráticas desde adentro, no por golpes de Estado. La polarización extrema, el rechazo a las reglas del juego y la deslegitimación del adversario político, son alertas claves de una tendencia autoritaria».

Steven Lepitskig

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LO MAL QUE HABLAMOS

Ana María Pandolfi Burzio

Docente Inglés, Alemán. Traductora Inglés-Español. Magister en Arte c/ Mención en Lingüística.

¿Se ha detenido Ud. a pensar lo mal que manejamos la gloriosa lengua de Cervantes? No es broma, es en serio. Partamos por la pronunciación: nos comemos las “s” de plurales en casi todas las ocasiones en las que éstas deben ir; aspiramos este mismo sonido en sílaba trabada, y palabras como “hasta”, “resto”, “triste”, “costa” y todas las demás similares, se transforman en “hahta”, “rehto”, “trishte”, “cohta” y así sucesivamente. Pareciera ser que este fenómeno es inherente al castellano que se habla en nuestro país y forma parte, en consecuencia, de nuestro imaginario lingüístico.

El famoso “ceceo” – que es pronunciar la “s” y la “c” ante las vocales “e” e “i”- es casi un fenómeno generalizado, aunque se considera subestándar en un habla adulta culta, hecho que ciertamente estigmatiza al hablante en su nivel de educación formal. Este hecho- que para los españoles es estándar- no lo es para el manejo de la lengua en Chile.

Por otro lado, también tenemos el “shesheo” que sería pronunciar la “ch” como en inglés la consonancia “sh” que es fricativa, vale decir, el aire se expulsa por los órganos de la fonación como una fricción, y no como africación que es un sonido implosivo, que deja salir el aire por los órganos fonatorios con fuerza, articulándose este sonido como “tch”, es decir, una mezcla de implosión y fricción. Este hecho es con mucho bastante más estigmatizante que el anterior, además de sonar extraño a nuestro estándar fonemático, porque el castellano no tiene en su inventario este fonema. Quizás podríamos esforzarnos, a todo nivel de habla, para usar este sonido adecuadamente.

La iteración de términos como apoyo lingüístico es aceptable en cierta medida; pero se hace tedioso si es constante. Observe a nuestros modelos lingüísticos que transmiten mensajes a diario por los medios de comunicación. Sus muletillas, lejos de ser un apoyo, son una molestia para el oyente, ya que estorban la comunicación. Hemos notado que algunos comunicadores repiten incesante e innecesariamente palabras como “también”, “justamente”, varias veces en su alocución, hecho que perturba, pues esta iteración hace que su mensaje sea interrumpido constantemente. En una oración no muy extensa, hemos percibido hasta cinco veces el uso de estas y otras muletillas. No se trata de hablantes comunes y corrientes, sino profesionales de la comunicación que deberían tener un amplio léxico disponible y no tropezar en palabras que sobran en su mensaje.

Algunos de nuestros comunicadores no pueden emitir mensajes sin recurrir a la gesticulación excesiva: mover las manos como apoyo a sus palabras-una o ambas- constantemente.

 Está bien hacerlo, pero cuando el mensaje se obstaculiza por los gestos, éstos desvían la atención del oyente que ve este constante aleteo de manos y movimientos de cabeza frecuentes y que no hacen más que ir en desmedro de la comunicación, distrayendo su atención. Existen sí comunicadores que tienen un impecable desempeño, buena pronunciación, son sobrios en su actuación y certeros en los términos que emplean, respetando los turnos dialógicos como corresponde y las pausas que debe contener todo mensaje para ser inteligible. Aunque hemos observado que algunos entrevistadores creen saber más que el entrevistado sobre el tema a tratar e interrumpen constantemente al especialista con sus acotaciones personales, dejando al invitado sin poder expresar sus argumentos. Volvemos a repetir: no en todos los casos se da esto, pero sí en muchos y sería deseable que el entrenamiento de los comunicadores fuese más idóneo al respecto. Hay técnicas de oratoria y modulación que muchos deberían respetar.

Otras “perlas” lingüísticas son fenómenos como los que se conocen como “dequeísmo”, “leísmo, laísmo, loísmo”, error que lamentablemente es bastante recurrente en aquellos que emiten mensajes y son profesionales de la palabra. El primero se refiere al uso de la preposición “de” con cualquier verbo, aunque éste normativamente no la admita. Así, entonces, es frecuente escuchar mensajes con expresiones como: “Creo de que …”, “Estimo de que…”, “Opino de que…”, craso error, porque los verbos que expresan” cognición”, no llevan esta preposición adosada. Debe decirse: “creo que”, “estimo que”, etc.

El otro fenómeno es algo más complejo; se trata de los pronombres complementarios “le”, “lo”, ”la” y sus respectivos plurales. Estos términos-como su nombre lo indica – reemplazan al sustantivo en estructuras sintácticas oracionales, pero no deben utilizarse indistintamente. Por ejemplo: “Le saluda atentamente” está errado; debe decirse “lo, la, los o las” porque el verbo “saludar” es transitivo, o sea, lleva el complemento acusativo, en términos de la tradición latina, aunque ya es un cliché este uso leísta en escritos y como cierre de correspondencia.  Y tantos otros verbos que actúan como el ejemplo dado y sería muy extenso e imposible de enumerarlos.

Sin intención de ofender a nadie, y con el objeto de servir de ayuda a quienes usan el lenguaje como medio de comunicación, hicimos estas acotaciones porque son errores frecuentes. En otra oportunidad quizás podamos enfocar otros problemas en el extenso campo de la comunicación que nos lleva a emplear nuestra lengua.

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3 Comentarios en LO MAL QUE HABLAMOS

  1. Excelente comentario, para corregir estas deficiencias tendríamos que empezar desde el inicio de la educación en todos los colegios , en la primaria, media y universitaria, muchas veces los profesores hablan sin preocuparse por una pronunciación adecuada. Esta recomendación debe extenderse a los presentadores de la TV .

  2. Gracias Ana María, gracias por sus sólidos conocimientos.
    Debemos aprender a defender nuestro vocabulario, es parte de nuestro patrimonio.

  3. Muy buena su columna, Ana María. De ‘frentón’, hablamos pésimo en Chile. Si hacemos un ranking, probablemente logremos el último lugar en Hispanoamérica.

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